—Podría haberlo entendido todo, salvo el numerito de la desaparición. Eso fue lo que me dejó pasmado. —Caramon ayudó a su hermano a subir el pequeño cerro.
—Ah, ése fue un toque imprevisto. —Raistlin regresó junto al sauce y señaló el interior del árbol—. No tenía pensado hacerlo, pero cuando me apoyé en el tronco noté una gruesa grieta. Eché un vistazo por ella y descubrí que una parte del tronco estaba hueca. Dentro hay pruebas de que los niños del lugar lo han usado como una casa de árbol. Me fue fácil meterme de un salto aprovechando la cobertura de la explosión y el humo. Mucho más fácil que salir, desde luego.
—En fin, lo único que puedo decir es que eres... ¿Qué demonios...? ¿De dónde infiernos ha salido?
Caramon, que había estado inclinado para mirar dentro del sauce, se volvió y casi se dio de bruces con un roble gigantesco que no estaba allí unos instantes antes. Miró a su izquierda y se encontró con otro roble, y a su derecha había otro. El campo de trigo agostado y muerto, incluso el somero arroyo, habían desaparecido. Se encontraban dentro de un vasto y oscuro bosque.
—Calma, hermano. ¿Tantos años han pasado que lo has olvidado? —Raistlin volvió a meter las manos en las mangas de la túnica—. El bosque de Wayreth nos ha encontrado.
Los árboles se apartaron y apareció una senda que se internaba más en el corazón de la fronda.
Caramon dirigió una mirada sombría al bosque. Ya había recorrido esa senda con anterioridad, y varias veces. Los recuerdos que le traía no eran felices.
—Hay una cosa que no entiendo, Raist. Los Caballeros Grises se rieron de tu advertencia, y lo mismo hará lord Ariakan, así que no combatirán a nuestro lado...
—Lo harán, hermano —afirmó el archimago, suspirando—. Verás, ya no hay distintos bandos. O luchamos todos juntos, o morimos todos.
Los dos guardaron un momento de silencio. El susurro de las hojas en los árboles sonaba preocupado, inquieto. No se escuchaban los silbidos de los pájaros.
—En fin —dijo Caramon, que agarraba su espada fuertemente y observaba el bosque encantado con abatimiento—, supongo que más vale que sigamos adelante.
—Entraré solo, Caramon. Tú regresa a casa —le dijo Raistlin, poniendo una mano sobre su brazo.
—¿Y dejarte? —El hombretón se mostraba inflexible—. No, no pienso...
—Hermano, estás cayendo de nuevo en tus viejas costumbres —lo reconvino con afecto el archimago—. Te agradezco que me hayas escoltado hasta aquí, pero ya no te necesito. —Sus dedos apretaron el brazo de su gemelo—. Tu puesto está junto a tu familia, y con la gente de Solace. Tienes que volver y prepararlos para enfrentarse a lo que se avecina.
—No lo creerán —dijo Caramon francamente—. No estoy seguro de creerlo ni yo.
—Ya se te ocurrirá algo, hermano. —El archimago tosió un poco y se limpió los labios con un pañuelo blanco—. Tengo fe en ti.
—¿De veras? —Caramon enrojeció de placer—. ¿Sabes? Quizá podría hacer correr el rumor de que estoy organizando un movimiento de resistencia, y entonces los...
—Sí, sí —lo interrumpió Raistlin—. Pero ten cuidado para no acabar colgando de una soga acusado de rebelión. Tengo que marcharme ahora; ya he perdido demasiado tiempo. El dragón estará esperándote y te llevará de regreso sano y salvo.
Caramon no parecía muy convencido, pero conocía demasiado bien a su gemelo como para discutir con él.
—¿Volverás tú después, Raist? —preguntó con ansiedad.
El archimago hizo una pausa y lo consideró.
—No puedo prometértelo —contestó al cabo mientras sacudía la cabeza.
Caramon abrió la boca para engatusarlo, reparó en la mirada centelleante de su gemelo, y la cerró sin decir nada. Asintió con la cabeza, carraspeó y se echó su petate al hombro.
—Cuidarás de Palin, ¿verdad? —preguntó con voz ronca.
