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—¡Salid de aquí, chicos! —les gritó Dougan a Palin y a Usha—. ¡Yo me ocuparé de este asuntillo!

—Me alegra volver a veros, señor —dijo Palin, mirando intensamente al enano—. Ojalá las circunstancias de nuestro segundo encuentro fueran mejores.

—Lo mismo digo, chico. Lo juro por Reorx. —Dougan soltó un suspiro—. Está en manos de los dioses...

Una jarra de cerámica se estrelló en la cabeza del enano. La cerveza se derramó sobre su sombrero, empapando la llamativa pluma y calando al enano.

—¡Esto es el colmo! —chilló, farfullante, mientras escupía cerveza. Se encaramó a una silla de un salto, se remangó y dejó tumbado a su oponente—. ¡Más vale que os deis prisa, chicos!

—Por aquí —dijo Usha, que condujo a Palin fuera de la taberna por la puerta trasera.

En el exterior oyeron un silbido penetrante, al que respondieron el pataleo de pies corriendo y el sonido de órdenes dadas a gritos. Los dos se agazaparon en las sombras.

—¡Los caballeros! —informó Palin, que se había asomado a la esquina—. Una patrulla viene calle abajo.

—¿Y qué pasará con Dougan? —preguntó Usha con ansiedad—. ¡No podemos dejarlo ahí! ¡Ni a Tas!

—Aquí estoy —dijo una alegre voz. Tasslehoff salió por detrás de un montón de abono. Tenía las ropas algo arrugadas, y la cara, sucia; las bolsas y saquillos colgaban ladeados, y llevaba el copete torcido hacia un lado de la cabeza—. Estoy bien —aseguró.

—Cuatro caballeros van hacia la entrada principal —señaló Palin—. Deberíamos marcharnos ahora, antes de que vengan más.

—¿Y Dougan? —inquirió Usha, resistiéndose a abandonar al enano—. Ha sido muy bueno conmigo y...

—Oh, no le ocurrirá nada —la tranquilizó Tas—. Después de todo, es un dios.

—¿Qué? —Usha lo miraba boquiabierta.

—¡Será mejor que nos vayamos ahora! —instó Palin.

—Que es un dios —repitió el kender, como si fuera la cosa más normal del mundo, mientras corría junto a los jóvenes—. Es Reorx. Verás, lo sé porque he tenido bastante trato con dioses. Paladine y yo somos amigos íntimos, y la Reina Oscura me tiene tanto aprecio que quería que me quedara con ella en el Abismo. Y ahora, Dougan, que en realidad es Reorx. Mantuvimos una agradable y corta charla antes de que alguien le atizara en el coco con una olla.

—¿Sabes de qué está hablando? —le preguntó Usha a Palin en voz baja.

—Te lo explicaré después —susurró el joven.

—¿Adónde vamos ahora? —preguntó Tas, excitado.

—A la Gran Biblioteca.

—¡Ah! Astinus. —El kender puso una expresión triunfante—. ¿Ves a qué me refiero? Cuando estuve en el Abismo, la segunda vez, no la primera, finalmente recordé dónde había visto a Gilean con anterioridad. También me conoce.

Del interior de la taberna salieron gritos, aullidos y el estrépito de acero chocando contra hierro.

Llegaron al final del callejón, y Palin empezó a salir a la calle donde estaba la fachada de la taberna, pero Usha lo detuvo.

—¿Qué haces? ¡No puedes salir ahí así, sin más!

—Querida —dijo el joven con suavidad pero firmemente—, tenemos que apresurarnos. No te preocupes. Si los caballeros nos ven, no nos relacionarán con el altercado. Pensarán que somos ciudadanos corrientes que han salido a dar un paseo.

—A eso me refiero —replicó Usha—. Los ciudadanos corrientes ya no salen a pasear por la noche. Mira a tu alrededor. ¿Ves a alguien en las calles?

Palin se quedó estupefacto al comprender que Usha tenía razón. Las calles estaban desiertas... a excepción de los caballeros.

—Mira tu documentación —dijo la muchacha—. A veces algunas personas tienen permiso para salir de noche. Si es así, tiene que haber un sello en tus documentos de identificación.

—¿Qué documentos de identificación? —Palin la miraba de hito en hito—. ¿De qué hablas?

—Yo no necesito una identificación —aseveró Tas—. Sé quién soy. Es lo que les dije en la cárcel anoche.

