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—No hay tiempo para preguntas —dijo Raistlin. Cogió a Palin por el brazo e hizo señas a Usha y a Tasslehoff para que se acercaran—. Dalamar arregló mi traslado hasta aquí. Nos espera en la Torre de la Alta Hechicería.

—Tú no vas a ninguna parte, Palin —declaró Steel, sombrío—, salvo a ver a lord Ariakan. Tú y tu tío.

—Prometí que hablaría con Ariakan —comentó el joven mago, indeciso—. Quizá deberíamos...

—El momento de hablar ha pasado. La batalla ha dado comienzo. En este instante, lord Ariakan se dirige hacia ella. —La mirada de Raistlin fue hacia Steel—. Tu espada es necesaria en otra parte, hijo de Brightblade. Déjanos marchar en paz.

Steel se daba perfecta cuenta de que aquella afirmación era cierta. Los sonidos de la batalla penetraban hasta aquel nivel profundo de la torre.

El archimago se adelantó, y su negra túnica susurró al arrastrar por el suelo de piedra. Steel lo miró con desconfianza al tiempo que desenvainaba la espada.

—Reconozco esa arma —dijo Raistlin sosegadamente—. Es la de tu padre, ¿verdad? Nunca me gustó mucho Sturm, con su obsesión por el honor de un caballero y la nobleza. Solía hacer un gran alarde de ello, y me lo echaba en cara.

Steel no dijo nada, pero su mano se cerró con más fuerza sobre la empuñadura de la espada, hasta que los nudillos se le quedaron blancos.

Raistlin se acercó más a él.

—Y entonces descubrí algo muy interesante sobre tu padre. Nos había mentido. Sturm Brightblade no era más caballero que yo. Fue investido sólo poco antes de su muerte, y, durante todo aquel tiempo, lució armadura, llevó espada... y todo era una mentira. —El archimago se encogió de hombros—. Y ¿sabes una cosa? Me gustó más después de descubrir aquello.

—Porque suponías que se había rebajado a tu nivel —replicó Steel con voz ronca.

La sonrisa esbozada por Raistlin fue torcida, amarga.

—Eso sería lo que pensarías tú, ¿verdad, Brightblade? Pero, no, no fue ésa la razón. —El archimago se aproximó más, tanto que Steel pudo percibir el frío del débil cuerpo del hechicero; pudo oír la trabajosa respiración, los pitidos del aire en sus pulmones; pudo sentir el suave tacto del terciopelo negro.

»Tu padre mintió a todo el mundo salvo a una persona: a sí mismo. En el fondo de su corazón, Sturm era un caballero. Tenía más derecho a ese título que muchos de los que lo poseían oficialmente. Sturm Brightblade se regía por unas leyes que nadie le imponía. Vivía conforme a un noble código en el cual no creía nadie más... Hizo un juramento que nadie escuchó, sólo él mismo... y su dios. Nadie le impuso cumplir ese juramento, guardar la Medida. Fue él mismo quien se obligó. Sabía quién era.

»¿Y tú, Steel Brightblade? —Los dorados ojos con las pupilas en forma de reloj de arena centellearon—. ¿Sabes quién eres?

El semblante de Steel se puso lívido. El joven abrió la boca, pero de sus labios no salió una sola palabra. Una lágrima se deslizó por su mejilla. Agachó la cabeza con tanta rapidez que el largo cabello negro le cayó hacia adelante, cubriéndole la cara.

Con un gesto furioso, envainó la espada en la funda, se dio media vuelta sin mirar a nadie, y corrió escalera arriba, hacia el sonido de la batalla.

29

Todos deben unirse como uno solo

Raistlin estaba de pie junto a una de las ventanas de las estancias altas de la Torre de la Alta Hechicería de Palanthas. El archimago se encontraba, una vez más, en su antiguo estudio, un cuarto que —lo sorprendió y hasta cierto punto le hizo gracia darse cuenta de ello— Dalamar había conservado tal y como estaba cuando su shalafi se había marchado. El estudio no había permanecido cerrado al mundo, como había estado el laboratorio, con los artefactos peligrosamente poderosos que guardaba, y sus oscuros e inquietantes secretos.

