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De lo único que Steel estaba seguro era de que lo que Palin le había contado a lord Ariakan era cierto. Él mismo se había sentido desasosegado, inquieto. El propio aire estaba cargado de peligro, del mismo modo que estaba cargado con la tormenta eléctrica. Algo, en alguna parte, iba terriblemente mal.

—Venid conmigo —indicó de repente a Usha y a Tas—. Mantén echada la capucha sobre el rostro.

—¡Gracias! —dijo la muchacha fervientemente.

—No me lo agradezcas todavía —replicó Steel con frío desdén—. No bajo allí para liberar a Palin. Necesito hablar con él, saber más acerca del asunto de la Gema Gris. Os llevo a ti y al kender conmigo sólo para teneros vigilados. Puede que decida entregaros a ambos. Y no digáis ni una palabra ninguno de los dos. Si alguien nos para, dejad que sea yo quien hable.

Los dos asintieron con la cabeza; el kender iba a decir algo, pero Usha lo hizo callar. Steel sentía curiosidad por saber cómo planeaban sacar a Palin de esta fortaleza, y estuvo a punto de preguntárselo, pero decidió que, cuanto menos supiera, mejor para todos. «Deben de tener algún modo de hacerlo. Al fin y al cabo, la mujer es hechicera», se dijo.

Dejaron los niveles superiores y se dirigieron a las profundidades de la torre, hacia la Trampa de Dragones, inutilizada desde hacía mucho tiempo.

27

La Trampa de Dragones

La Torre del Sumo Sacerdote no tenía previstos sitio ni aprovisionamiento para cubrir las necesidades de unos hechiceros. No era de extrañar, considerando que los Caballeros de Solamnia nunca habían utilizado el servicio de los magos en toda su larga historia. Se decía que Huma había ido a la batalla con un hechicero a su lado, y que los dos, valiéndose del acero y de la magia, habían derrotado a sus enemigos. El nombre del hechicero era Magius, un Túnica Roja que había sido amigo de Huma desde la infancia. El bastón que Palin llevaba había pertenecido al tal Magius, cuya trágica suerte era la razón para que en la actualidad se permitiera que los hechiceros de Ansalon llevaran también una daga. Pero Magius casi nunca era mencionado por los caballeros cuando contaban la historia de Huma. O, si lo incluían en el relato, lo hacían de mala gana y siempre dándole un papel de segundón. Los caballeros hacían hincapié en que Huma no había dependido nunca de Magius, mientras que, en más de una ocasión, el noble y valeroso caballero lo arriesgó todo para proteger a su amigo, más débil.

Los hechiceros de Krynn contaban una historia muy diferente, por supuesto. En su versión, Magius era el verdadero héroe que daba la vida por su amigo, y sufría una muerte espantosa a manos del enemigo. Huma era el segundón cuando la historia se contaba en la Torre de la Alta Hechicería: un buen tipo, todo músculo y corazón, que dependía de Magius para determinar el curso de la batalla.

La verdad descansa en la tumba perdida y olvidada donde yace el cuerpo de Magius, y en la tumba vacía de Huma. Lo que sí era seguro era que no había almacenes de productos mágicos, ni laboratorios, ni estanterías llenas de libros de hechizos en la Torre del Sumo Sacerdote.

Y, así, los hechiceros grises de los Caballeros de Takhisis tuvieron que proveerse y equiparse con sus propios medios.

Eligieron la cámara conocida como la Trampa de Dragones, que llevaba abandonada mucho tiempo, por varias razones, bien que la principal era, por supuesto, la intimidad. Aunque los hechiceros eran parte integrante de los Caballeros de Takhisis, y vivían, se entrenaban y combatían con sus compañeros de las otras órdenes, los Caballeros Grises seguían siendo hechiceros, y los hechiceros necesitaban lugares apartados, tranquilos, seguros, en los que trabajar.

La Trampa de Dragones cumplía todos esos requisitos. Nadie iba nunca allí sin una razón específica. Durante la Guerra de la Lanza, la sala central en la que estuvo el Orbe de los Dragones se había derrumbado sobre sí misma. Los Caballeros de Solamnia habían limpiado los escombros, pero «las piedras recuerdan la muerte», o eso es lo que dicen los enanos, porque la sangre que se empapa en sus poros nunca desaparece del todo por mucho que se lave. Los suelos de piedra de la Trampa de Dragones tenían manchas descoloridas de sangre: la sangre de dragones y de caballeros que habían combatido a los grandes reptiles aquí abajo. Era un lugar rebosante de muerte, un lugar espantoso, un lugar cargado de tristeza.

