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En el reino elfo, la gente estaba dividida, asustada de los caballeros y los dragones azules que sobrevolaban sus tierras con impunidad. Los elfos enviaron mensajes a los dragones dorados y los plateados para que vinieran en su rescate, pero no recibieron respuesta.

Llegado este punto, una facción de elfos más jóvenes demandó que la nación entrara en guerra. Porthios y sus tropas estaban fuera, en tierras agrestes, vigilando a Ariakan y sus tropas. Porthios no podía atacar una fuerza tan ingente con su pequeña banda de combatientes de guerrillas; pero, si los elfos atacaban desde Qualinost, Porthios y sus fuerzas también lo harían desde su posición y cogerían a los caballeros negros entre una tenaza.

Los elfos estaban dispuestos a seguir este plan cuando un senador se levantó para anunciar que Qualinesti había pedido la paz. El senado había votado a favor de la rendición con la condición de que a su rey, Gilthas, hijo de Tanis el Semielfo y de su esposa Laurana, se le permitiera seguir como dirigente.

La reunión casi había acabado en un motín; muchos de los elfos jóvenes fueron arrestados y encadenados por su propio pueblo. Gilthas guardaba silencio, observando, sin decir una palabra. Su madre viuda, Laurana, se encontraba a su lado. Todos supieron entonces que Gilthas no era más que una marioneta que bailaba cuando los caballeros tiraban de las cuerdas.

Al menos, eso es lo que creían que sabían. Mientras leía, Raistlin sonreía de vez en cuando.

El reloj de agua que había sobre la repisa de la chimenea marcaba, gota a gota, el paso del tiempo, y la pluma de Astinus lo reflejaba en el libro. La Hora de la Segunda Vigilia llegó y pasó. Del interior de la biblioteca llegó un ruido extraño.

El archimago levantó la cabeza.

—¿Un caballo? —dijo con asombro.

—Sí, un caballo —repuso Astinus sosegadamente, sin dejar de escribir.

—¿Dentro de la Gran Biblioteca? —Raistlin tenía arqueada una ceja.

—Es donde está. —Astinus siguió escribiendo—. O estaba.

El ruido del caballo fue reemplazado por el sonido de unas sandalias corriendo sobre el suelo.

—Adelante, Bertrem —dijo el cronista antes de que el monje llamara a la puerta.

Esta se abrió, y por la rendija apareció la cabeza de Bertrem. Al no recibir una reprimenda de su maestro por molestarlo, a la cabeza del Esteta le siguió el resto del cuerpo.

—¿Y bien? —inquirió Raistlin—. ¿Se han marchado?

Bertrem miró a su maestro.

Astinus, irritado, dejó de trabajar y alzó la vista.

—¡Bueno, responde al archimago! ¿Se han marchado la mujer y el kender?

—Sí, maestro —contestó el monje, soltando un suspiro de alivio. En una ocasión, Bertrem se había enfrentado al ataque de unos draconianos cuando éstos intentaron prender fuego a la biblioteca, durante la guerra. Sin embargo, nunca tenía pesadillas con los draconianos. Las tenía con los kenders: kenders sueltos por la Gran Biblioteca; kenders cuyos bolsillos estaban llenos a reventar de libros.

»Se han marchado. ¡Metieron dentro un caballo! —añadió con un tono desaprobador y escandalizado—. ¡Un caballo en la Gran Biblioteca!

—Un suceso digno de reseñar —comentó Astinus, que tomó nota de ello. Miró de soslayo a Raistlin—. Han ido a rescatar a tu sobrino. Me sorprende que no estés con ellos.

—Lo estoy... a mi modo —repuso el archimago, que reanudó la lectura.

25

La Señora de la Noche acusa. Palin responde. Un negro presagio

Los dos caballeros que habían escoltado a Steel al tajo de ejecución lo ayudaron ahora a levantarse. Tuvieron que ponerlo de pie y después sostenerlo. Steel había estado tan inmerso en el otro mundo, se había entregado tan completamente a la muerte, que estaba débil y tembloroso en la vida. Se tambaleó sobre sus inseguras piernas y miró en derredor, desconcertado, preguntándose qué le reservaría esta nueva vida.

Lord Ariakan había bajado la espada, aunque todavía la sostenía firmemente. Mandó mantener el orden en las filas, y acalló el clamor.

