Usha estaba con ellos en la casa gremial; le habían dado un arma, una daga pequeña, pero la joven no tenía intención de usarla. Durante una de las farfullantes borracheras de Linchado Geoffrey, Usha se había enterado de la existencia de un pasaje secreto que conducía desde la casa del gremio, por debajo de la muralla, hasta el puerto. Había recogido y traído consigo sus escasas pertenencias: algunas ropas y los artefactos mágicos de los irdas, estos últimos envueltos en un paquete que guardaba debajo de la mesa, a sus pies. Cuando los caballeros atacaran, planeaba huir aprovechando la confusión.
En cuanto hubiera salido de este espantoso sitio, buscaría su barco y escaparía de esta maldita ciudad. Su único pesar era dejar a Palin, pero no había sabido nada de él en todas estas semanas y estaba llegando a la conclusión, con todo el dolor de su corazón, de que la confianza que había puesto en los dioses era infundada. Jamás volvería a verlo.
Era casi media noche en Palanthas, y ningún ejército se agrupaba en sus calles; los ladrones empezaron a pensar que, después todo, los caballeros no iban a atacarlos.
—¡Nos tienen miedo! —gritó alguien.
El espíritu jactancioso se contagió, y la cerveza y el aguardiente enano corrieron a raudales.
En realidad, los ladrones no tenían nada que temer, al menos de momento. Pero lord Ariakan, que no temía en absoluto al Gremio de Ladrones, tenía la firme intención de limpiar ese «nido de ratas», según le dijo a un ayudante. Este proyecto estaba incluido en su lista, pero en último lugar. Los ladrones eran una molestia, un fastidio, pero nada más. En este momento crítico, ocupado en la batalla para controlar Ansalon, no pensaba, citando sus palabras, «desperdiciar soldados imprescindibles, para limpiar un montón de estiércol».
Pero los ladrones no sabían nada de esto, y estaban convencidos de que habían ahuyentado a los fanfarrones Caballeros de Takhisis. Pasaron la noche palmeándose la espalda unos a otros, felicitándose entre ellos; tan ruidosa y vocinglera era la celebración que, al principio, no oyeron llamar a la puerta.
Murf, el enano gully que, por alguna razón conocida sólo por los dioses, era capaz de beber cantidades ingentes sin emborracharse, fue el único que escuchó el apagado ruido, como unos suaves arañazos. Pensó que eran ratas escarbando en el callejón, y, como se le había despertado el apetito después de tanto lamer la cerveza derramada en el suelo, el gully se dispuso a conseguir su cena. Corrió la mirilla y se asomó al exterior, pero no vio nada más que una profunda y aterciopelada oscuridad.
Creyendo que era sólo la noche, el gully abrió la puerta de par en par.
Una figura encapuchada, vestida con ropas de terciopelo negro, estaba plantada en el umbral. La figura mantenía una inmovilidad tan completa que Murf, ansioso por atrapar su cena, no se fijó en ella, y se puso a cuatro patas para empezar a rastrear sus presas.
La persona encapuchada parecía acostumbrada a los gullys y a sus costumbres, y esperó pacientemente hasta que Murf, creyendo haber visto una rata corriendo por debajo, alargó la mano para levantar el repulgo de la túnica negra y echar un vistazo.
Un pie calzado con bota pisó la mano del gully y la sujetó contra el suelo.
Murf hizo lo que habría hecho cualquier enano gully en circunstancias similares: soltó un berrido que sonó como si un invento gnomo hubiera dejado escapar un chorro de vapor a presión.
El chillido, que debía de haberse oído hasta en Solace, hizo que los ladrones tiraran las jarras de cerveza y cogieran las armas. Su nuevo cabecilla, un truhán llamado Mike al que se conocía por El Viudo debido a la circunstancia de que todas sus esposas, inexplicablemente, morían a poco de casarse, corrió hacia la puerta. Seis feroces secuaces lo seguían de cerca.
