—Hay otra manera de ir —dijo Usha, que llevaba un rato en silencio—. Es un camino más seguro, pero no te gustara.
—¿Por qué? —preguntó el joven con un escalofrío—. ¿Qué tiene de malo?
Usha sacudió la plateada melena antes de responder:
—Se llama La Senda de los Ladrones. ¿Ves? Lo que yo decía, no te gusta.
Incluso bajo la tenue luz blanca de Solinari, Palin pudo ver que el rostro de Usha enrojecía. La muchacha eludió los ojos, y retiró su mano de la de él.
—Usha... —empezó el joven torpemente.
—Tenía hambre —añadió ella con gesto desafiante—. No tenía adonde ir ni un sitio para dormir. El enano, Dougan Martillo Rojo, me encontró y fue amable conmigo. Me llevó al Gremio de Ladrones. Ellos no hacen preguntas. —Usha dirigió una mirada de reproche a Palin—. Me aceptaron de inmediato, hicieron que me sintiera como si estuviera en casa, me proporcionaron un sitio donde dormir, me encontraron un trabajo, que es mucho más de lo que otros hicieron por mí.
Palin estaba desconcertado. De pronto, se había convertido en el villano de la historia, y no sabía muy bien cómo había ocurrido.
—Lo lamento —dijo, sin convicción—, pero yo...
—¡No he robado nada! —continuó Usha, cada vez más furiosa y parpadeando para contener las lágrimas—. ¡Ni una sola cosa! Los ladrones sólo me estaban enseñando porque Dougan dijo que tenía aptitudes, verdadera maña para eso.
—Usha, lo comprendo. Calla, no digas nada más. —La tomó de la mano y la atrajo hacia sí.
La muchacha alzó la cabeza y lo miró a los ojos. Por un instante, Palin perdió la noción del tiempo, de dónde estaba, de lo que hacía. Sus labios se posaron en los de ella, y la estrechó con fuerza contra su pecho. Permanecieron abrazados en la oscuridad, sintiéndose a salvo el uno en los brazos del otro, más que en ningún otro lugar de Krynn.
Lentamente, de mala gana, Palin apartó a Usha.
—No puedo dejar que esto pase entre nosotros —dijo con firmeza—. Eres la hija de mi tío, ¡mi propia prima!
—Palin... —Usha parecía sentirse incómoda—. ¿Y si te dijera que no soy...? Bueno, que en realidad no... —Calló y volvió a intentarlo—. Que no dije la verdad sobre... —Se calló de nuevo.
—¿La verdad sobre qué? —Sonrió, procurando mostrarse alegre—. ¿Sobre ser una ladrona? Pero si me lo has contado, y lo comprendo...
—No, no es eso. —Suspiró—. Bah, da igual. No tiene importancia.
Palin sintió que le tiraban de la manga.
—Disculpadme —dijo Tas con gran educación—, pero este callejón se está volviendo muy aburrido, y, además, ¿a qué hora dijiste que teníamos que estar en la biblioteca?
—Tas tiene razón. Debemos ponernos en marcha, e iremos por el camino que tú conoces.
—Entonces, seguidme. —Usha se alejó de la calle principal y los condujo hacia el fondo del oscuro callejón. Los edificios ocultaban la luz de la luna, y las luces de la taberna no alumbraban esta parte del callejón. En la oscuridad, Usha tropezó con algo, Tas le pisó la cola a un gato, que bufó y salió disparado, y Palin se golpeó la espinilla contra un cajón de embalaje.
—Necesitamos luz —musitó Usha.
—¿No hay peligro?
La muchacha echó una ojeada a la entrada del callejón, con nerviosismo.
—No estaremos mucho tiempo aquí —dijo.
—Shirak —susurró Palin, y el Bastón de Mago empezó a emitir un resplandor frío, pálido. El joven sostuvo el cayado en alto, y sólo vio paredes por los tres lados.
—Usha, ¿cómo...?
—Chist. —La muchacha se puso de rodillas—. ¡Ayúdame a levantar esta reja!
—¡Las alcantarillas! —Tas se puso a gatas de inmediato y empezó a tirar de la reja muy excitado—. ¡Vamos a bajar a las alcantarillas! He oído hablar del alcantarillado de Palanthas. Se supone que es muy interesante, pero nunca me he metido en él. ¿No es fantástico, Palin?
