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Trevalin palmeó a su subordinado en la espalda, atrayendo su atención.

—¡Felicidades, Brightblade! Salvado al borde de la muerte. ¿Cómo te sientes? ¿Aliviado, contento?

—Desconcertado —respondió Steel.

26

Desasosiego. Camino que se cruzan. Tormenta eléctrica

Steel regresó a su alojamiento con los otros caballeros de su garra. Su armadura y —lo más importante— su espada le fueron devueltas por encargo personal de lord Ariakan y con su felicitación. Steel desayunó con el subcomandante Trevalin y sus compañeros, que querían oírle contar sus aventuras con el Túnica Blanca.

Steel no se sentía inclinado a hablar de Palin. El caballero permanecía sentado, pensativo, limitándose a responder brevemente a las preguntas de sus compañeros. Al ver que no tenía ganas de hablar, los caballeros dirigieron la conversación hacia sus recientes viajes por Qualinesti y a la batalla que nunca tuvo lugar.

—¡Elfos! —resopló Trevalin con desdén—. He visto sapos con más amor propio. Vinieron arrastrándose hasta nosotros en medio de la noche. Algunos de sus senadores nos sirvieron en bandeja Qualinesti. Uno de ellos... ¿cómo se llamaba?

—Rashas —dijo uno de los caballeros.

—Sí, Rashas. Dio un largo discurso sobre la integridad y la nobleza de los elfos, tan opuestos a nuestra carencia de tales cualidades, y luego, tranquilamente, se sentó y firmó los papeles que ponían a su pueblo bajo la bota de mi señor. Todo muy civilizado. —Trevalin se echó a reír—. Su dirigente es sólo un muchacho. El tal Rashas conduce al chico por las orejas. Por cierto, es hijo de Tanis el Semielfo, Brightblade.

Steel, que estaba pensando en otras cosas, alzó la vista.

—¿Quién? —preguntó.

—El regente de los elfos, Gilthas, creo que se llama. Esas palabras zalameras elfas me resultan difíciles de recordar. El chico no tiene el espíritu del padre, de eso no cabe duda. Ni de su madre tampoco, si las historias que se cuentan del Áureo General son ciertas.

—No estoy tan seguro de eso, Trevalin —argumentó uno de los caballeros—. Puede que se siente en el trono tan manso y callado como un ratón, pero de vez en cuando asoma una expresión a su rostro que... En fin, si fuera ese gordo senador, no perdería de vista a ese muchacho.

—¡Bah! —resopló el subcomandante—. El único elfo que vale algo es ese tipo, Porthios. Ése sí que es un luchador. Siguiendo su costumbre, los elfos enviaron al exilio al único líder bueno que tenían. Según cuentan, vive como un proscrito.

—Se dice que él y sus guerreros atacaron el campamento de la Garra Roja —comentó otro caballero—. Mataron tres dragones y escaparon antes de que nadie se diera cuenta que estaban allí.

—No me extrañaría. —Trevalin asintió con la cabeza— Porthios es listo y competente, y, para ser elfo, tiene una chispa de honor, o eso es lo que me han dicho. Podría enfrentarme a él en la batalla y no sentirme después deseando darme un baño. Cada vez que ese Rashas se acercaba a mí, me entraban ganas de lavarme las manos.

Siguieron hablando de la guerra, pero Steel apenas prestó atención. Seguía oyendo las palabras de Palin, que se repetían una y otra vez en su mente, mezcladas con la melodía de la canción que los Caballeros de Solamnia prisioneros habían entonado en su honor. Steel recordaba vagamente haber oído antes ese canto, aunque no se acordaba dónde. Probablemente cuando era pequeño y vivía en Palanthas, durante la guerra. No había pensado en ello, desde luego, durante los últimos veinte años. Sin embargo, la melodía sonaba en su memoria, solemne, reverente, un himno de victoria que honraba el auto-sacrificio, pero con un toque de pena por una pérdida irreparable. No sabía la letra; eran palabras del solámnico antiguo, pero no importaba, ya que las palabras que oía flotando en la melodía, como aceite sobre agua, eran las de Palin.

—¡Brightblade!

Steel levantó la cabeza bruscamente.

Trevalin tenía una mano sobre su hombro.

