Выбрать главу

—Seguramente están cerradas por dentro —musitó—. Tiene que haber un modo de...

—¿Qué te parece esto, Palin? Quizá sirva para algo.

Tasslehoff sostenía una cuerda que colgaba del techo del pórtico, envuelto en sombras.

—Tas, no...

Fuera lo que fuese lo que Palin iba a decir, lo olvidó por completo, borrado de su mente por el bronco tañido de una gran campana de bronce. Su toque resonante atronó en la quietud de la noche, propagándose a uno y otro lado de la calle.

—¡Vaya! —exclamó Tas.

La campana empezó a mecerse, repicando escandalosamente, casi ensordeciéndolos. Se encendieron luces en las ventanas de la biblioteca, en las de los edificios a un extremo y otro de la calle. Una puerta pequeña, encastrada en las grandes, se abrió poco a poco, con vacilación.

—¿Qué ocurre? —inquirió una voz cascada, temblorosa. Una cabeza tonsurada asomó, temerosamente, por la rendija—. ¿Dónde es el fuego?

Palin había agarrado la cuerda de la campana y la sujetó, haciendo que dejara de sonar.

—No hay ningún fuego, hermano. Soy...

Una extraña expresión crispó el envejecido semblante del monje, que miró la blanca túnica del mago, sucia y arrugada; a Usha, con la falda recogida a la cintura y los zapatos cubiertos de mugre; y a Tasslehoff, con el copete goteando cieno. El monje se llevó la mano a la nariz.

—La biblioteca está cerrada —dijo en voz alta, y empezó a cerrar la puerta.

—¡Espera! —Tasslehoff interpuso su pequeño cuerpo entre la hoja y la jamba—. ¡Hola, Bertrem! ¿Te acuerdas de mí? Soy Tasslehoff Burrfoot, y ya he estado aquí...

—Sí —repuso Bertrem con un tono helado—, lo recuerdo, y repito que la biblioteca está cerrada. Volved por la mañana, después de que os hayáis bañado. —Se retiró, dispuesto a cerrar, pero se detuvo y añadió con premura:— Todos menos el kender —y, empujando a Tas, Bertrem tiró de la puerta.

—¡Por favor! ¡Tienes que dejarnos entrar! —Palin metió el bastón en la rendija que quedaba, impidiendo que cerrara la puerta—. Lamento que olamos tan mal, pero hemos venido por las alcantarillas...

—¡Ladrones! —chilló Bertrem mientras intentaba, sin éxito, cerrar. Levantó la voz—. ¡Socorro, ayuda! ¡Ladrones!

—¡Alguien viene! —advirtió Usha.

—¡No somos ladrones! —La desesperación de Palin crecía por momentos—. Se supone que he de reunirme aquí con mi tío, en el estudio de Astinus. ¡Deja que hable con Astinus!

Bertrem se llevó tal sobresalto que estuvo a punto de soltar la puerta.

—¡Asesinos! —aulló—. ¡Unos asesinos que quieren matar a mi maestro!

—¡Los caballeros! —siseó Usha—. ¡Vienen hacia aquí!

—¡Bertrem! —llamó una voz desde el interior de la biblioteca.

El monje dio un brinco, se puso pálido y miró por encima del hombro, a su espalda.

—¿Sí, maestro?

—Déjalos entrar. Estaba esperándolos.

—Pero, maestro...

—¿Me vas a obligar a repetirme, Bertrem?

—Sí, maestro. Q... quiero decir, no, maestro.

Bertrem abrió la puerta, retrocedió un par de pasos, y se cubrió la boca y la nariz con la manga del hábito, invitando a entrar a los tres con una seña.

El interior de la biblioteca estaba envuelto en sombras, alumbrado únicamente por el candil que Bertrem había dejado sobre una mesa para poder abrir la puerta. No se veía al hombre a quien el monje había llamado «maestro».

—Cierra la puerta, Bertrem —ordenó la voz—. Cuando los caballeros vengan para preguntar la causa del alboroto, les dices que eres sonámbulo, y que una de las cosas que sueles hacer cuando caminas dormido es tocar la campana. ¿Está claro, Bertrem?

—Sí, maestro. —La voz del monje sonó sumisa.

