Finalmente, agotado, exhausto, se quedó dormido, sólo para despertar sobresaltado por sueños horribles llenos de sangre e insufrible dolor y, sobre todo, por el terror de estar atrapado en una trampa cuya única salida era la muerte.
Con resolución, apartó de su mente aquellas imágenes de pesadilla, pero ellas volvieron con persistente insistencia. No las entendía, pero lo desasosegaban, hacían que aumentara su temor. El terror de que lo hubieran dejado solo en este sitio espantoso empezó a consumirlo hasta el punto de que la idea de la tortura le resultó placentera si ese dolor traía consigo un rostro vivo, una voz viva.
Y así, cuando la Señora de la Noche regresó llevando el Bastón de Mago en su mano, Palin, irracionalmente, se alegró de verla.
Ese sentimiento no duró mucho.
Lillith sostenía el cayado frente a él. De momento, la mente aturdida de Palin no captó ningún significado en aquel hecho. Luego recordó cómo había quemado el bastón a la Señora de la Noche la primera vez que ésta había intentado tocarlo. El miedo le estrujó el corazón. ¿Había logrado imponerse al poder del bastón? ¿El bastón lo había abandonado a su suerte?
—¡Shirak! —dijo Lillith con voz triunfante, y el cristal del cayado emitió un mortecino resplandor y titiló lóbregamente, como si fuera reacio a obedecer.
Palin agachó la cabeza, como si la luz le hiciera daño, pero la verdad es que no quería que la mujer viera sus lágrimas.
La Señora de la Noche rompió a reír y dejó el bastón apoyado en la mesa, a una mínima, tentadora, distancia del alcance de Palin.
—Sabía que el bastón vendría a mí tarde o temprano. Lo vi en las piedras adivinatorias. ¿Qué dices?
Palin estaba mascullando algo, y la Señora de la Noche le quitó la mordaza con un hábil giro de su mano.
El joven intentó humedecerse los labios secos para poder hablar.
—Agua.
—Sí, pensé que tendrías sed. —Lillith destapó una cantimplora y vertió agua en la boca de Palin.
El joven bebió con esfuerzo, se atragantó, y miró a la mujer con ojos borrosos.
—¿Por qué no me has matado todavía? ¿A qué esperas?
La Señora de la Noche esbozó una sonrisa desagradable.
—¿No lo imaginas? El cazador no mata al conejo antes de que el zorro haya metido la cabeza en el lazo.
Le costó unos segundos a Palin entender lo que la mujer quería decir. Cuando, por fin, comprendió a lo que se refería, la miró de hito en hito.
—¿Has puesto una trampa? ¿Para quién? ¿Para mi tío? —Casi se echó a reír—. Me gustaría vivir lo suficiente para presenciar ese encuentro.
—También a mí —dijo Lillith, que le devolvió la sonrisa. Luego se encogió de hombros—. Pero será más adelante. La trampa no es para tu tío, sino para otro miembro de tu familia.
Creyendo que se refería a su padre o a su madre, el joven sacudió la cabeza en un gesto de desconcierto. Y entonces se le ocurrió otra idea.
—¿Steel...?
Los ojos de Lillith centellearon; arqueó una ceja.
Esta vez, Palin soltó la carcajada, aunque sonó como un graznido.
—No cazarás a ese zorro con este conejo. ¿Es que crees que le intereso lo bastante como para que intente liberarme? —Palin se echó a reír otra vez, divertido con la idea.
La Señora de la Noche se inclinó sobre él y pareció apagar la luminosidad de su risa con su oscuridad.
—Su majestad os reunió a los dos por un motivo. He echado las piedras muchas veces, y la respuesta es siempre la misma. Mira, lo volveré a hacer.
Lillith sacó un puñado de pulidas ágatas de una bolsa negra que llevaba colgada de la muñeca izquierda. Murmuró las palabras de un conjuro y tiró las piedras sobre la superficie de mármol gris. La luz del bastón lució con más fuerza, reflejándose en las ágatas multicolores.
