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Entonces, no la dejes, sobrino, sonó la susurrante voz en su mente. Steel Brightblade ha entregado su alma a la Reina Oscura. Muchos considerarían un acto justo dejar que muriera.

—Di mi palabra. Prometí regresar.

¿Faltar a la palabra dada? ¿Romper una promesa? Una vez que Steel Brightblade haya muerto, ¿a quién le importará?

—A mí —respondió Palin.

¿Y qué esperabas, sobrino? ¿Qué creías que significaba la palabra «sacrificio»? Yo te lo diré. Significa renunciar a todo, ¡a todo! —amor, honor, familia, la propia alma— por la magia. ¿No era eso lo que querías? ¿O es que esperabas conseguirlo sin dar algo a cambio?

—Me estás pidiendo que renuncie a la vida —dijo Palin.

Por supuesto.

—En cualquier caso —comprendió el joven—, será la vida lo que pierda.

En cualquier caso, corroboró Raistlin.

22

La ejecución

Steel Brightblade estaba tumbado en un jergón de paja que había en el suelo de su celda. No había dormido; había pasado la noche anterior a su ejecución en silenciosa y amarga vigilia. No temía a la muerte; la había aceptado de buen grado, incluso la había buscado.

Pero la muerte no le había llegado, no se lo había llevado cuando deseaba morir, en la batalla, con honor. Ahora su muerte sería ignominiosa, deshonrosa, degradante. Moriría encadenado, como un vulgar ladrón, un cobarde, un traidor.

No podía ver el amanecer desde su celda sin ventana, pero sí escuchaba las llamadas de la guardia. Las había oído a lo largo de toda la noche. Oyó la llamada de la Última Vigilia repitiéndose por toda la torre, e imaginó lo que sería para los que estaban de guardia.

Sonreirían, se desperezarían y bostezarían. El final de su turno estaba cerca. Dentro de una hora serían relevados de sus puestos, regresarían a los barracones y se sumirían en la acogedora oscuridad del sueño. Saldrían de esa oscuridad al despertar, maldiciendo las chinches, el calor, los ronquidos del compañero que tenían al lado.

Dentro de una hora, Steel Brightblade se sumiría en la oscuridad de la que no hay retorno, no hasta que Chemosh se apoderara de él y lo enviara a recorrer el mundo como uno de los espectros condenados a vagar por él sin descanso. Steel no le tenía miedo a nada de esta vida, pero la idea de una suerte tan funesta estremecía su alma. Una vez había visto al caballero muerto, lord Soth. Sobrecogido por el poder del muerto en vida, Steel había contemplado el fantasmal semblante del caballero con repulsión y pena, y había musitado una plegaria: «Takhisis, Reina de la Oscuridad, que mi destino sea cualquiera menos éste».

Esa había sido su agonía a lo largo de la noche. ¿Lo perdonaría Takhisis, o lo entregaría al dios de la máscara de la calavera, Chemosh, para que pasara toda la eternidad como un esclavo de la muerte?

La idea le heló la sangre en las venas, lo hizo temblar de terror, el cuerpo bañado en sudor frío. Tiritando, se encogió en el jergón de paja, y alzaba sus plegarias a su Oscura Majestad suplicando el perdón cuando la llave tintineó en la cerradura de la puerta de su celda.

—Una visita —anunció el carcelero, cuya voz sonaba sumisa, reverente, y el tono inusual alertó a Steel de que no se trataba de un visitante corriente.

Se incorporó y se puso de pie. Vestía el atuendo que llevaría para la ejecución, una especie de burda camisola, suelta y larga, de color negro, parecida a la mortaja con la que cubrían los cadáveres de indigentes antes de arrojarlos a la fosa común. Esperó en tensión, nervioso, pensando, temiendo, abrigando la insensata esperanza de que tal vez fuera lord Ariakan que venía a revocar la pena de muerte. La puerta de la celda chirrió al abrirse.

Entró una figura envuelta en ropajes negros, encorvada, vencida por la edad. En la oscuridad de la celda, Steel no podía distinguir si se trataba de un hombre o de una mujer. Parecía poco más que un bulto de oscuridad vacilante, frágil. La figura no estaba sola; iba acompañada por otra, también vestida de negro, que caminaba a su lado sirviendo de apoyo a sus pasos renqueantes.

