—Gracias —dijo Tasslehoff con educación, y echó a andar, con Palin y Usha siguiéndolo rápidamente, hasta que llegó a la siguiente barrera humana, donde con su estridente: «¡Disculpad!» volvió a dar comienzo todo el proceso.
De este modo los tres pasaron entre la multitud con mucha más facilidad y más deprisa de lo que habían esperado. El que su paso fuera acompañado por secas órdenes de «¡No te acerques!» y repetidos gritos de «¡Eh, devuélveme eso!» así como alguna que otra pelea, sólo fue una pequeña molestia que no merecía tomarse en cuenta.
La mayoría de la gente estaba arremolinada cerca de la muralla de la ciudad, o reunida en los muelles comerciales, cerca de donde los botes llevaban a tierra a las tripulaciones y pasajeros de los grandes barcos anclados a la entrada del puerto. Una vez que llegaron al borde del agua, el número de personas disminuyó.
Se habían izado banderas de prevención que colgaban fláccidas sobre la oficina del capitán de puerto, aunque en realidad los marineros no las necesitaban. Veían por sí mismos que ninguna persona en su sano juicio saldría a la mar esa extraña mañana.
Usha no era una experta marinera, ni sabía nada sobre banderas preventivas, aunque tampoco les habría hecho mucho caso de haberlo sabido. Volvía a casa. Descubriría la verdad, fuera la que fuese, por terrible que resultara.
Al parecer, su temor había agudizado sus sentidos, su vista, pues encontró su barco de vela enseguida, aunque estaba apiñado entre muchas otras embarcaciones.
—¡Allí! —señaló.
—Parece muy pequeño. —Palin observaba el bote con desconfianza.
—Cabremos los tres de sobra.
—Quiero decir pequeño para aventurarse en el mar.
Dirigió la mirada hacia el horizonte. No soplaba ni chispa de brisa en el puerto. Las olas causadas por el movimiento de los barcos chapaleaban perezosamente bajo el muelle. Ninguna ave marina sobrevolaba la superficie del agua ni peleaba por coger las cabezas y las colas de pescado. Ninguna nube empañaba el cielo, aunque el resplandor de los rayos y el retumbo de los truenos era permanente en el cielo oriental. El extraño y ominoso resplandor rojo se extendía por el horizonte y se reflejaba en el agua. Palin sacudió la cabeza.
—No hay viento, y no podemos remar toda la distancia que nos separa de tu tierra. Tenemos que encontrar otro modo de trasladarnos.
—No, no tendremos que hacerlo —replicó Usha mientras tiraba de él—. El bote es mágico, ¿recuerdas? Me llevará de vuelta a casa, Palin. Me llevará de vuelta a casa... —repitió en un murmullo.
—Usha. —Palin tiró de su mano, obligándola a frenar sus pasos—. Usha...
La muchacha lo vio en su cara, oyó en el tono de su voz lo que estaba a punto de decirle. Era como mirarse a un espejo en el que viera reflejados sus propios temores.
—Estaré bien —dijo—. Te tengo conmigo.
Agarrándose fuerte de su mano, la muchacha echó a andar por el muelle, dirigiéndose hacia su embarcación.
Saltó al bote y empezó a revisarlo para asegurarse de que seguía en condiciones de navegar. Palin y Tas permanecieron en el embarcadero, achicharrándose bajo el sol, listos para soltar las amarras cuando fuera el momento de partir. Varias personas los observaban con curiosidad, pero no les dijeron nada, probablemente porque suponían que estaban acondicionando la embarcación para que aguantara la tempestad, sin imaginar en ningún momento que planeaban zarpar.
Palin se preguntó si la gente intentaría detenerlos, y qué haría para manejar esa situación si se presentaba.
Tenían que tomar esta ruta, por mucho que le desagradara navegar hacia ese horizonte ardiente. Lo que había dicho Usha era cierto. La embarcación mágica la llevaría de vuelta a su tierra natal. No había otro camino, puesto que nadie más sabía dónde estaba la tierra de los irdas, ni siquiera los miembros del Cónclave. Quizá los dragones lo supieran, pero estaban disputando sus propias batallas.