—¡Mira, ahí tienes! —Señaló con el huesudo dedo—. La piedra negra es Steel, y la blanca eres tú. En medio, una fortaleza... —Palin vio una ágata verde marcada con una runa que representaba una torre—... y, encima de la fortaleza, llamas. —Observó una ágata roja marcada con una minúscula lengua de fuego.
»Tú estás a un lado; él, al otro. Y la perdición en medio. —Se agachó y recogió las piedras con un gesto brusco—. ¡Mira, los dos habéis desaparecido! —susurró—. Los dos habéis muerto y...
—Y la perdición continúa —la interrumpió Palin con calma, sin quitar los ojos de la piedra de la torre y la de la llama, que seguían sobre la mesa.
La Señora de la Noche parpadeó, sobresaltada. Su intención había sido recoger todas las piedras, pero, de algún modo, su mano había pasado por alto estas dos. Por un instante vaciló, preguntándose, sin duda, qué presagiaba este nuevo augurio.
A Palin no le importaba. Estaba demasiado cansado.
—Oíste lo que conté sobre los dioses —dijo con desgana—. Vi...
—¡Lo que tu tío quería que vieras! —se burló Lillith—. Y así se lo he hecho saber a mi señor. Un truco de Raistlin Majere. ¡Ah, es un maestro de los trucos! Pero algún día se excederá con sus ardides y lo pagará caro. —Recogió las dos piedras que quedaban sobre la mesa y las guardó en la bolsa—. En cuanto a Steel Brightblade, es un traidor a la causa de nuestra reina, y se lo demostraré a mi señor. ¡Entonces los dos moriréis juntos, como corresponde a unos primos que están tan unidos!
Con las piedras adivinadoras tintineando en la bolsa, la Señora de la Noche se marchó, llevándose consigo el reluciente Bastón de Mago.
Palin se recostó en la mesa mientras la oscuridad lo envolvía. Y con las sombras llegó el desaliento. Iba a morir aquí. Lo encontrarían encadenado a este pedestal...
Unas voces lo despertaron.
Palin levantó la cabeza, aturdido, y entrecerró los ojos para resguardarlos de la brillante luz de una antorcha. Apenas distinguía las figuras de los que estaban allí: el brillo de una armadura, tal vez el apagado destello de una joya, pero nada más.
Dos de esas personas, fueran quienes fuesen, sostuvieron una breve y susurrante conversación. Una voz masculina, fría y severa, interrumpió la charla al ordenar:
—Quedaos aquí, y guardad silencio.
Palin reconoció esa voz, y el corazón se le subió a la garganta. Trató de hablar, pero estaba demasiado sorprendido, demasiado desconcertado. El hombre con la antorcha y la reluciente Joya Estrella era Steel Brightblade.
Dejó detrás a sus dos compañeros, que de inmediato fueron tragados por la oscuridad que reemplazó rápidamente la luz de la antorcha. Steel se acercó a Palin.
—¿Majere? —El caballero no bajó la voz, y los tacones de sus botas resonaron en la cámara. Caminaba con seguridad, con la confianza de saber que tenía derecho a estar allí. No era un hombre con intención de deslizarse a hurtadillas para liberar a un prisionero. Se acercó más a Palin.
—Majere, tengo que hablar contigo...
Se encendió una luz. En los nichos de ataque donde, años atrás, los Caballeros de Solamnia se habían escondido para luchar contra los dragones, ahora había Caballeros de Takhisis.
—¿Lo veis, mi señor? —La voz de Lillith sonaba estridente por la excitación de su triunfo. El Bastón de Mago relucía con fuerza en su mano—. ¿Lo veis?
La voz de lord Ariakan llegó de la oscuridad, cargada de tristeza, ardiendo en cólera:
—Steel Brightblade ha demostrado que es un traidor. ¡Prendedlo!
28
La trampa salta
Los caballeros se adelantaron y agarraron a Steel por los brazos. Él no se resistió; sus ojos se posaron en Palin un instante y luego miraron a otro lado.