—Venid por aquí —siguió la voz desde las sombras—. Deprisa. La historia prosigue sin quedar registrada mientras estoy aquí, ocioso, parado en este frío vestíbulo lleno de corrientes. Enciende el bastón, joven mago. Tu tío os espera.

Palin pronunció la palabra, y el bastón iluminó el gran vestíbulo. La luz se reflejó en hileras de volúmenes encuadernados en piel y en montones de pergaminos colocados en largas estanterías que llegaban hasta donde alcanzaba la vista y luego se perdían en la oscuridad de manera muy similar a como la historia que contenían se perdía en las sombras del pasado.

La luz también caía sobre el autor de los libros, el escribiente de los pergaminos.

Su semblante era intemporal, terso, sin arrugas, tan inexpresivo como el papel en el que escribía de manera constante, interminablemente, registrando el paso del tiempo en Krynn. Ninguna emoción asomaba a su rostro ni conmovía al hombre. Era mucho lo que había visto como para que algo lo conmoviera ya. Había descrito el nacimiento del mundo; el auge de la Casa de Silvanos; la elaboración de la Gema Gris; la construcción de Thorbardin; las gestas de Huma en la Segunda Guerra de los Dragones; la Guerra de Kinslayer; la creación de los Caballeros de Solamnia; la fundación de Istar. Había seguido escribiendo durante la terrible devastación del Cataclismo, mientras las paredes de la biblioteca se sacudían a su alrededor.

Había escrito sobre la caída de los Caballeros de Solamnia, del surgimiento de los falsos clérigos, del regreso de los dragones, de la Guerra de la Lanza.

Algunos decían que hacía mucho, mucho tiempo, había sido un monje al servicio de Gilean, y que durante dicho servicio había empezado a escribir sus ahora famosas crónicas. Se decía que Gilean había quedado tan impresionado con su trabajo que había recompensado al nombre mortal con la inmortalidad... mientras siguiera escribiendo.

Otros decían que era el propio dios Gilean.

Los que se presentaban ante él rara vez recordaban sus rasgos, pero jamás olvidaban sus ojos: oscuros, penetrantes, sabios, impertérritos, implacables, inclementes; unos ojos que lo veían todo.

—Soy Astinus, Hija de los Irdas —respondió, aunque Usha no había hecho la pregunta... en voz alta.

La joven lo miró fijamente y sacudió la cabeza.

—No soy...

Los ojos la contemplaban persistentemente, y Usha renunció a su falsa negativa.

—¿Cómo lo sabes? —Atraída por los ojos, fascinada, avanzó hacia el hombre—. ¿Qué es lo que sabes?

—Todo.

—¿Sabes la verdad sobre mí? —preguntó, vacilante, al tiempo que miraba de soslayo a Palin.

—Plantéate a ti misma esa pregunta, Hija de los Irdas —contestó Astinus con indiferencia—, no me la hagas a mí. Éste no es un buen lugar para hablar —añadió, echando una mirada hacia la puerta—. Los caballeros llegarán en cualquier momento. Venid.

Giró a su derecha y echó a andar por un pasillo. Dejaron a Bertrem montando guardia —no demasiado contento— junto a la puerta cerrada. La campana sonó con fuerza, y los tres amigos apresuraron el paso.

—Hola, Astinus —saludó Tasslehoff mientras trotaba al lado del cronista, en absoluto amilanado por su imponente presencia—. ¿Te acuerdas de mí? Yo sí te recuerdo. Acabo de ver al dios Gilean en el Abismo. ¿De verdad eres él? No te pareces mucho al dios, pero tampoco Fizban se parece mucho a Fizban. Bueno, no es que no se parezca a Fizban, sino que no se parece a Paladine. En cambio, Dougan Martillo Rojo sí que se parece un montón a Reorx. Claro que hace tiempo que me he dado cuenta de que los enanos tienen muy poca imaginación. ¿Lo habías notado tú? Ahora que, si yo fuera un dios...

Astinus se frenó en seco, y un atisbo de emoción pasó fugaz por su semblante.

—Si los kenders fueran dioses, el mundo sería un lugar muy interesante, de eso no cabe duda, aunque nadie sería capaz de encontrar nada en él —comentó.