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—¡Descargad el golpe ahí! —sonó una voz siseante, la voz de la suma sacerdotisa—. Cortad donde está esa marca roja en su cuello.

Era la marca que le había dejado la cadena de plata al tirar de ella.

Steel volvió la cabeza y apoyó la mejilla en el tajo de mármol que, a despecho del calor del día, estaba frío como la propia muerte.

—Reza a tu soberana, Brightblade —dijo lord Ariakan.

—Mis plegarías ya están dichas —contestó Steel con firmeza—. Estoy dispuesto.

Pudo ver cómo se alzaba la espada sobre él; Ariakan la enarboló, listo para descargar un golpe que separaría la cabeza de Steel de su cuerpo. El reo la vio levantarse en un arco y, cuando la hoja alcanzó el punto más alto, captó la luz del sol y emitió un resplandor blanco y fuerte, como una estrella.

Steel cerró los ojos. El recuerdo de aquel hermoso destello sería el último en su memoria. Aguardó, en tensión, el golpe.

Lo que sintió, en cambio, fue un gran peso cuando otro cuerpo, desplomándose sobre el suyo, lo hizo perder el equilibrio. Al tener las manos atadas le resultó imposible sujetarse y cayó de costado.

Atónito, casi furioso por la interrupción, abrió los ojos para ver qué pasaba.

Un hombre joven, vestido con una blanca túnica, se encontraba de pie a su lado, en actitud protectora. En sus manos sostenía un bastón rematado por una bola de cristal que aferraba una garra de dragón dorada.

—¿Qué significa esto? —tronó lord Ariakan—. En nombre de su Oscura Majestad, ¿quién demonios eres tú?

—El que queréis —dijo el joven con una voz vacilante que cobró firmeza a medida que hablaba—. Soy Palin Majere.

23

Viejos amigos. Propuesta de una reunión

Raistlin Majere se encontraba en el estudio de Astinus de Palanthas. El archimago paseaba de un lado a otro por el cuarto, intranquilo, su mirada recorriendo fríamente y sin interés los volúmenes de la historia reciente, apilados ordenadamente en las estanterías. Astinus trabajaba en su mesa, escribiendo en el libro. De vez en cuando, aparecía alguno de los Estetas y, muy en silencio, para no molestar a su maestro, recogía los volúmenes completos y se los llevaba a la biblioteca, donde a continuación se archivaban por orden cronológico.

Ninguno de los dos hombres había hablado desde el regreso de Astinus al estudio. Las campanas de la ciudad tocaron la Hora de la Primera Vigilia. Raistlin hizo un alto en su constante pasear de un lado a otro y miró hacia la puerta abierta y al pasillo, como si esperara la llegada de alguien.

No vino nadie.

Se quedó quieto largos instantes, y luego, volviendo sobre sus pasos, rodeó la silla de Astinus y echó un vistazo para leer lo que acababa de escribir el historiador. Satisfecho, Raistlin asintió con un gesto.

—Gracias, amigo mío —dijo en voz queda.

Astinus no levantó la pluma del papel, y el fluir de la tinta sólo cesó cuando el cronista dejó de escribir para mojar la pluma en el tintero, y lo hizo tan rápidamente que casi no se vio el movimiento.

—No hice gran cosa —contestó Astinus, sin dejar de escribir.

—Mostraste el libro a Palin —dijo Raistlin—. Reconozco que no es algo inusual, pero se lo mostraste para obligarlo a tomar una decisión, y a ti te desagrada entrometerte en los asuntos de la humanidad.

—Los asuntos de la humanidad me conciernen —comentó Astinus—. ¿Cómo podía ser de otro modo? Los he escrito, los he vivido, todos y cada uno de ellos, a lo largo de los siglos.

El ritmo de la escritura decreció y, finalmente, cesó. Justo esta mañana había iniciado un nuevo volumen. Era grueso, encuadernado en piel, y sus páginas de papel de vitela estaban en blanco, listas para reflejar risas, lágrimas, maldiciones, golpes, el llanto de los recién nacidos, el último aliento de los moribundos. Los dedos del cronista parecían estar doblados permanentemente para sujetar la pluma; el índice, manchado con el azul purpúreo de la tinta. Astinus pasó las hojas en blanco hasta llegar al final.

