—¿Dónde está mi tío? —preguntó Palin, deseando y temiendo que conociera a Usha.
—Os espera en mis aposentos, pero —Astinus echó una mirada fugaz al joven— seguramente no querrás reunirte con él en esas condiciones.
—Estoy seguro de que mi tío lo entenderá —contestó Palin, encogiéndose de hombros—. No tuvimos otra opción...
Astinus se paró delante de una puerta cerrada.
—Ahí dentro encontrarás agua para asearte y ropa limpia —señaló.
—Agradezco tu consideración, señor, pero mi tío me dijo que nos diéramos prisa y... —empezó Palin.
Pero le hablaba a la espalda de Astinus, que se había dado media vuelta.
—También hay ropas para vosotros —les dijo a Usha y a Tas—. Son prendas desechadas que donamos a los pobres, pero están limpias y pueden usarse. Vosotros dos, venid conmigo.
»Volveré dentro de un momento, Palin Majere —añadió Astinus por encima del hombro mientras se alejaba—. Cuando te hayas vestido, te llevaré con tu tío. Vamos, Hija de los Irdas. Y tú también, maese Burrfoot.
—¿Has oído cómo me ha llamado? —comentó Tas a Usha, lleno de orgullo, mientras seguían al cronista—. Maese Burrfoot.
Palin pensó que Astinus tenía razón. Raistlin no querría reunirse con un sobrino que olía como si hubiera compartido un banquete con enanos gullys.
El joven abrió la puerta y entró en la habitación; era un cuarto pequeño, similar a las celdas monacales donde vivían los Estetas, los monjes que dedicaban sus vidas al servicio de la biblioteca y su maestro. Apenas amueblado, el cuarto tenía una cama y un lavabo con una jofaina, una palangana, y una vela encendida. Los pies de la cama se perdían en las sombras, pero el bulto que había encima debía de ser la muda de ropa.
Palin sólo echó una ojeada por encima a las prendas limpias. Se acercó a la palangana, de repente deseoso de quitarse la mugrienta túnica y lavarse la suciedad y el mal olor que empezaba a revolverle el estómago.
Tras las abluciones, sintiéndose ya mucho mejor, hizo un bulto con la ropa sucia, lo puso en un rincón, y fue hacia donde estaba la muda limpia.
Palin se paró, miró fijamente, y dio un respingo. Cogió la ropa y la acercó a la luz, pensando que los ojos lo engañaban.
No había error. Ni engaño, al menos ninguno que pudiera achacar a sus ojos.
La túnica que Astinus le había dejado era negra.
21
La elección
Lo primero que se le ocurrió a Palin era que Astinus le estaba gastando alguna clase de broma, pero al recordar los ojos impasibles del cronista descartó esa idea. El paño negro era suave al tacto y lo notaba extrañamente cálido contra la palma de su mano. Las palabras que le había dicho a Raistlin en la Torre de la Alta Hechicería volvieron a su mente con contundencia:
«Sé que el trabajo será arduo y difícil, pero haré cualquier cosa, sacrificaré cualquier cosa, para obtener más poder.»
¿Era ésta la respuesta? ¿Era éste el sacrificio que su tío pretendía?
Alguien llamó a la puerta y, antes de que Palin tuviera tiempo de contestar, la abrió. Astinus estaba en el umbral; sostenía un gran libro en los brazos, y una pluma en la mano.
—¿A qué esperas? No pierdas más tiempo y póntela —ordenó.
—No lo comprendo, señor. ¿Qué significa esto?
—¿Significar? ¿Qué crees tú que significa? Ya has tomado una decisión. Póntela.
—¿Decisión? ¿Qué decisión? Nunca tuve esta intención, no quiero tomar la Túnica Negra, no quiero utilizar mi magia para provecho propio o para perjudicar a otros u obligarlos a hacer mi voluntad...
—¿De veras? —Astinus se mostraba sosegado—. Pues yo diría que permitir que un hombre muera en tu lugar es una decisión merecedora de la Túnica Negra.
—¿Morir en mi lugar? Tiene que tratarse de una equivocación —protestó Palin—. Yo nunca... —Enmudeció—. ¡Dios mío! ¡Te refieres a Steel! Pero, no. Es imposible que los caballeros lo mataran. Sin duda les explicó las circunstancias, que él no habría podido hacer nada para evitarlo. ¿Es que no lo creyeron?
