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La hoja de un destral se descargó, astillando la mesa y cortando de cuajo los tacones de las botas de Lin, que tuvo suerte de que la cuchilla no le cortara también los pies. Geoffrey los retiró precipitadamente y miró de hito en hito las botas estropeadas al tiempo que maldecía en voz alta.

Ariakan hizo un leve gesto con el dedo índice.

El ayudante de su señoría agarró a Lin por la nuca, lo levantó de un tirón, retiró la silla y le ordenó, con voz fría, que cuidara su lenguaje y hablara con el respeto debido al rango y posición de su señoría, y que expusiera el asunto que lo traía aquí.

Linchado Geoffrey, haciendo un gran esfuerzo para recuperar su maltrecha dignidad, retorciendo y moviendo los dedos, le recordó a lord Ariakan con aspereza que los dos estaban en el mismo bando, y que él, Geoffrey, era un líder de su gente del mismo modo que Ariakan lo era de sus caballeros, que el Gremio de Ladrones esperaba la cooperación de los caballeros en ciertos proyectos que sus miembros tenían en mente, y que, a cambio, los caballeros recibirían alguna cosilla por las molestias.

Dicho esto último, Lin echó sobre la mesa una bolsa de dinero a lord Ariakan, quien, con gran malestar por parte del ladrón, no había dejado de escribir ni había alzado la vista una sola vez durante toda la alocución.

Lin podría haber salido sin más daños que ser echado a patadas, pero en ese momento el clérigo de Chemosh entró corriendo, sudoroso y jadeante, gritando que le habían robado su bolsa de dinero.

Ariakan levantó la cabeza, miró la bolsa que había en la mesa y en ella vio la calavera astada que era el símbolo de Chemosh.

Lin, con una sonrisa satisfecha y una mueca burlona, se encogió de hombros.

—Todo va para la misma causa, ¿verdad, señores? —comentó al tiempo que hacía un guiño y soltaba una risita taimada—. Este es mi modo de servir a su Oscura Majestad.

Ariakan levantó la cabeza y miró a Linchado Geoffrey por primera —y última— vez.

—Colgadlo. Y esta vez aseguraos de que no escapa con vida —dijo su señoría.

La sentencia se llevó a cabo inmediatamente, en lo alto de la muralla de la ciudad. El ahorcamiento salió bastante bien; algunos comentaron que era porque Lin tenía práctica.

La noticia de la repentina defunción de su cabecilla se recibió en el Gremio de Ladrones como un golpe demoledor. La casa gremial retumbó con las voces ultrajadas que juraban hacer pagar a los caballeros lo que los ladrones veían como una traición a los de su propia clase. La mayoría cambió de bando en ese mismo instante, y Paladine ganó más partidarios en el espacio de diez minutos que los que un puñado de clérigos habrían conseguido convertir con toda una vida de plegarias. Esperando ser atacados por los caballeros en cualquier momento, los ladrones hicieron los preparativos oportunos. Enviaron mensajeros para localizar y alertar a todos los miembros del gremio, ordenando que todos se presentaran en la casa gremial. Cuando estuvieron reunidos todos, los cabecillas repartieron armas, retiraron las mantas que cubrían las ventanas, apostaron arqueros y espías, y esperaron el ataque.

Pocos lloraron por Linchado Geoffrey; Usha estaba segura de que no lo había hecho ni uno solo. Lin le había encontrado alojamiento en un cuarto situado encima de una taberna, arregló las cosas para que trabajara sirviendo las mesas del local, y después se había echado en la cama de la muchacha explicando con detalle lo que esperaba a cambio de su magnanimidad. Ella había rechazado sus pretensiones con indignación y rabia.

Lin, que no era de los que aceptan un «no» por respuesta, podría haberla forzado, pero, al tener planeado un pequeño robo para esa misma tarde, decidió que no podía perder el tiempo que le llevaría hacer que la chica llegara a apreciarlo. Entonces la había dejado, pero continuó acosándola con sus odiosas atenciones día tras día.

Usha no tardó mucho tiempo en descubrir, con gran horror por su parte, que estas personas no apresaban peces, sino propiedades ajenas. También se enteró —a punta de cuchillo— que una vez que alguien era admitido en el gremio y lo hacían partícipe de sus secretos, nadie se iba con esos conocimientos... vivo.

