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—Sería un honor, dama Jenna, haceros ese favor —contestó, esforzándose porque su voz sonara indiferente, aunque casi estaba gritando por la excitación—. ¿Dónde está el collar?

—El kender te llevará allí. Márchate ahora, antes de que cierre la tienda.

Alzó los ojos hacia el piso de arriba, y Palin cogió la indirecta. Asintió en silencio.

—Buena suerte —dijo la hechicera suavemente al tiempo que le tendía la mano.

Palin la tomó entre las suyas y se la llevó a los labios respetuosamente.

—Gracias, señora —susurró. Vaciló un instante y luego agregó:— He visto el modo en que el caballero os miraba. Vos también corréis peligro.

Jenna se encogió de hombros y sonrió.

—Soy la única hechicera que queda en la ciudad. El Cónclave considera mi trabajo aquí muy importante. Pero no te preocupes, Palin Majere, sé cuidar de mí misma. Que la luz de Lunitari te alumbre el camino.

—Y que Solinari derrame sus gracias sobre vos, señora —contestó el joven.

—Gracias, Tas —repuso Jenna, que recuperó varios objetos valiosos que habían pasado de los estantes a la mochila del kender, y después lo acompañó a él y a Palin hasta la puerta.

—En realidad no encontré ningún collar —dijo Tas en el momento en que salieron a la calle.

—Lo sé —se apresuró a contestar Palin—, pero no vuelvas a decirlo hasta que nos encontremos lejos de aquí. —Echó a andar calle adelante rápidamente, mirando tras de sí de vez en cuando para asegurarse de que no los seguían.

—¡Punto en boca! —Tas trotaba para mantener el paso marcado por Palin—. ¿Cómo están Caramon y Tika? ¿Los dragones quemaron la posada como hicieron en la última guerra? ¿Dónde está Raistlin?

—¡Chitón! —advirtió el joven mientras miraba a su alrededor con alarma—. No menciones...

—Tenía un montón de preguntas que hacerle a Raistlin, sobre lo de estar muerto y todo lo demás —continuó Tas, sin prestarle atención—, pero Dalamar me sacó mágicamente de la torre tan deprisa que no tuve ocasión de plantear ninguna. A Raistlin siempre se le dio bien contestar preguntas. Bueno, casi siempre. A veces no, pero en esas ocasiones generalmente acababa de descubrir que había perdido la cosa sobre la que yo estaba haciendo preguntas. Pero, puesto que siempre le hacía el favor de encontrárselas, no habría tenido por qué mostrarse tan brusco conmigo. ¿Adónde dices que ha ido Raistlin?

—¡No lo he dicho! —respondió, ceñudo, Palin. Dos caballeros negros que venían por la calle los estaban mirando con atención—. ¡No menciones ese nombre! ¿Adónde vamos?

—Oh, a ningún sitio en particular —respondió el kender, evasivamente—. Sólo es una pequeña taberna que he encontrado. Sirven una cerveza de jengibre estupenda.

—¿Qué? —Palin hizo que Tas se parara en seco—. ¡No tenemos tiempo para ponernos a beber cerveza de jengibre!

Los dos caballeros habían frenado el paso y estaban prestando mucha atención a la conversación.

—¡Eso es mío, ladronzuelo! —Palin cogió el primer saquillo que vio asomando por el bolsillo del kender. Para su sorpresa, descubrió que la pequeña bolsa era realmente suya, una de las que el Caballero Gris había confiscado.

—Debió de caérsete... —empezó Tas.

Los dos caballeros rompieron a reír, sacudieron la cabeza y siguieron caminando.

Palin arrastró al kender hasta un callejón lateral.

—¡No tenemos tiempo para ir a una taberna! ¡Se supone que tengo que encontrar a Usha y llevarla a la Gran Biblioteca para reunimos allí con Raistlin esta noche!

—Y lo haremos —contestó Tas—. Sólo que no debemos ir hasta que oscurezca. El Gremio de Ladrones es muy especial con estas cosas. Conozco una bonita taberna que no está lejos...

—¡El Gremio de Ladrones! —exclamó, estupefacto, el joven—. ¿Me estás diciendo que Usha es una... ladrona?

