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Raistlin se volvió. Un leve tinte coloreaba sus pálidas mejillas.

—¿Y qué me dices del modo en que ella me utilizó a mí? Eramos tal para cual, sólo que vestidos con túnicas de distinto color.

—Te amaba...

—Pero amaba más su ambición.

—Cierto —admitió Astinus—. Y al final lo vio, pero sólo cuando ya no podía ver nada más. ¿Qué le dirías? Siento curiosidad, sobre todo teniendo en cuenta que esta reunión que propones nunca se llevará a cabo.

—¿Por qué no? —replicó Raistlin bruscamente—. Lo único que tengo que hacer es cruzar los jardines del templo. No podrían impedírmelo, no se atreverían a hacerlo.

—Sé que puedes ir allí cuando quieras, pero no te servirá de nada. ¿Es que has olvidado la terrible calamidad que amenaza al mundo? Crysania ha sido llamada para librar su propia batalla contra Caos, como les ha ocurrido a muchos otros. Tu historia, la de Palin, la de Steel Brightblade, sólo son una más entre muchas de las que estoy escribiendo en este momento.

—La gran maraña —musitó Raistlin al tiempo que frotaba la alfombra con la puntera de la bota—. ¿Crysania va sola?

—No. La acompaña alguien, un hombre dedicado por completo a ella. Viaja con Crysania, aunque ella desconoce su verdadera naturaleza. Ésa, también, es otra historia. Te pido de nuevo que satisfagas mi curiosidad. ¿Le pedirías perdón?

—No —respondió Raistlin fríamente—. ¿Por qué habría de hacerlo? Consiguió lo que quería. Yo obtuve lo merecido. Estamos en paz.

—Así que no te disculparías, no le pedirías perdón. Entonces ¿qué es lo que querías decirle?

Raistlin guardó silencio unos segundos. Se había vuelto hacia las estanterías y contemplaba las sombras que envolvían los libros, como observando un momento que nunca tendría lugar.

—Quería decirle que a veces, en mi largo sopor, soñé con ella —dijo suavemente.

24

La nota. El plan de Usha. Alboroto en la biblioteca

Usha se había lavado; un lavado de gato, como habría dicho Prot, refiriéndose a que había sido por encima. Pero al menos había podido quitarse la peste de las alcantarillas y el olor a grasa y cerveza de la taberna, que resultaban casi igual de desagradables. También se había cambiado de ropa, aunque se había sobresaltado y asustado con la muda que encontró sobre la cama casi tanto como Palin con la que encontró en la suya.

Sus anteriores vestidos, los que los irdas habían confeccionado para ella, unas ropas que suponía guardadas en una pequeña caja de madera en el destartalado cuartucho que ocupaba encima de la taberna, estaban aquí. Y también estaba la bolsa que contenía sus únicas pertenencias: los artefactos mágicos de los irdas. Ver los vestidos y, sobre todo, la bolsa, la asustó. Al parecer, alguien no sólo había ido a recogerlos, sino que lo había hecho antes incluso de que pudiera saber que ella vendría aquí.

A Usha no le gustó eso. No le gustaba este sitio. No le gustaba la gente. La única persona que le gustaba era Palin, y era un sentimiento tan profundo que la asustaba mucho más que cualquier otra cosa.

—¿Por qué sigo mintiéndole? —se preguntó, sintiéndose muy desdichada—. Una mentira tras otra, y todas ellas pequeñas e inofensivas al principio, pero que parecen ir haciéndose más grandes e importantes.

Un minúsculo montón de arena que se había convertido en una montaña de peñascos. Tenía que esforzarse para mantenerlos en su sitio porque, si uno de ellos resbalaba, todos se vendrían abajo y la aplastarían. Sin embargo, la montaña de mentiras era ahora una barrera que la mantenía separada de Palin.

Lo amaba, lo quería para ella. Este último mes había soñado con él, reviviendo el breve tiempo que habían estado juntos en la espantosa torre.

Otros hombres, como Linchado Geoffrey, habían intentado conquistarla, y Usha había empezado a comprender por fin que la gente la encontraba hermosa, y también por fin pudo permitirse creerlo. Se miraba al espejo y ya no se veía fea, quizá porque las imágenes de los increíblemente bellos irdas empezaban a borrarse en su memoria como unas rosas de verano prensadas entre las páginas de un libro.