Algunos objetos, en su mayoría mágicos, habían sido sacados del estudio y quizá trasladados a los aposentos de Dalamar, o tal vez a las aulas, donde los jóvenes aprendices los estudiaban, trabajando para desentrañar sus arcanos misterios. Pero el escritorio de madera, minuciosamente tallado, seguía aquí. Los volúmenes de libros colocados en las estanterías eran viejos amigos; sus encuadernaciones le eran muy familiares a Raistlin, más que los rostros de las personas de su pasado. La alfombra era la misma, aunque considerablemente más desgastada.

Se volvió para mirar a Usha, que estaba sentada en la misma silla en que lady Crysania se había sentado una vez, e intentó evocar el pasado para ver el rostro de la sacerdotisa de Paladine. Sus rasgos aparecían velados por las sombras. El archimago sacudió la cabeza y se volvió de nuevo hacia la ventana.

—¿Qué es ese extraño resplandor que brilla en el norte? —preguntó.

—El océano Turbulento arde en llamas —respondió Dalamar.

—¿Qué? —gritó Palin, sobresaltado, incorporándose de su silla con brusquedad—. ¿Cómo es eso posible?

—¡Quiero verlo! —exclamó Tas, acercándose a la ventana.

El cielo nocturno estaba oscuro por todas partes, excepto en el norte. Allí brillaba con una horrenda tonalidad roja anaranjada.

—¡El mar en llamas! —dijo Palin, sobrecogido.

—Ojalá pudiera verlo —suspiró Tas.

—Todavía puedes tener oportunidad de hacerlo. —Dalamar buscaba entre los volúmenes que ocupaban las estanterías. Hizo una pausa y se volvió para mirarlos—. Se envió a unos miembros del Cónclave para que investigaran. Informaron que una inmensa fisura se había abierto en el fondo del océano, entre Ansalon y las islas de los Dragones. La falla vomita materia incandescente que hace que el agua del océano se evapore. Lo que veis son nubes de vapor que reflejan el pavoroso resplandor.

»De la fisura surgen dragones de fuego, montados por demonios y una especie de criaturas de sombras. Su número es incalculable. Cada lengua de fuego que lame el borde roto de la falla, estalla y se convierte en uno de esos horribles dragones, hechos de fuego y magia. Las criaturas que los montan están creadas de la bullente oscuridad de Caos. Sus fuerzas están asaltando ahora la Torre del Sumo Sacerdote, y muy pronto atacarán todos los demás puntos estratégicos de Ansalon. Hemos recibido informes de que los enanos de Thorbardin combaten ya con esos demonios en sus cavernas subterráneas.

—¿Y el libro? —preguntó Raistlin, impertérrito.

—¡No lo encuentro! —Dalamar masculló algo en voz baja y reanudó su búsqueda.

—Mi pueblo. —A Usha le temblaban los labios—. ¿Qué les pasará a los míos? Viven... viven cerca de ahí.

—Los tuyos fueron responsables de traer esta destrucción sobre todos —comentó Raistlin con tono cáustico.

Usha se encogió sobre sí misma, temblorosa ante la presencia del mago. Su mirada fue hacia Palin, buscando consuelo, pero el joven la había evitado desde su regreso a la torre. Durante todo ese tiempo, Raistlin los había estado observando atentamente. Era obvio que Usha todavía no le había dicho a Palin la verdad. Mejor así, teniendo en cuenta las pruebas que les aguardaban. Mejor así...

—¿Qué está haciendo el Cónclave? —preguntó Palin a Dalamar.

—Tratando de determinar la estructura y naturaleza de esas criaturas mágicas para que podamos combatirlas —respondió éste—. Por desgracia, esto sólo puede hacerse enfrentándose a ellas directamente. Como jefe del Cónclave, me he ofrecido voluntario para encargarme de ese cometido.

—Una tarea peligrosa —comentó Raistlin, que se volvió a mirar al elfo oscuro que en el pasado había sido su aprendiz—. Y de la que probablemente no regresarás.

—Tampoco es que eso importe mucho, ¿no crees? —respondió Dalamar, encogiéndose de hombros—. Estuviste en la reunión del Cónclave cuando se discutió este asunto. Si nuestras teorías se confirman, no importará en absoluto.

—Iré contigo —ofreció Palin—. No soy de rango alto, pero puedo prestarte cierta ayuda.