—Vete a la cama, amigo mío. Dudo que hayas dormido mucho durante estas últimas noches.

Steel obedeció, más para huir de la compañía que porque realmente sintiera necesidad de descansar. De todos modos, no era fácil dormir. El calor resultaba asfixiante, parecía consumir el aire de los dormitorios. Yació en la cama bañado en sudor, preguntándose qué le estarían haciendo a Palin los Caballeros Grises. Fuera lo que fuese, no sería agradable.

Steel no era de los que se impresionaban fácilmente; había visto morir hombres con anterioridad, pero esto era diferente. La Señora de la Noche no intentaba extraer información de Palin. Lo que trataba era de obligarlo a entregar el bastón, que era suyo por derecho. Eso, a entender de Steel, era robar y, por ende, deshonroso. Era consciente de que los Caballeros Grises veían la apropiación del bastón del enemigo del mismo modo que Steel contemplaba la conquista de una fortaleza enemiga, pero no podía evitar sentir asco. Tal como le sucedía a Trevalin con Rashas, cada vez que Steel estaba cerca de la Señora de la Noche, sentía el deseo de marcharse y lavarse las manos.

El joven mago se había comportado muy honorablemente, y pese a ello sería tratado de un modo vergonzoso.

—Por lo menos —decidió Steel, soñoliento—, me encargaré de que Palin tenga una muerte rápida e indolora. Es lo mínimo que puedo hacer por él.

El caballero se preguntaba cómo conseguir esto, cuando de lo siguiente que fue consciente era de que la luz de las antorchas había reemplazado la del sol. Había dormido a lo largo de todo el día.

La noche no trajo alivio al calor. La temperatura había subido tanto durante el día que los que estaban de guardia bajo el sofocante sol se desmayaban al poco rato y tenían que ser reemplazados continuamente por otras tropas. Varios de los jóvenes pajes habían recibido una reprimenda por freír un huevo sobre las losas del pavimento, pero el oficial que los pilló, llevó consigo el huevo frito todo el día y se lo mostró a todos aquellos con que se encontró.

Lord Ariakan terminó la investigación de la muerte de la suma sacerdotisa, y ordenó que el funeral se llevara a cabo de inmediato y que el cuerpo fuera incinerado. No era recomendable tener un cadáver sin inhumar con este calor. No había visto marca alguna en la anciana, ni herida, ya fuera causada por la magia o por cualquier otro medio. La gran sacerdotisa era muy vieja; tenía más de cien años, según sostenían algunos, y estimó que su muerte se debía a causas naturales. Dedicó el resto del día a intentar acallar los rumores que se propagaban como una plaga entre los supersticiosos cafres.

Steel se despertó para encontrarse con que sus compañeros se iban entonces a la cama. Completamente descansado y sintiéndose inquieto, comprendió que sería incapaz de seguir durmiendo. Buscó a Trevalin y le preguntó si sabía lo que había pasado con el Túnica Blanca.

Poco interesado en el asunto, Trevalin contestó que suponía que la Señora de la Noche había llevado al joven a las salas abandonadas que en su tiempo eran las trampas para dragones y de las que los Caballeros de la Espina habían hecho su cuartel general. El subcomandante advirtió a Steel, con un tono bastante seco, que no tuviera nada más que ver con el Túnica Blanca ni con la hechicera gris.

Pensándolo bien, Steel decidió que era un buen consejo. No podía hacer nada para salvar a Palin; por el contrario, lo único que quizá conseguiría sería empeorar aún más las cosas para el joven. Era mago; había elegido la parte que le había tocado vivir; había elegido su propia suerte. Resuelto a quitarse a Palin de la cabeza, decidió hacer una visita a Llamarada.

Trevalin le había contado que había resultado extremadamente difícil trabajar con la hembra de dragón azul durante el viaje a Qualinesti, ya que ponía objeciones a todos los jinetes, sin encontrar uno que le conviniera. Había peleado con el macho que era su compañero, asestándole un mordisco en el hocico que lo dejó fuera de servicio durante toda una semana. El encargado de los dragones, incapaz de hacer nada con Llamarada, la había declarado no apta para el servicio. El resto de los dragones se mantenían alejados de ella.