—Todo el mundo en Palanthas ha de tener documentos de identificación —Usha los miraba a uno y a otro, consternada—. Incluso los visitantes. Los caballeros se los dan al entrar, en las puertas de la muralla. ¿Estáis seguros de que no tenéis ningún papel oficial? ¿Cómo entrasteis en la ciudad sin ellos?

—Bueno —empezó Tas—, Dalamar dijo algo así como «uguel, buguel, gubel» y...

—Olvídalo —lo interrumpió Palin con presteza—. Digamos que los dos vinimos por caminos muy poco convencionales. Y, no, ninguno de nosotros tiene documentación. No lo entiendo. ¿Cuándo empezó todo esto?

La puerta de la taberna se abrió y por ella salieron unos caballeros conduciendo a varios nombres, entre ellos el herrero y el tabernero, que les suplicaba que no le cerraran el negocio. Aparecieron otros cuatro caballeros que transportaban al inconsciente enano agarrándolo por los brazos y los tobillos. El resto de la parroquia desapareció en la oscuridad.

Tas, Palin y Usha permanecieron completamente inmóviles hasta que los caballeros se hubieron alejado. Las luces de la taberna todavía brillaban. La cocinera se asomó a la puerta, atemorizada, y después, quitándose el delantal de un tirón, corrió hacia su casa.

—¿Ves? Todo el mundo está aterrorizado —dijo Usha—. Cuando los caballeros tomaron el poder, hicieron que todos los que vivíamos en Palanthas fuéramos al palacio del Señor, que ahora es el cuartel general de los caballeros, para que nos registráramos. Tenías que decir dónde vivías, quiénes eran tus padres, cuánto tiempo llevabas viviendo en la ciudad, y cosas por el estilo. Si alguna persona decía algo que no debía, se la llevaban nadie sabe dónde. Todas las familias de los Caballeros de Solamnia han desaparecido, y sus casas han sido confiscadas... ¡Chist!

Los tres se metieron más en el callejón, agazapados. Una patrulla de tres caballeros bajaba por la calle, sus pasos acompasados resonando en los adoquines.

—Los caballeros establecieron un toque de queda —continuó Usha después de que la patrulla hubiera pasado—. Todos los ciudadanos tienen que estar en sus casas a medianoche. Para ayudar a hacer respetar el toque de queda y para «proteger a los buenos ciudadanos de asaltantes merodeadores» los caballeros dijeron que ya no podíamos encender las farolas de las calles.

—¡Las farolas! —musitó Palin—. Me preguntaba qué notaba diferente. Por las noches, Palanthas solía estar tan iluminada como de día.

—Ahora ya no sale nadie. La taberna ha estado perdiendo dinero. Sólo los vecinos han venido a tomar un trago, y ahora, probablemente, ni siquiera ellos acudirán. Nadie quiere tener tropiezos con las patrullas. —Usha señaló en la dirección por la que se habían marchado los caballeros.

»Incluso si vas a hacer la gestión más inocente, te llevan a uno de los cuarteles de los caballeros y allí te interrogan interminablemente. Te piden la documentación, y quieren saber adonde vas y para qué. Luego, si tus respuestas los satisfacen y si tus papeles están «en orden», entonces te escoltan hasta tu destino. Si te pillan en una mentira, que los dioses te ayuden. Y si te cogen sin documentos, Palin, y en compañía de un kender... —Usha se encogió de hombros y sacudió la cabeza.

—Los kenders tienen prohibido el acceso a la ciudad —añadió Tas—. Me echaron esta mañana, junto con otros cuantos de los míos, pero volví de inmediato, por supuesto, aunque eso no resultó tan fácil como antes. Se han reparado un montón de viejas grietas y agujeros que tenía la muralla. Aun así, se han pasado por alto unos pocos.

—No podemos quedarnos escondidos aquí, en el callejón —susurró Palin—. Tengo que estar en la biblioteca a medianoche. No nos queda más remedio que arriesgarnos a recorrer las calles. El tiempo se nos echa encima.

—¿Y qué me dices del anillo mágico? —preguntó, anhelante, Tas—. Podrías llevarnos allí en un visto y no visto. Me encanta que me transporten mágicamente.

—El anillo me llevaría a mí —explicó Palin—, pero no a ti ni a Usha. Vamos, debemos ponernos en marcha mientras todo sigue tranquilo, antes de que regresen los caballeros.