Todo el mundo en la casa gremial había enmudecido y miraba hacia la puerta con desconfianza y alarma. Sus espías, que deberían haberles advertido de que un visitante se aproximaba antes incluso de que hubiera puesto los pies en el callejón, habían guardado un extraño silencio. El Viudo abrió la puerta de par en par de un tirón y la luz de antorchas y velas se derramó en el callejón. Usha, que observaba desde su mesa, vio una persona que sólo podía ser un Túnica Negra.
El pánico se apoderó de ella. ¡Dalamar la había encontrado! Quiso correr, pero se había quedado paralizada; tenía las piernas insensibles, incapaces de sostenerla en pie, y un fuerte temblor la sacudía de la cabeza a los pies. Lo único que podía hacer era mirar fijamente al hombre de negro.
Éste levantó su mano, delgada y consumida, y dibujó una letra en el aire.
El Viudo gruñó y miró a sus secuaces por encima del hombro.
—Conoce la contraseña —dijo, y los ladrones bajaron las armas, si bien no las enfundaron. Varios de los magos del gremio tenían las manos metidas en sus saquillos u ocupadas desenrollando pergaminos, preparados para defender a sus compañeros de gremio si el intruso abusaba de su hospitalidad.
Murf seguía aullando aunque el mago había levantado el pie de su mano.
—¡Cierra tu bocaza! —ordenó El Viudo al tiempo que daba una patada al gully—. ¡Menudo centinela estás hecho! —le reprochó injustamente, puesto que Murf había sido el único que había reparado en la presencia del extraño.
»¿Qué quieres, hechicero? —preguntó El Viudo--. Y procura dar una buena respuesta o lo vas a pasar muy mal.
—Busco a alguien —dijo la voz desde las profundidades de la capucha—. No quiero haceros ningún mal y puede que os procure algún beneficio.
La voz no parecía de Dalamar, aunque Usha no podía estar muy segura de ello puesto que el hombre hablaba en un tono suave y susurrante. La muchacha no quiso correr riesgos; había recuperado la sensatez y el coraje, así que empezó a escabullirse sigilosamente buscando la seguridad de la puerta trasera y el pasadizo secreto.
Sin embargo, no había llegado muy lejos cuando una mano se cerró sobre su brazo. Uno de los ladrones se había girado en su silla y la miraba con los ojos inyectados en sangre.
—¡Sírveme más cerveza!
Temerosa de que si rehusaba atraería la atención, Usha hizo lo que le mandaba. Manteniendo gacha la cabeza, cogió el pichel de cerveza y empezaba a echar el dorado líquido en la jarra del ladrón cuando la figura encapuchada volvió a hablar:
—Busco a mi hija.
Usha empezó a temblar y el pichel resbaló de su mano y se estrelló en el suelo con estruendo.
—¡Eh, éste ha perdido a su hija! —dijo El Viudo, riendo—. ¿Crees que debo dejarlo entrar, Sally Valle?
Dirigió una mirada interrogante hacia el fondo de la sala. Una mujer alta, que vestía una túnica de color rojo y que llevaba varios saquillos colgados del cinturón, asintió con un cabeceo.
El hombre de negro entró, y El Viudo cerró la puerta tras él y echó el cerrojo.
—Quítate la capucha. Me gusta mirar a un hombre a los ojos —exigió El Viudo con actitud jocosa.
El hombre alzó las dos manos y, lentamente, retiró la capucha que le cubría la cabeza. Sus ojos se volvieron hacia El Viudo, que parecía arrepentido de haber hecho la sugerencia.
El semblante del mago estaba demacrado, y la piel se pegaba, tirante, sobre los altos pómulos. No era un hombre maduro, pero tenía blanco el cabello, y su tez mostraba un tinte dorado que brillaba con un lustre metálico a la luz de la lumbre. Pero eran sus ojos el rasgo más impresionante, ya que las pupilas tenían forma de reloj de arena.
El Viudo se puso pálido, torció el gesto, y dijo con voz ronca:
—¡Por Hiddukel, hechicero, tienes una cara que parece salida de una pesadilla! Compadezco a tu hija si se parece a ti.
—Harías bien en no compadecer a quien es hija mía —dijo suavemente el mago. Sus dorados ojos se deslizaron con desinterés sobre todos los que estaban en la sala hasta llegar a Usha.