Palin seguía en el mismo sitio donde se había materializado. No se había movido, no había vuelto a hablar desde su sorprendente declaración inicial. Por supuesto, lord Ariakan había detenido la ejecución, pero era evidente, a juzgar por el modo en que su mirada iba de Steel a Palin y de éste al caballero, que su señoría tenía preguntas que hacer.

Ariakan se volvió hacia los caballeros reunidos.

—¿Hay alguien aquí que pueda decirme lo que está pasando? ¿Quién es este Túnica Blanca? ¿Es realmente el prisionero que buscamos? ¿Puede alguien identificarlo?

Un Caballero y una Dama de Takhisis se adelantaron, ambos abriéndose paso entre la multitud apresuradamente, aunque tenían motivos diferentes para actuar con rapidez. Uno era el subcomandante Trevalin, recién llegado de la triunfal campaña en Qualinesti. Su semblante estaba radiante de placer, y lanzó a Steel una mirada de felicitación mientras se acercaba hasta su señoría y se detenía frente a él. La otra era la Señora de la Noche, que sólo tenía ojos para Palin.

Trevalin habría hablado de inmediato, pero la Señora de la Noche se le adelantó, y el oficial tuvo que contener su ansiedad. Lillith tenía derecho a hablar antes por su rango.

—Mi señor Ariakan. —La hechicera hizo una inclinación de cabeza. Parecía agitada, preocupada—. Éste es, en efecto, el prisionero, Palin Majere, de quien Steel Brightblade se hizo garante. Fui yo quien capturó a este joven mago en batalla, milord; lo conozco y lo juro ante nuestra soberana. Sin embargo, mi opinión es que el hecho de haber recuperado al prisionero no debería, por ningún concepto, afectar la sentencia que su señoría ha dictado contra Steel Brightblade. Perdió a su prisionero, y no fue él quien lo recuperó. Milord dijo que debía morir. ¡Insisto en que su señoría lleve a cabo la sentencia!

Lord Ariakan miró a la mujer con expresión preocupada, y después se apartó de ella, cortando drásticamente su intento de seguir hablando. Su señoría miró a Trevalin.

—Subcomandante, ¿reconoces a este Túnica Blanca? ¿Lo identificarías bajo juramento?

—Conozco a este mago, milord —contestó Trevalin—. Es el prisionero, Palin Majere, y lo juro por mi reina y por todas sus huestes. ¡Esto libra a Steel Brightblade de la sentencia a muerte! —Lanzó una mirada desafiante a la Señora de la Noche.

Ariakan esbozó una leve sonrisa.

—Así será, subcomandante —declaró. Su mirada fue hacia Steel—. Brightblade, ¿es éste tu prisionero?

—Sí, mi señor. —Steel seguía aturdido—. Este es Palin Majere.

—¡Sobrino de Raistlin Majere, que en un tiempo caminó por este mundo! —Lillith tenía una expresión ávida—. ¡Mi señor Ariakan, os lo pido de nuevo! Entregad a este mago y a su primo a los Caballeros de la Espina de inmediato. Dejad que nos ocupemos de ambos. ¡Os advierto, milord, que entre los dos traman algún complot! ¿Por qué otra razón, si no, este joven mago se habría presentado aquí, entregándose voluntariamente, sabiendo que le aguarda la muerte? ¡Cree que va a escapar! ¡Matadlos a los dos, milord, ahora mismo! ¡En caso contrario, os advierto, estos dos causarán la caída de los caballeros!

Los caballeros reunidos se miraron unos a otros y hablaron en voz baja, con inquietud. Con su vehemencia, su pasión, Lillith resultaba alarmantemente convincente.

Ariakan levantó la mano para imponer silencio y miró con intensidad al joven mago que estaba solo, cerca del negro tajo manchado de sangre.

—Tendré en cuenta tus advertencias y deliberaré con mis consejeros el asunto de Steel Brightblade. En cuanto al mago, los Caballeros de la Espina pueden interrogarlo como gusten, pero querría que se le permitiera explicarse ahora, antes de que la mañana se haga más calurosa y acabemos todos achicharrados. —Aunque el sol acababa de salir, el calor era ya intenso. El astro tenía un aspecto extraño; parecía más grande, como si se hubiera acercado más al mundo, si tal cosa fuera posible. Sus rayos caían, inclementes, sobre las negras armaduras de los caballeros, haciendo que más de uno echara miradas anhelantes hacia donde había sombra. Ariakan se enjugó el sudor de la frente con el dorso de la mano, y continuó su interrogatorio:— Palin Majere, ¿vienes para pagar tu rescate?