Sin embargo, la voz que habló no era débil ni temblorosa.

—Cierra la puerta y echa el cerrojo.

El recuerdo resurgió en Steel. Había visto a esta persona antes, había estado con ella. Se tendió en el frío y húmedo suelo de piedra, boca abajo, con los brazos extendidos hacia adelante, a los pies de la figura.

—¡Santidad! —musitó.

—Luz —ordenó la suma sacerdotisa a la acolita que la servía.

La mujer más joven pronunció una palabra, y surgió una luz de fuente desconocida. Esta luz no expulsó la oscuridad; más bien pareció hacerla más profunda, más fuerte, dotada con vida.

La suma sacerdotisa de Takhisis avanzó, renqueante, hasta situarse delante de Steel.

—Levántate —siseó—, y mírame.

Embargado por un temor reverencial, Steel se puso de rodillas.

La suma sacerdotisa ya le había parecido muy anciana cuando lo había bendecido en su investidura, años atrás, pero ahora su vejez llegaba más allá de lo comprensible, de lo concebible. Unos ralos mechones de pelo blanco le enmarcaban el rostro; la piel se adhería, tirante, sobre los huesos, como si debajo no quedara ni una partícula de carne. Tenía los labios azulados, exangües, al igual que las venas marcadas en las marfileñas manos.

La gran sacerdotisa extendió una de aquellas manos —la otra estaba aferrada al brazo de la acolita— y agarró a Steel por la barbilla. Sus dedos parecían garras; las uñas, largas, amarillentas y afiladas, se hincaron en su carne.

—Nuestra soberana ha escuchado tus plegarias. Está complacida contigo, Steel Uth Mathar Brightblade. Has servido bien a su majestad, mejor de lo que crees. Tiene la posibilidad de ganar dos almas en el día de hoy. Te ha sido reservado un puesto en la tenebrosa guardia de su Oscura Majestad, un puesto de honor...

Steel cerró los ojos, y unas lágrimas de agradecimiento y alivio escaparon entre sus pestañas.

—Honro y doy las gracias a su majestad con todo mi corazón...

—Hay un requisito —lo interrumpió la gran sacerdotisa.

Steel abrió los ojos bruscamente. Las uñas de la mujer se clavaron en su carne e hicieron brotar la sangre. Luego le soltó la barbilla, bajó la mano y extendió un dedo esquelético, señalando.

—Quítate el talismán.

La mano de Steel fue hacia su garganta, a la cadena de fina plata que llevaba en torno al cuello. De esa cadena colgaba un aderezo que había mantenido oculto en todo momento. Sólo cuatro personas sabían que lo tenía, y una de esas personas, Tanis el Semielfo, estaba muerto ahora. Lord Ariakan lo sabía, ya que el propio Steel se lo había dicho; lo sabía la gran sacerdotisa; y Caramon Majere, que había sido testigo cuando había recibido el regalo de su padre, lo sabía. La mano de Steel se cerró sobre la Joya Estrella.

A menudo, el joven se había preguntado por qué la llevaba. Era un engorro; sus afilados bordes lo arañaban y lo molestaban. En más de una ocasión había decidido librarse de ella, la había agarrado con la mano, dispuesto a romper la cadena de un tirón y arrojarla al polvo.

Sin embargo, cada vez que la tocaba, una sedante sensación de serenidad lo inundaba, del mismo modo que el agua fresca calmaría la sed ardiente. Era una sensación que sosegaba el casi constante tumulto interno en el que se debatía, aclaraba sus ideas, dejando su mente despejada, con la agudeza de las aristas de la joya. Las dudas persistentes se desvanecían, en tanto que le devolvía la seguridad en sí mismo, en sus habilidades.

Sus dedos rozaron la cadena de plata. Sabiendo cómo lo afectaba la joya, se sentía reacio a tocarla. Su mente estaba en calma ahora, y sus dudas, aplacadas. Takhisis había perdonado su pecado, había dispuesto un lugar de honor para él, a su lado. La joya sólo conseguiría confundirlo y perturbarlo en este momento.