Así como había bajado la opinión que tenía de otros hombres, la que tenía de Palin había aumentado. Y, aunque se repetía continuamente que nunca lo volvería a ver, cada vez que aparecía algún Túnica Blanca los latidos de su corazón se aceleraban.

—Qué extraño —musitó— que cuando vino estuviera tan atareada y agobiada que no me di cuenta.

Hizo una pausa para revivir la escena, la maravillosa y cálida sensación que experimentó cuando lo oyó pronunciar su nombre, pronunciarlo con tanto amor y anhelo.

—Y yo le he correspondido con más mentiras —dijo, reprochándoselo. Las palabras acudieron a su lengua tan rápidamente que las pronunció antes de que se diera cuenta—. ¡Pero no soporto la idea de volver a perderlo! —Suspiró—. Y ahora está ese tío suyo...

Usha se vistió de mala gana, recelosa por la inexplicable aparición de la ropa en este lugar. Pero, o se ponía ésta, o se ponía la falda embarrada y la blusa salpicada de comida. Mientras se vestía, tomó una decisión.

—Encontraré a Palin y lo sacaré de aquí antes de que tenga oportunidad de hablar con su tío, antes de que descubra que no soy... la persona que cree que soy. Lo haré por su propio bien —se convenció a sí misma la muchacha.

Un suave toque en la puerta interrumpió su construcción de castillos en el aire.

—¿Usha? Soy yo, Tas. ¡Abre, deprisa! —La voz tenía un timbre ahogado, como si pasara a través del ojo de la cerradura, cosa que, tras investigarlo, Usha comprobó que así era.

Abrió la puerta tan rápidamente que Tas perdió el equilibrio y entró dando tumbos.

—Hola Usha. ¿Te importa si cerramos? Creo que Bertrem está muy encariñado conmigo, porque me dijo que por ningún motivo saliera de mi cuarto y deambulara por la biblioteca sin su compañía. Pero no quiero molestarlo, ya que está muy ocupado. Fue a decirle a Astinus que ya estamos preparados.

Usha vaciló un poco antes de cerrar la puerta.

—¿Dónde está Palin? ¿Puedes llevarme a su cuarto?

—Claro —contestó Tas alegremente—. Está dos puertas más abajo que la tuya y una más arriba que la mía. —Se acercó a la hoja de madera pisando con suavidad y se asomó al pasillo—. No quiero molestar a Bertrem —explicó en un sonoro susurro.

Usha estaba completamente de acuerdo en este punto. Viendo que no había nadie en el pasillo, los dos amigos salieron a él y corrieron hacia el cuarto de Palin.

La puerta estaba cerrada, y Usha llamó a ella con timidez.

—Palin —dijo en voz baja—. Palin, somos nosotros, Usha y Tas. ¿Estás... estás vestido?

No hubo respuesta.

—¡Creo que oigo a alguien que se acerca! —anunció Tasslehoff mientras tiraba a Usha de la manga.

La muchacha iba a llamar otra vez a la puerta, pero ésta se abrió al tocarla.

—¿Palin?

Tas entró en la habitación.

—Palin, yo... Vaya, puedes pasar Usha. Palin no está.

—¿Que no está? —La muchacha entró precipitadamente y miró a su alrededor. No tardó mucho en terminar el registro, ya que era un cuarto muy pequeño. Una túnica de suave tela negra estaba tirada en el suelo, como si la hubieran cogido y luego la hubieran dejado caer. El cuarto olía al cieno de las alcantarillas que habían soltado las botas del joven mago en el suelo. Había incluso una marca de barro dejado por la punta del bastón.

—Mira, aquí hay una nota. —Tas señalaba un trozo de papel del tipo que los magos utilizaban para copiar los conjuros, y que estaba encima de la negra túnica. Lo cogió—. Es para ti. La leeré...

Usha le arrebató la nota de un manotazo y empezó a leerla febrilmente.

Parecía haber sido escrita con mucha prisa, ya que la escritura resultaba casi ilegible. El papel estaba manchado con gotas de tinta y otras marcas que podrían haber sido lágrimas. Usha leyó las pocas, muy pocas, palabras garabateadas en él, y empezó a tiritar como si la azotara un gélido viento invernal.