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—¿Quién si no? ¿Quién más tiene el poder de vestir con carne y hueso mi espíritu privado del eterno descanso? Si sois sensatos, abandonaréis este lugar al instante y llevaréis mi aviso a lord Ariakan.

—¿Y qué se supone que tenemos que decir a milord?. —Lillith, tras la impresión inicial, empezaba a recobrar la compostura, y observaba fijamente a Raistlin.

Caramon recogió el odre y lo llenó de agua con una mano mientras que mantenía la otra cerca de la empuñadura de su espada.

—Dile esto a Ariakan —empezó Raistlin—. Su victoria fue vana. Ahora, en su momento de triunfo, está en mayor peligro que nunca. Prevenidlo de que no baje la guardia, sino que la decuplique. Que mire hacia el norte, porque de allí vendrá la perdición.

—¿Del norte? ¿De los Caballeros de Solamnia? —Lillith resopló con desdén—. ¡Los que han sobrevivido se han rendido y ahora están encerrados en sus propias mazmorras! No creo que ellos...

—¿Te atreves a hacer mofa de las palabras de nuestra soberana? —siseó Raistlin, que extendió las dos manos con los puños cerrados, y luego los abrió de repente—. ¡Cuídate de su poder!

Un fogonazo de luz cegadora, acompañado de una explosión, estalló en medio de los Caballeros Grises, que levantaron los brazos para protegerse los ojos. Su cabecilla, la Señora de la Noche, perdió el equilibrio y resbaló por la ladera del cerro hasta la mitad de la cuesta. Una nube de un humo negro verdoso y maloliente se quedó suspendida en el quieto y cargado aire. Cuando el humo se disipó, a Raistlin no se lo veía por ningún lado. En donde antes había estado sólo quedaba una mancha de hierba chamuscada.

Caramon volvió a tirar el odre de agua.

Lillith se levantó del suelo; parecía estar temblorosa, aunque procuró disimular su nerviosismo. Los otros se reunieron a su alrededor, poniendo gran cuidado en no acercarse al trozo de hierba quemada.

—¿Qué hacemos, Señora de la Noche? —preguntó uno de los hechiceros.

—¡Era un mensaje de nuestra reina! Deberíamos llevarlo de inmediato a lord Ariakan —dijo otro.

—Soy consciente de ello —replicó secamente la mujer—. Dejadme pensar. —Dirigió una mirada desconfiada al punto carbonizado del claro y después volvió la vista hacia Caramon, que estaba de pie junto al arroyo, volviéndose hacia uno y otro lado, con expresión perpleja. El olor a azufre persistía en el aire.

—¿Dónde está tu hermano? —inquirió, ceñuda.

—Que me aspen si lo sé, señora —contestó el hombretón mientras se rascaba la cabeza.

Lillith lo observó larga, intensamente. Sus ojos se estrecharon.

—Creo que esto es un truco, pero —levantó la mano para acallar las protestas de sus subordinados—, truco o no, lord Ariakan tiene que ser advertido de que Raistlin Majere camina ahora por este plano mortal. Tal vez lo envió nuestra reina, o tal vez esté aquí por algún propósito propio, como ya ocurrió en el pasado. De un modo u otro, podría resultar una molestia. —Lillith miró hacia el campo de trigo, en la dirección que se creía se encontraba la Torre de Wayreth.

»Y, si Raistlin Majere ha salido del Abismo, podéis estar seguros de que su sobrino, Palin Majere, regresó con él. Ya hemos perdido demasiado tiempo aquí. Marchémonos. —Ondeando grácilmente el brazo sobre su cabeza tres veces, desapareció.

Los otros Caballeros de la Espina se apresuraron a seguirla. Echando una última y funesta mirada al trozo de hierba chamuscada, mascullaron las palabras de sus conjuros y, uno tras otro, desaparecieron.

Caramon salió chapoteando del arroyo, con los brazos extendidos ante sí y tanteando el aire.

—¿Raist? ¿Dónde estás? No... no pensarás dejarme aquí, ¿verdad? ¿Raist?

—Estoy aquí, hermano —sonó una voz matizada con una risa contenida—. Pero tienes que ayudarme.

Caramon levantó la cabeza y se llevó un susto de muerte. Era el sauce el que hablaba. Tragó saliva con esfuerzo.

—Eh... Raist...

