Выбрать главу

—Ve y firma el libro, Palas. Date prisa. Estaré en el laboratorio, bajando la escalera que hay detrás de esa cortina.

La mujer pasó a la trastienda, y Palin la oyó bajar los escalones. Aturdido, ya fuera por el nerviosismo o por la proximidad de la mujer o por ambas cosas, Palin escribió el nombre falso torpemente, dejando un manchón de tinta al final. Hecho esto, bajo la escrutadora y desconfiada mirada del Caballero Gris, el joven apartó la cortina, entró en la trastienda, y estuvo a punto de caer rodando por la escalera al encontrarla repentina e inesperadamente a sus pies. Empezó a correr la cortina.

—Déjala abierta —ordenó el Caballero Gris, que se adelantó para situarse al comienzo de la escalera, desde donde podía ver el laboratorio sin dejar de vigilar la puerta principal.

Palin se sentó al lado de Jenna, que sacó una tablilla de cera.

—Las ventajas de escribir un conjuro en un pergamino son evidentes —empezó la mujer, hablando en tono alto, didáctico—. No tienes que aprender el conjuro de memoria con anterioridad, y por tanto lo puedes utilizar a voluntad. Escribir ciertos conjuros, en particular los complicados, te permite conservar la mente libre para memorizar otros. La principal desventaja está en la dificultad de ponerlo por escrito, ya que es mucho más trabajoso que pronunciarlo. Esto se debe a que no sólo debes pronunciar las palabras a medida que las escribes, sino que también tienes que trazar cada letra a la perfección. Un solo descuido, y el conjuro no funciona.

»Por supuesto, no vamos a escribir verdaderos hechizos hoy, ya que no estás lo bastante avanzado en tus estudios para eso. Vamos a practicar la caligrafía de las letras, y escribiremos en cera para que así puedas borrar cualquier error que cometas. Así, de este modo.

Jenna cogió un estilo y lo presionó contra la cera, empezando a trazar letras. Palin, que había aprendido a hacer todo esto años atrás y, de hecho, era muy experto en la preparación de pergaminos, apenas prestó atención. Estaba furioso consigo mismo. Por supuesto que los Caballeros Grises tenían que estar buscándolo. Había sido un necio al no pensar en esta posibilidad.

Jenna le dio un suave codazo para atraer su atención. La mujer lo miraba severamente y señalaba la tablilla de cera.

—Vamos, copia lo que he escrito.

Palin cogió el estilo, miró las letras, las volvió a mirar, y por fin entendió lo que pasaba. Jenna no había escrito palabras mágicas. Leyó:

Dalamar me advirtió de tu llegada. He estado intentando localizar a Usha. Creo que sigue en Palanthas, pero no sé exactamente dónde. No puedo ayudar gran cosa, porque me tienen vigilada constantemente.

Viendo que Palin había leído su mensaje, Jenna lo borró, y Palin escribió:

¿Cómo puedo encontrarla?

Jenna añadió debajo de su frase:

Es peligroso que deambules por la ciudad. Los caballeros nos tienen sometidos a una férrea vigilancia, con patrullas y puestos de control. Todos los ciudadanos deben tener la documentación requerida. Pero no te desanimes. Mi agente está buscándola y me ha informado que ya estaba cerca y que seguramente hoy sabría algo.

—Hay mucho silencio ahí abajo —dijo el Caballero Gris, que los observaba fijamente desde lo alto de la escalera.

—¿Y qué esperabas? Estamos estudiando —replicó Jenna con brusquedad.

Una campanilla que colgaba de un cordón de seda suspendido del techo repicó tres veces.

—Si es un cliente quien ha entrado en la tienda dile que enseguida estoy con él.

—No soy tu sirviente, señora —contestó el Caballero Gris con tono cáustico.

—Entonces, puedes marcharte de aquí cuando gustes —replicó ella mientras borraba lo escrito en la tablilla de cera. Luego, en voz baja, susurró a Palin:— Ese puede ser mi agente.

Se oyeron las pesadas botas del caballero cruzando la tienda. Después, llegó el alarmante sonido de un grito y de pelea.

—Es él —dijo Jenna, que se puso de pie y subió la escalera con precipitación.

Palin iba pisándole los talones, y chocó con ella cuando la mujer se frenó antes de cruzar la cortina.