Astinus entró en el cuarto y se acercó a Palin. El cronista abrió el gran libro que llevaba en los brazos y señaló una línea escrita al final de la página.
En el día de hoy, Hora de la Primera Vigilia, Steel Brightblade fue ejecutado. Murió en lugar de Palin Majere, que había dado su palabra de honor de regresar, y faltó a ella.
—Hora de la Primera Vigilia —musitó Palin. Alzó la vista del libro y miró a Astinus—. ¡Pero todavía no es la Hora de Primera Vigilia! No es posible. ¿Cómo...?
—Faltan unas horas para que salga el sol —dijo Astinus, encogiéndose de hombros—. A veces me anticipo a los acontecimientos. Me facilita el trabajo, sobre todo si no existe posibilidad para el cambio.
—¿Dónde? —inquirió Palin, que aferró con fuerza la negra túnica—. ¿Dónde lo van a ajusticiar?
—En la Torre del Sumo Sacerdote. Morirá sin honor, despojado de todo rango. Pondrá la cabeza en el tajo encostrado de sangre reseca, y lord Ariakan en persona blandirá la espada que cercenará la cabeza de Steel Brightblade, separándola del cuerpo. —Palin escuchaba inmóvil, en silencio. Astinus continuó, inexorable:
»Su cadáver no recibirá sepultura, sino que será arrojado desde las murallas para alimento de las aves carroñeras. Servirá de ejemplo para otros caballeros. Esto es lo que les ocurre a quienes no obedecen las órdenes.
Unas imágenes acudieron a la mente de Palin: Steel arrodillado junto a la tumba de sus hermanos; Steel luchando a su lado en el Robledal de Shoikan; Steel salvándole la vida...
—Pero ¿qué importa eso? —siguió Astinus con un tono monótono—. Es un hombre perverso que ha entregado su alma a la Reina de la Oscuridad, que ha matado a muchos hombres buenos, Caballeros de Solamnia. Merece morir.
—No deshonrado y en desgracia. —Palin miró el libro en las manos de Astinus, a la última línea escrita—. Hora de la Primera Vigilia. Es demasiado tarde. Detendría la ejecución si estuviera en mis manos, pero es imposible. Se tardan días en llegar a la Torre del Sumo Sacerdote desde Palanthas, jamás llegaría a tiempo de impedir que lo mataran. —Se sentía avergonzado, pero al mismo tiempo experimentó un inmenso alivio.
Ponte la Túnica Negra. Cuando lo hayas hecho, abriré el libro de hechizos de Fistandantilus para ti. Te lo habrás ganado, susurró una voz en su mente.
Un regusto amargo, peor que el hedor de las cloacas, le subió a la boca. Acarició el negro paño. Era suave al tacto; suave y cálido, y lo envolvería, lo protegería.
—¡Yo no he hecho nada, tío! No es culpa mía. No se me ocurrió en ningún momento que Steel saliera perjudicado por mi causa. Incluso si quisiera ir, jamás llegaría a tiempo.
Has tomado tu decisión. ¡Proclámala en voz alta, con orgullo! ¡No te mientas a ti mismo, sobrino!, susurró la voz. Todavía puedes ir. Tienes el anillo de Dalamar que el kender te devolvió. Puedes estar en la Torre del Sumo Sacerdote en un breve instante.
Palin tembló. La madera del Bastón de Mago se había puesto repentinamente caliente, más que el tacto del negro paño bajo su mano. El anillo lo llevaría allí, sólo tenía que desearlo.
¡Pero qué terrible deseo! Miró a Astinus.
—¿Lo has oído?
—Sí, he oído todas las palabras, incluso las del espíritu.
—¿Lo... lo que dice es verdad? ¿Podría detener la ejecución?
—Si llegas a tiempo a la Torre del Sumo Sacerdote, sí, los caballeros pararían la ejecución. —Astinus miró a Palin con cierta curiosidad—. Detendrían la ejecución de Steel. ¿Estás preparado para que borre en el libro su nombre y ponga el tuyo?
Palin sintió la garganta constreñida; apenas podía respirar. «No. No estoy preparado para morir. Tengo miedo a la muerte, al dolor, a la eterna oscuridad, al silencio ininterrumpido. Quiero ver amanecer, escuchar música, beber un vaso de agua fresca. He encontrado alguien a quien amar. Quiero volver a sentir el cosquilleo de la magia en mi sangre. Y mis padres. Su pesar sería más amargo. ¡No quiero dejar esta vida!»