—Triste, ¿verdad? —comentó Tasslehoff con actitud conmiserativa—. Yo también me quedé pasmado cuando me enteré. Robar a la gente es un delito imperdonable; es lo que solía decirme mi madre, y jamás me pillarás en...

—¿Estás seguro? —insistió Palin con nerviosismo—. Quizá te hayas equivocado.

—Te contaré cómo lo descubrí, ¿quieres? Podríamos ir a esa agradable taberna y...

Otros dos caballeros pasaron ante el callejón y se detuvieron para echar un vistazo.

Comprendiendo que resultaba más sospechoso estar parado en un callejón y hablando con un kender que si caminaban por una calle transitada, Palin aceptó, de mala gana, ir a la taberna. Los dos siguieron andando por la ciudad.

—Veamos —dijo Tas, pensativo—. La primera noche que pasé en Palanthas, fue la noche en que Raist... quiero decir, «ya sabes quién», nos sacó del laboratorio y Dalamar se quedó estupefacto y nada complacido al vernos hasta que él y «ya sabes quién» mantuvieron esa pequeña charla confidencial, ¿te acuerdas?

—Sí, me acuerdo. —Palin procuró dominar la impaciencia—. Háblame de Usha.

—Sí, eso es. Torcemos aquí, por esta calle lateral. Bien, la primera noche la pasé en prisión debido a un malentendido con un calderero por una bonita tetera que silbaba, y que yo sólo estaba examinando para ver qué llevaba dentro que la hiciera silbar así, cuando... —Palin frunció el ceño— ...y pasé la noche en la cárcel —se apresuró a terminar Tas. Suspiró.

»La cárcel de Palanthas ya no es lo que era. Los Caballeros de Takhisis están ahora al mando, lo que al principio pensé que podría ser interesante, sobre todo si torturaban a la gente colgándola cabeza abajo, de los pies, y le atizan con hierros al rojo vivo. Pero no lo hacen. Lo de torturar, me refiero. Los caballeros son muy serios y estrictos y siempre estaban mandándonos que nos pusiéramos en fila y nos calláramos y que nos sentáramos y nos calláramos y que no nos moviéramos y nos calláramos. Y no había otros kenders. Pero eso ya te lo contaré después. Ah, ahí está la taberna. Por fuera tiene un aspecto un poco desastrado, y por dentro tampoco está mucho mejor, pero la cerveza de jengibre es muy buena.

La taberna El Ganso y la Oca se encontraba en una esquina donde se unían dos calles para formar la punta de un triángulo, por lo que, consecuentemente, tenía la forma de una porción de tarta. Localizada cerca de una herrería, la taberna estaba cubierta por una capa de hollín procedente de la fragua. Las paredes de ladrillo, tapizadas con hiedra marchita, estaban negras de mugre. Se había hecho un intento de limpiar las ventanas separadas con puntales de madera, con el único resultado de embarrarlas al correrse el polvillo negro. El ganso y la oca pintados en el letrero de la taberna (con los cuellos entrelazados) habían tenido las plumas blancas en algún momento, pero ahora parecía como si acabaran de salir de una carbonera.

—De verdad, Tas, no tengo ni pizca de sed —dijo Palin.

Dos clientes de aspecto rudo salían de la taberna en ese momento limpiándose las caras barbudas con el dorso de la mano, y miraron al mago y al kender con gesto ceñudo.

—Oh, ya lo creo que tienes sed —contestó Tas y, antes de que Palin pudiera impedírselo, entró disparado por la puerta del local.

Con un suspiro exasperado, el joven fue tras él.

—¡No se admiten kenders! —El tabernero, un hombre muy delgado y de tez cetrina, miraba a Tas, furibundo.

—Ya nos marchábamos —dijo Palin mientras alargaba la mano para coger a Tas.

Pero fue el kender el que lo agarró a él por la manga.

—¡La cerveza de jengibre es fabulosa aquí! ¡Lo sé!

La poca gente que había en el establecimiento se había vuelto para mirar.

Viendo que no podría convencer a Tas y pensando que sería mejor complacerlo, Palin sacó su bolsa de dinero.

—Dénos una mesa. Yo me hago responsable del kender.