Al joven mago se le ocurrieron varias palabras para describir el hecho de meterse en las alcantarillas de una ciudad tan populosa, pero «fantástico» no era una de ellas. Se agachó junto a Usha justo en el momento en que ella y Tas se las arreglaban para retirar la pesada reja a un lado.
—Éste puede ser un buen escondrijo, pero ¿cómo vamos a llegar hasta la biblioteca? ¡Puag!
Un hedor espantoso emergió de la oscuridad; un olor tan horrible que daba la impresión de tener forma y vida propias. Palin sufrió una arcada y se tapó la nariz con la mano. Tasslehoff, que había estado mirando fijamente el agujero, boquiabierto, cayó de espaldas como si hubiera recibido un golpe en la cara.
—¡Aaag! ¡Yieek! ¡Fiiiu! —El kender encogió la nariz en un gesto de asco—. Verdaderamente, es... es...
—Indescriptible —dijo Palin, sombrío.
—Toma, tápate con esto la nariz y la boca. —Usha le tendió a Palin un paño de la taberna que llevaba sujeto al cinturón—. Enseguida te acostumbrarás al olor.
—Usha... —El trapo sólo olía un poco mejor que la alcantarilla, y Palin lo cogió, indeciso.
—La red de alcantarillado te lleva a cualquier lugar de Palanthas, puede que incluso a la Torre de la Alta Hechicería. —La muchacha empezó a recogerse la falda y enganchó el dobladillo en el cinturón—. No lo sé. La ruta no va a resultar muy agradable, pero...
—Es mejor que caer en manos de los caballeros —comentó Tas mientras se ataba un pañuelo (uno de Palin) sobre la nariz y la boca—. Y me parece que tres de ellos vienen hacia aquí.
Palin se volvió, alarmado. Varias figuras —la luz de la luna se reflejaba en armaduras negras— eran visibles a la entrada del callejón. El joven mago apagó la luz del bastón con premura. Usha, que se había tapado la boca y la nariz con otro paño de cocina, ya se había metido por el sumidero y descendía por una escalerilla hecha con barras de hierro. Tas fue tras ella. Palin se puso el trapo sobre la nariz y la boca, inhaló hondo, intentando contener la respiración, y se agachó al borde del agujero.
Con los dedos cerrados en torno al Bastón de Mago, susurró unas palabras mágicas y un instante después descendía flotando en medio de la oscuridad. Su pies tocaron el fondo de la alcantarilla casi al mismo tiempo que Usha saltaba desde el último peldaño.
Palin la cogió para evitar que cayera en la porquería que había en el suelo. La muchacha lo miró, atónita.
—¿Cómo has...?
—Magia —respondió él.
Tas bajaba la escalerilla metiendo ruido.
—No creo que los caballeros entren en el callejón; pero, si lo hacen, verán la tapa de la alcantarilla corrida y sabrán que hay alguien aquí abajo —informó el kender.
—Tenemos que alejarnos —dijo Usha—. Por aquí.
Cogida de la mano de Palin, la muchacha tiró de él hacia la oscuridad. Tas llegó abajo, se colocó bien los saquillos y se apresuró a ir en pos de la pareja.
—Shirak —dijo Palin, y miró a su alrededor, estupefacto.
Nadie sabía con exactitud cuándo se había hecho el laberíntico sistema de alcantarillado de Palanthas. Algunos decían que las alcantarillas habían sido diseñadas por los creadores de la Ciudad Vieja, y que se hicieron al mismo tiempo que la urbe. Pero persistía una historia que afirmaba que el sistema de alcantarillado era más antiguo que la propia Palanthas, y que se había construido como una ciudad por una nación de enanos olvidada desde hacía mucho tiempo. Algunas versiones de esta historia contaban que los enanos habían sido expulsados de sus túneles subterráneos por los humanos, quienes, al darse cuenta del potencial de aquella privilegiada zona, planearon establecer su ciudad sobre dichos pasadizos.
Desde luego, como Palin había advertido con asombro, el sistema de alcantarillado recordaba una pequeña ciudad subterránea. Las paredes eran de piedra, así como los techos abovedados. El suelo estaba pavimentado, y se extendía recto y llano. Había incluso viejos hacheros de hierro en las paredes que, a juzgar por el tono chamuscado de la piedra de alrededor, habían sostenido antorchas en algún tiempo.