Los dos jóvenes callaron y se sonrieron.
—Subiré otra vez. —Tas empezaba a trepar cuando Palin lo detuvo.
Parado debajo de la escalerilla, el joven mago miró hacia arriba, a la reja que cubría la boca de la alcantarilla. Ésta no estaba oculta como la otra del callejón, sino que se encontraba en una calle muy transitada, en el centro de la ciudad. Tendrían que colocarla de nuevo en su sitio o los caballeros podrían sospechar algo e iniciar una búsqueda por el alcantarillado. No los encontrarían a ellos, pero sí podrían dar con Jack Nueve Dedos y la dama a la que llevaban a lugar seguro.
—¡Tenemos que darnos prisa! —le recordó Usha, que estaba muy cerca, apretada contra él en la oscuridad—. Las patrullas hacen la ronda cada cuarto de hora.
—Lo estoy intentando —dijo Palin, al que le estaba resultando difícil pensar de un modo racional teniéndola tan cerca y con el tacto de su mano en la palma de la suya. Las palabras del conjuro que le hacía falta acudían a su mente pero desaparecían al momento—. Esto no funciona. Ponte ahí. —Agarró a Usha por los hombros y la situó justo debajo de la escalerilla.
»Tas, quédate cerca de Usha y, cuando os llame, empezad a subir.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó el kender, excitado—. ¿Algo de magia? ¿Puedo ir contigo para verlo?
—Quédate aquí —repitió el joven, que ya había tenido distracciones de sobra.
Entorpecido por el bastón, trepó por la escalerilla trabajosamente. Al llegar arriba, levantó la tapa y se asomó.
Solinari estaba alta en el cielo, y su plateada luz hacía resaltar todos los objetos en un fuerte contraste con el oscuro fondo. La calle estaba desierta.
Palin se quitó una pulsera de cuero que llevaba en la muñeca derecha, y repasó mentalmente las palabras de un hechizo. Tenía que pronunciar cada palabra correctamente mientras realizaba el correspondiente movimiento con la mano, utilizando los componentes del conjuro de la manera prescrita. Podía oír a Usha y a Tas susurrando allá abajo, e intentó hacer caso omiso de sus voces.
Cerró los ojos y se concentró. Ya no estaba en las alcantarillas de Palanthas, ni los caballeros significaban peligro alguno para él. Había dejado de tener prisa, y tampoco se encontraba cerca de la mujer por la que habría dado la vida para que fuera suya. Ahora estaba con la magia.
Palin levantó la pulsera de cuero y empezó a moverla en círculo, lentamente, justo debajo de la reja. Al mismo tiempo, pronunció las palabras mágicas, poniendo el énfasis correcto en cada sílaba. Mientras hablaba, esperó tensa y ansiosamente la oleada de calor que brotaría en su corazón e irradiaría por todo su cuerpo. Esa sensación de calor significaría que la magia se había apoderado de él, que actuaba a través de él. Era una calidez embriagadora, adictiva, reservada a unos pocos elegidos.
Sintió despertar aquella sensación, experimentó el gozo exquisito, la exaltación del poder cosquilleando en su sangre. La magia bullía, chispeante, dentro de él como burbujas de un vino espumoso, subiendo hacia la superficie de su ser. Sólo era un conjuro sencillo que cualquier mago de bajo rango podía ejecutar. Sin embargo, hasta el hechizo más simple tenía esta recompensa, así como también un precio que pagar, porque, después de que las palabras fueran pronunciadas, las burbujas estallarían y la calidez remitiría dejando tras de sí debilidad, depresión y un voraz deseo de volver a experimentar la misma sensación.
Pero, en este momento, Palin disfrutó con su arte. Movió la pulsera debajo de la tapa, pronunció las palabras, y la reja empezó a elevarse lentamente en el aire. Palin controló la levitación con los movimientos de la mano; cada vez que completaba un círculo, la tapa se levantaba un poco más. Cuando alcanzó un altura que dejaba hueco para que pudiera pasar una persona, Palin dejó de mover la mano. La reja se quedó inmóvil, suspendida en el aire nocturno.
—¡Tas, Usha! —llamó en voz baja—. ¡Rápido, ahora!