—¡A menos que puedas desaparecer mágicamente, hija de Raistlin!

Esto se lo dijo Lin Geoffrey con tono burlón, resentido por los continuos desaires de Usha. El nombre provocó una carcajada generalizada, y la joven fue bautizada «Hija de Raistlin» por un clérigo de Hiddukel, que solemnizó la ceremonia vertiendo una jarra de cerveza sobre la cabeza de Usha. A partir de entonces, todos la llamaron Hija de Raistlin, y el nombre siempre iba acompañado de una risa o una mueca burlona.

Usha no tenía a quién recurrir, nadie que la ayudara, ya que Dougan Martillo Rojo había desaparecido. La muchacha esperaba que volviera a visitarla para preguntarle por qué la había dejado en manos de esta gente horrible, pero el enano no volvió a dar señales de vida, no regresó. Además, Dougan tampoco podría haber hecho nada por ella; los ladrones nunca la perdían de vista, siempre había alguien vigilándola.

Ni siquiera en su cuarto se libraba de esta observación constante. Un cuervo venía a visitarla a menudo; el ave entraba volando por la ventana abierta de su miserable alojamiento sin ser invitada. En una ocasión, Usha dejó cerrada la ventana, prefiriendo pasar calor a tener que aguantar a su visitante de negras plumas. Sin desanimarse, el cuervo picoteó el cristal desde fuera hasta que Usha no tuvo más remedio que dejarlo entrar para no exponerse a la ira del dueño del local. Una vez dentro de su cuarto, el cuervo lo recorría a saltitos, picoteando y cogiendo cualquier objeto que encontraba. Afortunadamente, la muchacha había escondido dentro del jergón de paja los objetos mágicos que le habían dado los irdas, y el cuervo nunca los descubrió, aunque tampoco Usha se atrevió a sacarlos por miedo a aquellos penetrantes ojos amarillos.

Recibió el «adiestramiento» de los ladrones, temerosa de rehusarlo. Lo primero que aprendió fue el exquisito arte de ratear. Su maestra fue una vieja realmente espantosa que colgaba campanillas de sus ropas y después ordenaba a Usha que intentara quitarle algún objeto —una bolsa de dinero, un pañuelo de seda, una gargantilla o un broche— sin hacer que sonara ninguna campanilla. Si Usha no lo conseguía, si una sola campanilla emitía un único tintineo, la vieja propinaba a la joven un golpe doloroso con una caña en cualquier parte del cuerpo que tuviera a su alcance.

Lo siguiente que le enseñaron fue cómo moverse por una habitación oscura y llena de objetos sin tropezar con nada ni hacer el menor ruido. Aprendió a concentrarse en su objetivo, a llevarlo a cabo por muchas distracciones que hubiera a su alrededor. Aprendió a escalar muros, a trepar por una cuerda, a deslizarse por una ventana. No fue una alumna muy aventajada hasta que una noche cayó en la cuenta de que podía utilizar todos estos conocimientos para escapar de la misma gente que se los estaba enseñando.

Desde entonces, los ladrones estuvieron satisfechos con sus progresos.

De eso hacía casi un mes. Hoy, el día en que ahorcaron a Linchado Geoffrey, fue cuando decidió intentar llevar a cabo la huida.

La casa gremial desbordaba desafío, envalentonamiento y licor. Los ladrones estaban dispuestos a luchar hasta la última gota de su sangre o hasta la última gota de aguardiente enano, lo que se acabara antes.

El tiempo transcurrió lentamente. Fue un día largo, bochornoso y sofocante, y también aburrido.

Las cabezas empezaron a doler a causa del consumo excesivo de alcohol y el desgaste de un entusiasmo y coraje exagerados.

Cayeron las sombras de la noche, y trajeron energías y ánimos renovados. Los ladrones siempre se crecían con la oscuridad. Sus espías no tenían nada nuevo que informar, y las calles adyacentes a la casa gremial permanecían tranquilas. Se decía que los caballeros estaban ocupados con sus propios asuntos, que no se habían agrupado ni habían sido llamados a las armas. La mayoría pensó que esto no era más que una añagaza para que se confiaran y bajaran la guardia, así que siguieron agazapados, esperando.