—Ocurra lo que ocurra —dijo en voz baja—, este libro será el último.

Recogió la pluma y la puso sobre el papel. La pluma raspó al tocar la página y soltó una mancha de tinta. Astinus frunció el ceño, desechó la pluma rota a un lado, seleccionó otra nueva de un portaplumas que había en el escritorio, y empezó a escribir otra vez.

—Sabías de antemano, creo, la decisión que tomaría tu sobrino.

—Lo sabía —admitió Raistlin en voz baja—. Por eso hice que Caramon regresara a casa, para que no interfiriera. Palin tenía que hacer su propia elección.

—La correcta... para él —observo Astinus.

—Sí. Es joven, y no ha sido puesto a prueba realmente. Ha llevado una vida fácil. Lo han amado, admirado, respetado. Tuvo todo cuanto quiso; no ha conocido la miseria ni las privaciones. Cuando quería dormir, había una cama preparada para él, con sábanas limpias y en una habitación cálida y acogedora. Es cierto que viajó con sus hermanos, pero eso siempre fue, salvo en la última ocasión, más unas vacaciones que otra cosa. No como Caramon y yo, cuando éramos mercenarios antes de la guerra.

»Sólo una vez fue puesto a prueba de verdad —musitó el archimago—, durante la batalla en la que sus hermanos murieron, y fracasó...

—No fracasó —dijo Astinus.

—Pero él cree que sí —repuso Raistlin mientras se encogía de hombros—, lo que equivale a lo mismo. En realidad, luchó bien con la magia que disponía, mantuvo la calma en medio del temible caos, recordó los conjuros en unos instantes en los que uno se pregunta cómo un hombre es capaz de recordar su propio nombre. Pero perdió. Estaba condenado a perder. Sólo en el momento en que tuvo la Túnica Negra en sus manos, sólo cuando tenía que condenar a muerte a un hombre injustamente, sólo entonces, se enfrentó al sacrificio que debía estar preparado para hacer.

—Cabe la posibilidad de que muera por querer despejar esa incógnita —comentó Astinus, que no había dejado de escribir durante la conversación.

—Ése es un riesgo que todos corremos. Así lo juzga oportuno el Cónclave... —Raistlin miró los libros con el entrecejo fruncido, como si pudiera leer su contenido y no encontrara mucho que fuera de su agrado.

—Como una vez lo juzgaron oportuno en tu caso, viejo amigo.

—Me tentaron... y caí, por lo que fui injuriado, por lo que pagué un alto precio. Sin embargo, si no hubiera caído, es muy probable que la Guerra de la Lanza se hubiera perdido. —Raistlin frunció los labios en un gesto burlón—. ¿Cómo se teje ese hilo en el entramado del gran diseño?

—Como lo hacen todos —repuso Astinus—. Mira la alfombra que hay bajo tus pies. Cuando se le da la vuelta, se ve lo qué parece ser una maraña confusa de hebras de muchos colores. Pero si se mira la alfombra por la parte superior, los hilos están entretejidos prieta y ordenadamente, unificados para formar un tejido fuerte. Sí, está un poco raído en las esquinas, pero, en conjunto, ha resistido bien el desgaste.

—Necesitará ser fuerte —dijo Raistlin en voz baja—, para soportar lo que se avecina. Hay otra cosa que me gustaría que hicieras por mí, amigo mío.

—¿Y es..? —preguntó Astinus sin alzar la vista y deslizando la pluma sobre el papel.

—Me gustaría ver a Crysania.

Ahora el cronista sí que alzó la vista, y la pluma dejó de moverse. Rara vez se sorprendía Astinus por algo, ya que había visto, oído y sentido todo. Esta petición, sin embargo, lo cogió por sorpresa.

—¿Ver a Crysania? ¿Por qué? —demandó el historiador—. ¿Qué le dirías? ¿Que lamentas lo que le hiciste? ¿Que sientes el modo en que la utilizaste? Sería mentira. ¿Acaso no le dijiste a tu hermano que volverías a hacer lo mismo otra vez?