—Finge que no lo conoces, y no digas nada. Deja que sea yo la que hable —susurró Jenna.

Palin, desconcertado, asintió con un cabeceo, y la hechicera entró en la tienda.

—¿Qué ocurre? —demandó.

—Un kender —respondió el Caballero Gris, ceñudo.

—Eso ya lo veo —dijo Jenna.

Palin miró y, justo a tiempo, recordó que se suponía que no conocía a esta persona.

Retorciéndose en las manos del caballero estaba Tasslehoff Burrfoot.

17

El agente de Jenna. El Ganso y la Oca. Una cerveza de jengibre estupenda.

—¡Ay, eso duele! ¿A ti te gustaría que alguien te retorciera el brazo hasta casi arrancártelo? Te digo que la dama Jenna quiere verme. Soy su agente. Oh, vaya, lo lamento mucho. No era mi intención morderte, pero tu mano se interpuso en el camino de mis dientes. ¿Te duele mucho? ¡Oooh! ¡Ooooh! ¡Basta! ¡Me estás arrancando el pelo de raíz! ¡Socorro! ¡Socorro!

—Por Gilean bendito, suéltalo —dijo Jenna.

El caballero tenía a Tasslehoff cogido por el copete.

—No querrás tener un kender en la tienda, señora —observó el caballero.

—La tienda es mía —replicó Jenna bruscamente—. Al menos, de momento, hasta que me echéis del negocio y vuestros caballeros se encarguen de él. Pero, por ahora, éste es mi negocio, y lo llevaré como me plazca. ¡Suelta al kender!

El caballero lo hizo con evidente mala gana.

—Muy bien, señora, pero serás la responsable de las consecuencias.

—Yo que tú subiría a mis aposentos y me lavaría esa herida —aconsejó Jenna—. O, mejor aún, haría que uno de vuestros clérigos la curara. Nunca se sabe, pero el kender podría tener la rabia.

—No me sorprendería —replicó el caballero fríamente—. Recuerda esto, señora: tu tienda permanece abierta por consentimiento de los Caballeros de Takhisis. Podríamos cerrarla ahora mismo si quisiéramos, y no hay nadie que pueda impedírnoslo. De hecho, unos cuantos de tus vecinos nos darían las gracias probablemente, así que no abuses de mi paciencia.

Jenna ladeó la cabeza en un gesto desdeñoso, pero no replicó. El Caballero Gris subió la escalera sujetándose la mano herida. Tasslehoff hizo un gesto de dolor mientras se frotaba la cabeza.

—¿Se me han quedado los ojos rasgados como los de Dalamar? Es la sensación que me da. Ese bruto tiró con tanta fuerza que me estiró las cejas junto con el cuero cabelludo. No es un hombre agradable —sentenció Tas, y entonces, acercándose a Jenna, el kender bajó la voz:— Mentí. Lo mordí adrede.

—Se lo merecía —dijo la hechicera, sonriendo—. Pero ten más cuidado la próxima vez, porque la protección que puedo darte tiene un límite. No quiero tener que sacarte de la cárcel bajo fianza otra vez. ¿Encontraste el collar que busco? —preguntó en voz alta, lo bastante para que se la oyera desde el piso de arriba.

Tas miró de soslayo a Palin y le guiñó el ojo varias veces antes de responder en voz igualmente alta:

—Sí, dama Jenna, ¡lo encontré! ¡Sé exactamente dónde está!

—No lo habrás tocado, ¿verdad? —El tono de la mujer sonaba ansioso—. Ni tampoco habrás insinuado al dueño que tiene valor, supongo.

—El dueño ni siquiera me vio. Y el collar tampoco —añadió Tas, confidencialmente.

Jenna frunció el entrecejo ante este último comentario, y sacudió la cabeza. Se volvió hacia Palin.

—Joven mago, parece que no vamos a sacar mucho provecho hoy de la lección, y ya es la hora para la meditación de la tarde. ¿Me harías el favor de intentar adquirir ese collar para mí? Es mágico, pero el dueño no lo sabe, no tiene idea de su verdadero valor.

Para entonces, Palin ya se había imaginado que el supuesto collar debía de ser Usha. La idea de volver a verla hizo que el corazón le latiera más deprisa, y una sensación cosquilleante le enardeció la sangre. Toda idea de peligro desapareció de su mente, o al menos quedó relegada a un segundo plano.