Palin oía los alaridos horribles, los gritos torturados, los aullidos agónicos. Más de una vez había vuelto la cabeza con temor, creyendo que unas alas batían frenéticas el aire delante de él. Pero todo era producto de su imaginación, a menos que los fantasmas de los dragones y de los caballeros muertos aquí, en la desesperada refriega, siguieran batallando en otro plano de existencia. En éste, la Trampa de Dragones estaba oscura, tan fría como podía estar cualquier sitio con aquel calor abrasador, y repletas de los pequeños ruidos asociados con los hechiceros: el raspar de una pluma sobre papel escribiendo un conjuro; la salmodia susurrante de alguien aprendiendo de memoria un hechizo; la queda pronunciación de unos labios descifrando las palabras mágicas; el susurro de túnicas arrastrándose sobre el suelo polvoriento.

Palin tuvo tiempo para escuchar los sonidos, tanto de los vivos como de los muertos. No había sido torturado, como imaginaba que ocurriría, a manos de la Señora de la Noche. Tampoco lo habían matado, como también había imaginado que harían. Parecía que se hubieran olvidado de él. Hacía tanto que lo habían dejado sentado allí, en lo más profundo de la fortaleza, lejos del abrasador sol, que había perdido la noción del tiempo. Podían haber transcurrido horas o días desde su llegada a la fortaleza. Nadie se había acercado a él; nadie le había hablado.

La mordaza, atada muy tirante, lo obligaba a mantener separadas las mandíbulas y le causaba una sensación de asfixia. Estaba sediento, y tenía la garganta reseca. Las ataduras de las muñecas le cortaban la circulación. Estaba encadenado por un tobillo a la pata de una gran mesa de mármol gris, en la que había grabados símbolos cabalísticos.

En una ocasión había intentado comunicar, mediante gruñidos y jadeos incoherentes, su desesperada necesidad de beber, pero el mago que pasaba en ese momento por allí hizo caso omiso de él y siguió andando.

La Señora de la Noche le había arrebatado el Bastón de Mago, y esta pérdida era un amargo tormento, quizá mayor que la mordaza, la sed, la incertidumbre y el miedo. Junto con el bastón, había desaparecido la voz de su tío, y Palin se sintió verdaderamente solo; una sensación que no había experimentado desde que le había sido entregado el cayado.

Se preguntó qué pensarían hacer con él los Caballeros Grises, y cuándo tenían intención de hacerlo, y por qué no le habían hecho nada todavía. Cuanto más tiempo pasaba sin que ocurriera nada, más crecía su temor. No había sentido miedo alguno en el patio mientras hablaba con lord Ariakan, rodeado de enemigos. Ni siquiera cuando miró el tajo y vio la costra de sangre reseca en el horrible hueco. Podría haber muerto en ese momento con dignidad, sin lamentarlo, salvo por la pena que su muerte causaría a quienes lo amaban.

El miedo se fue apoderando de él a medida que pasaba el tiempo y seguía allí, sentado, solo, en la nociva oscuridad. Su mente divagaba, los pensamientos llevándolo a veces hasta lugares horribles. Miró a su alrededor, a la Trampa de Dragones, vio cómo funcionaba, vio los huecos a través de los cuales los caballeros habían atacado con las Dragonlances. Los reptiles que los caballeros habían matado eran criaturas del Mal, seres perversos, servidores de la Reina Oscura; dragones rojos y azules que habían asesinado a incontables inocentes, que habían torturado y atormentado a sus víctimas.

El Orbe de los Dragones, situado sobre un pedestal, en el corazón de la torre, había atraído a los reptiles hacia la trampa, llamándolos con palabras encantadas que eran irresistibles. Una vez que éstos habían volado hacia adentro por las puertas abiertas, la trampa había saltado. Los rastrillos habían caído con gran estruendo, y los dragones no habían podido escapar. Los caballeros habían atacado entonces con espada, lanza y flecha. Imaginando el modo en que los reptiles habían perecido —atrapados, frenéticos, furiosos, rugiendo de rabia y agonía—, Palin descubrió que compadecía a las magníficas criaturas condenadas.