—Soy un marinero estupendo —anunció Tas, que se sentó en el borde del muelle y balanceó las piernas mientras se asomaba al agua intentando atisbar algún pez—. Flint no lo era. Odiaba el agua. No acababa de entender por qué existía. «Reorx nos dio la cerveza», solía decir. «Lo lógico es que se hubiera parado ahí, cuando había conseguido el líquido perfecto.» Intenté explicarle que no resultaría muy fácil navegar con un barco sobre un mar de cerveza. Bueno, seguramente sí que se podría, pero la espuma sería un inconveniente. Flint mantenía que las embarcaciones eran inventos malditos, en cualquier caso. Por supuesto, esto se debía a que casi se ahoga una vez al caerse de un bote. ¿Te he contado alguna vez cuando Flint estuvo a punto de ahogarse? Un día, estaba yo con tu padre...
—No hablemos de nada que tenga que ver con ahogarse —lo interrumpió Palin—. Ni de mi padre.
El peligro podía estar acercándose a la posada El Último Hogar. Caramon había regresado a casa para advertir a los vecinos de Solace, prepararlos para la lucha, hacer cuanto estuviera en su mano para protegerlos contra cualquier horror al que tuvieran que enfrentarse.
—¿Sabe mi padre lo que voy a hacer? —le había preguntado Palin a su tío, y éstas fueron casi las últimas palabras que cruzaron entre los dos—. ¿Sabe adonde voy?
—Lo sabe —le había contestado Raistlin.
—¿Qué ha dicho? —preguntó el joven, intranquilo.
El archimago esbozó una sonrisa.
—Ha dicho que, cuando todo esto haya terminado, él y tu madre te esperan en casa para cenar.
Palin se sintió complacido con la respuesta. Su padre sabía el peligro al que se enfrentaría y, en lugar de disuadirlo (como habría hecho en los viejos tiempos), encontraba el modo de decir a su hijo que sus padres tenían confianza en él, que creían en él y sabían que haría todo lo posible.
Una mano pequeña le estaba tirando de la manga, y Palin bajó la vista. Tas estaba de pie a su lado.
—Palin —dijo el kender en un susurro—, después de lo que oímos decir a los dioses sobre los irdas, me temo que Usha se va a sentir muy desdichada cuando llegue a casa.
—Sí, Tas, se sentirá muy desdichada.
—¿No deberíamos decírselo ahora, para prepararla?
Palin miró a la muchacha, que trabajaba afanosamente, estibando equipo y bártulos para dejar sitio para las otras dos personas que viajarían con ella.
—Lo sabe, Tas —dijo el joven—. Lo sabe ya.
Resultó que nadie intentó impedirles que salieran a navegar. Ninguna persona advirtió siquiera que zarpaban o, si alguien se dio cuenta, ya tenía bastante con sus problemas como para preocupare por los de otros. El viento por el que la gente había rezado todo el verano, la brisa de las montañas que refrescaría la cargada atmósfera de la ciudad, había decidido, perversamente al parecer, soplar precisamente ahora. Pero el viento no proporcionó alivio al calor, sino que trajo el terror. El incendio de los bosques bajaba por las laderas de las montañas rápidamente, empujado hacia Palanthas por el aire.
Las campanas volvieron a sonar, y la gente corrió a hacer lo que podía para intentar salvar sus hogares y sus negocios si llegaba a ocurrir lo impensable. El humo que flotaba en el aire provocaba escozor en los ojos y hacía que costara trabajo respirar. Empezaron a caer cenizas sobre la ciudad. Desde el bote, Palin volvió la vista hacia la gran ciudad de Palanthas y trató de imaginar lo que sería si el fuego llegaba a ella. Pensó en su tío, solo en la torre. Los aprendices ya se habían marchado a Wayreth para prestar ayuda en la preparación de hechizos. Recordó la última imagen que tenía de su tío, de pie junto al estanque de la Cámara de Visión.
—Desde aquí os estaré observando —había dicho el archimago—, y haré cuanto pueda por guiaros.
Palin pensó en Astinus, escribiendo sin descanso. Podía imaginar a Bertrem, lleno de pánico, y a los otros monjes, trabajando frenéticamente para salvar los libros, la historia del mundo.