Raistlin esbozó una sonrisa torva, los labios apretados en una fina línea.
—Sí, hermano mío. Eso sí te lo prometo.
15
Padre e hija
Corrían tiempos difíciles para el Gremio de Ladrones de Palanthas.
Al principio, algunos de sus miembros se habían alegrado de ver que la Reina Oscura se alzaba con la victoria. Habían trabajado duro para llegar a este momento en el que, por fin, la noche gobernara el mundo, y los ladrones esperaban ser ampliamente recompensados.
Se llevaron una desagradable sorpresa.
Los Caballeros de Takhisis entraron triunfalmente en Palanthas. Las herraduras de los cascos de sus corceles repicaban sobre las calles de la ciudad, los estandartes de la calavera y el lirio los escoltaban; las banderas colgaban fláccidas en el caliente y asfixiante aire. A los ciudadanos se los obligó salir a las calles para rendir honores a lord Ariakan, y se pusieron flores en las manos de niños, a los que se ordenó que las arrojaran a los pies de su señoría. Los rictus crueles de las calaveras que eran los yelmos de los caballeros, así como con los cafres pintados de azul, que ponían caras feroces y alzaban sus voces en cánticos guerreros que helaban la sangre, aterrorizaron a los pequeños de tal modo que arrojaron las flores al suelo mientras gritaban y lloraban agarrándose a las faldas de sus madres. Los padres los cogieron y se los llevaron a toda prisa para no atraer sobre ellos la ira de los caballeros negros.
Y así, la llegada de lord Ariakan fue recibida con lágrimas, flores marchitas y miedo, pero al mandatario no le importó. No había esperado otro recibimiento. Si aquí o allí oía un vítor lanzado por alguien entre la multitud, volvía los ojos hacia esa persona y la señalaba a su ayudante. Una de esas personas fue Lin Geoffrey, quien, borracho como una cuba en honor a tan señalado día, aclamaba y gritaba a todo pulmón.
Al día siguiente, cuando se le pasó la borrachera, Linchado Geoffrey fue a presentar sus respetos a su señoría, pero se le negó la entrada. Impertérrito, Geoffrey regresó a diario y, finalmente, varias semanas después, al jefe del gremio se le permitió pasar.
Ariakan había requisado una casa en el centro de la ciudad, cerca de la mansión del Señor de Palanthas, que estaba bajo arresto domiciliario. Ariakan podría haber ocupado el palacio del mandatario de la ciudad, pero el comandante supremo de los Caballeros de Takhisis no tenía pensado quedarse en Palanthas mucho tiempo. Su puesto estaba en la Torre del Sumo Sacerdote, desde la que dirigiría a sus ejércitos a la conquista de todo Ansalon. Estaría en Palanthas sólo el tiempo necesario para constituir un gobierno provisional, dejando así firmemente establecido su dominio en la ciudad.
Pasaba los días sentado ante su escritorio preferido, que había sido colocado en el centro del comedor; rodeado de papeles extendidos ante sí, promulgaba edictos y dictaba leyes. Ayudantes y sirvientes permanecían cerca, preparados para correr al instante en cualquier cometido que les ordenara. Suplicantes y admiradores aguardaban a que su señoría tuviera a bien recibirlos en una pequeña antecámara que había sido acordonada por los caballeros.
Linchado Geoffrey tuvo que esperar junto con los demás varias horas antes de ser llevado a presencia de su señoría. A Geoffrey no le importó la espera; había aprovechado bien el tiempo escamoteando la bolsa de dinero del clérigo mayor de Chemosh.
Finalmente Geoffrey fue conducido a presencia de Ariakan, y el ladrón entró pavoneándose y saludó al mandatario con un descarado: «¡Vaya, ya iba siendo hora!».
Al ver que no había una silla dispuesta para sentarse enfrente de Ariakan, Geoffrey remedió el descuido arrastrando una él mismo. Plantó la silla a un extremo del escritorio, tomó asiento, se echó hacia atrás, y, levantando las delgadas piernas, apoyó los pies sobre la mesa, cómodamente.
Ariakan no dijo nada, no miró al ladrón. Su señoría estaba ocupado con la redacción de una de sus leyes y ni siquiera levantó los párpados.