El kender subió la escalerilla a toda prisa, con los saquillos brincando a su alrededor. Usha venía tras él. Palin gateó por el hueco, lo que no le resultó sencillo teniendo en cuenta que estaba obligado a mantener la pulsera de cuero debajo de la reja en todo momento. Ya en la calle, se agazapó, con la mano metida bajo la tapa, mientras Tas salía de la alcantarilla.
—¡Estáte alerta! —le ordenó al kender, que cruzó la calle con la rapidez y el sigilo propios de su raza, y se escondió detrás de un arbusto.
Usha salió a continuación, moviéndose con agilidad.
Tas la llamó con una seña, y la joven corrió a reunirse con el kender.
Palin empezó a bajar la pulsera de cuero, moviéndola en una lenta espiral descendente. Y entonces oyó pisadas marcando el paso.
No cometió el error de apresurarse, ya que retirar la pulsera en ese momento habría provocado que la reja cayera en la calle con gran estruendo. Las pisadas estaban todavía a cierta distancia, pero se iban acercando, y Palin ejecutó los movimientos tan deprisa como le era posible, aunque a él le pareció atormentadoramente lento. Las pisadas se aproximaban más y más.
—¡Palin! —se arriesgó Tas a llamar en un sonoro susurro—. ¿Lo has oído?
—¡Chitón! —siseó el joven mago. La reja casi estaba en su sitio, le rozaba ya la mano.
Ésta era la parte más difícil, pues, una vez que retirara la pulsera, la tapa quedaría libre del hechizo y caería. Tenía que «atraparla» en el aire, mantenerla inmóvil, y renovar el conjuro, todo ello en el espacio de escasos segundos. Con todo cuidado, sacó la mano de debajo y, con un rápido movimiento, dio la vuelta a la pulsera, la sostuvo hacia abajo, y colocó la mano encima de la reja.
Los pasos estaban ya muy cerca, probablemente a menos de media manzana. Los edificios impedían que los caballeros vieran a Palin, pero cuando giraran en la esquina, delante de la biblioteca, lo tendrían a plena vista, una oscura sombra bajo la radiante luz de la luna.
Palin escuchó un rumor en los arbustos, y oyó a Tas susurrar bruscamente:
—¡No, quédate aquí, Usha! Es demasiado peligroso.
Palin había bajado la tapa del todo, colocándola en su sitio. El calor se apagó en su sangre, dejándolo repentinamente débil, helado, y vacío. Durante un fugaz instante, la huida le pareció inútil, una pérdida de energía. Era mucho más sencillo quedarse aquí, dejar que los caballeros lo prendieran.
El joven mago estaba acostumbrado a esta sensación de desaliento y letargo que surgía tras la realización de un hechizo, y no permitió que se apoderara de él. Los caballeros estaban ya muy cerca, así que se zambulló hacia las sombras de los arbustos justo en el momento en que los caballeros aparecían por la esquina.
La luz de la luna se reflejó en sus oscuras armaduras mientras pasaban marcando el paso, silenciosos, eficientes. Los tres amigos escondidos entre los arbustos se mantuvieron inmóviles, temerosos hasta de respirar, de que los rápidos latidos de sus corazones sonaran demasiado alto y los descubrieran.
Los caballeros desaparecieron en la distancia, y la calle quedó desierta una vez más.
La fachada de mármol blanco de la Gran Biblioteca de Palanthas, con su columnata, su pórtico y sus oscuras y estrechas ventanas, era uno de los edificios más antiguos de Krynn, y despertaba el respeto y la veneración de cuantos se acercaban a él. La gente que paseaba por sus jardines y contornos hablaba en voz baja, y no porque le impusieran que guardara silencio, sino porque el propio aire que susurraba entre los árboles parecía hablar de los secretos de muchas eras guardados bajo llave dentro de la biblioteca. Palin tuvo la impresión de que, si se tomaba el tiempo preciso para escuchar, podría enterarse de alguno de ellos.
Pero no tenía tiempo para ponerse a escuchar. No sólo se echaba encima la hora acordada para reunirse con su tío; también los caballeros volverían por este camino en muy poco tiempo. Las enormes puertas dobles de la entrada eran nuevas, en sustitución de las antiguas que habían salido dañadas años atrás, durante la batalla de Palanthas. Hechas de bronce, en cuya superficie aparecía grabado un libro, que era el símbolo de Gilean, ahora estaban cerradas y ofrecían un aspecto imponente. Palin las empujó y, como había esperado, las encontró atrancadas.