¡Dentro del árbol, pedazo de bobo! ¡Da la vuelta hacia aquí!

Dentro... —Caramon se apresuró a rodear el tronco por el lado donde estaba el parche de hierba quemada. Vacilante, atemorizado, apartó las largas ramas colgantes del sauce.

Una mano —una mano blanca, consumida— lo llamó con un gesto imperioso desde el inmenso tronco del árbol.

Caramon soltó un suspiro de alivio.

—¡Raist, estás vivo! Pero ¿cómo te metiste, dentro del árbol? —El hombretón estaba desconcertado.

El archimago resopló, irritado; pero, cuando habló, se notaba que se sentía muy complacido consigo mismo.

—¡En nombre de Hiddukel el Tramposo! No me digas que has picado con ese viejo truco... Ven, ayúdame, no puedo moverme, me he quedado enganchado en algo.

Caramon cogió la mano de Raistlin y sintió un gran alivio al notar que la carne estaba caliente. Siguiendo el brazo, llegó hasta su hermano, que lo miraba desde el interior del tronco hueco.

Comprendiendo por fin, Caramon soltó una ahogada risita, aunque había cierto temblor en ella.

—No me importa admitir que me diste un buen susto, Raist. ¡Y tendrías que haber visto a esos Caballeros Grises! Las túnicas de la mayoría de ellos ya no son de color gris. Espera, no te muevas, ya veo cuál es el problema. Se ha enganchado la capucha. Agacha la cabeza un poco, para que pueda meter la mano en... Un poquito más... ¡Ya está!

Raistlin salió del interior del sauce y empezó a sacudir el polvo y las telarañas pegados a su túnica, así como algunos trocitos de corteza enganchados en su blanco cabello. Caramon lo miraba enorgullecido.

—¡Ha estado genial! ¡Lo de la pintura blanca y todo lo demás! ¿Cuándo lo preparaste?

—Mientras íbamos montados en el dragón —explicó, complaciente, el archimago—. Anda, ayúdame a bajar hasta el arroyo. Tengo que quitarme esta pintura. Me empieza a picar.

Los dos descendieron hasta el cauce del arroyo, donde Caramon recogió el odre mientras Raistlin se lavaba la cara y las manos. El escalofriante tono cerúleo de carne muerta se alejó burbujeante corriente abajo.

—Fue muy efectivo, tan real que pensé que habías recuperado tus poderes —comentó Caramon.

—Quieres decir que pensaste que te había engañado cuando te dije que los había perdido —replicó Raistlin, conciso.

—¡No, Raist! —protestó el hombretón, con una locuacidad un tanto exagerada—. De verdad que no. Es sólo que... bueno... podrías haberme advertido...

Raistlin sonrió y sacudió la cabeza.

—No sabes disimular, mi querido hermano. Conque la Señora de la Noche te hubiera mirado a la cara habría descubierto el engaño. Así y todo, creo que no estaba muy convencida.

—Entonces ¿por qué no se quedó a investigar?

—Porque le he dado una excusa perfecta para marcharse con su dignidad intacta. Verás, hermano, estos Caballeros Grises estaban aquí con el propósito de atacar la Torre de Wayreth. Pensaron que podían entrar en el bosque sin ser detectados. —Raistlin levantó la cabeza y miró a su alrededor, con concentración.

»Sí, percibo la magia. Utilizaron varios conjuros en un intento de encontrar el camino para entrar, pero no tuvieron suerte. Dudo que a la Señora de la Noche le gustara la idea de volver ante Ariakan para notificarle su fracaso. Ahora son portadores de otro tipo de noticias.

—¡Lo sabías todo! —Caramon estaba admirado—. ¿Incluso antes de venir?

—Desde luego que no —contestó Raistlin, que tosió un poco—. Vamos, no nos quedemos parados aquí, ayúdame a subir el cerro. Sabía que encontraríamos problemas en el camino, así que vine preparado, eso es todo. Como estaba enterado por Palin de algunas de las leyendas más interesantes que se cuentan de mí, decidí que no sería difícil sacar provecho de la situación. Un poco de pintura blanca en las manos y en la cara, una pizca de carboncillo en polvo y otro poco de la pasta de pistachos de Tika alrededor de los ojos, un puñado de pólvora detonante, y ¡hete aquí! El Hechicero Muerto del Abismo.