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—No hay nada que contar —gruñó el enano, mirando a Tas a los ojos con expresión furibunda—. Me llamo Dougan Martillo Rojo, ¿entendido?

—No —contestó Tas, tras pensarlo un momento—. Pero hay muchas otras cosas que no entiendo. La muerte, por ejemplo. Y que haya alguaciles. Esas dos cosas le quitan un montón de chispa a la vida. Y, ya que estamos en ello, tampoco entiendo los hipidos. A ver, dime: ¿para qué sirven los hipidos? También me preguntaba si podrías explicarme...

Dougan dijo algo sobre que «el Abismo se convertiría antes en un estanque de hielo para patinar», lo que a Tas le pareció muy curioso, y estaba a punto de pedir al enano que le explicara eso, pero la mano de Dougan volvió a taparle la boca.

—¿Por qué has venido? ¿Qué haces aquí?

Levantó la mano ligeramente, lo bastante para que Tas pudiera mascullar una respuesta.

—Me envía Raistlin Majere —contestó el kender, orgulloso—. Tengo que coger la Gema Gris.

—¿Te envía a ti?

El enano olvidó su propia prohibición y pronunció estas palabras en voz muy alta. Encogiéndose, se agazapó detrás de un árbol y arrastró a Tas consigo.

—¿A ti? —repitió, al parecer muy alterado—. ¿Te envía a ti?

Tas no estaba seguro de que le gustara el modo desdeñoso con que Dougan repetía «a ti». No sonaba muy halagüeño para Raistlin.

—Soy un Héroe de la Lanza —manifestó Tas—. He combatido a dragones, y una vez capturé a un prisionero, a pesar de lo que Flint diga en contra. Rescaté a Sestum de un dragón rojo, y he estado en el Abismo y he regresado de él dos veces, y...

—¡Basta! —bramó el enano, aunque sin levantar la voz; toda una proeza, y una que el kender habría apostado que nadie era capaz de conseguir si no hubiera acabado de ver a Dougan haciéndola.

»Estás aquí, así que supongo que tendré que sacar el mejor partido posible de ello —rezongó el enano, que añadió algo sobre por qué el mago no había mandado también unos cuantos gnomos para acabar de amargarle la vida (la de Dougan). Tiró de Tas, sacándolo de detrás del árbol y dijo:— Ven, quiero enseñarte algo. ¡Y mantén la boca cerrada!

Tas miró y guardó silencio como le había ordenado, no porque se lo hubiera mandado, sino porque lo que estaba viendo lo dejó sin habla durante mucho, mucho tiempo.

Había siete pinos muertos que formaban un círculo. También habían sido víctimas del fuego, pero, a diferencia de los otros árboles que habían quedado reducidos a cenizas y tocones negros, estos pinos seguían enteros, y ahora se erguían como fantasmales esqueletos, con sus ramas peladas, retorcidas en una agónica muerte.

Un sollozo —de pena por lo que en su momento fueron magníficos árboles— estuvo a punto de escapársele, pero Tas se las arregló para contenerlo. En medio del círculo de pinos muertos había un montón de madera. Maravillosa e inexplicablemente, la madera no se había consumido con el terrible incendio que había abrasado el resto de la isla. Algo brillaba cerca del fondo del montón de madera; lanzaba destellos rojos, reflejando el implacable brillo del ardiente y empecinado sol, que seguía rehusando ponerse como era su obligación.

Tas puso una mano en la oreja de Dougan, se inclinó, y dijo en voz queda:

—¿Es ésa la Gema Gris?

—Partida por la mitad —respondió el enano con expresión sombría—. Sus dos mitades están entre lo que queda del altar. Las escondí de Él. No pudo encontrarlas, aunque las buscó largo y tendido. Y eso me hizo pararme a pensar.

—¿Pensar qué?

—¿A ti qué te importa? —replicó Dougan severamente, con gesto muy serio—. Lo primero que tenemos que hacer es recuperar la joya.

—Entonces, vayamos por ella. ¿Qué nos lo impide?

—Ellos. —Dougan señaló con la barbilla hacia el altar.

Tas miró a su espalda, pero no vio ningún dragón, ni draconianos. Tampoco vio hordas de goblins u ogros o kobolds o caballeros fantasmales o banshees o guerreros esqueléticos o cualquier otra clase de guardianes de gemas mágicas que suele haber. Ni siquiera había un alguacil. No había nada, y así se lo dijo a Dougan.

—Así que empinando la botella de aguardiente enano otra vez, ¿no? —añadió con actitud compasiva.

—¡No estoy borracho! —repuso, indignado, el enano—, ¡Los guardianes están ahí, entre los árboles!

—Entre los árboles sólo hay sombras —comentó Tas.

—Ésos son ellos —susurró Dougan—. Sólo que no son sólo sombras. Son seres de sombras, espantosos guerreros de Caos.

—¿En lugar de carne y hueso están hechos de sombras? —preguntó el kender, impresionado.

—Están hechos de agujeros en la materia de los seres mortales. No los ves a ellos, sino que ves a través de ellos su reino, que es el plano de la no existencia. Si te tocan, te conviertes en lo que son ellos: nada. Ésa es la perdición que Caos prepara para este mundo y cada persona, animal, roca, árbol, planta, río, arroyo y océano. Todo, todo será nada.

Tas notó un repentino vacío, una sensación desagradable en la boca del estómago. Se imaginó a sí mismo como nada; a todo lo que había a su alrededor convertido en nada... Todo desapareciendo en la oscuridad del olvido, sin que quedara nadie en ninguna parte que supiera que esa nada había sido algo una vez.

—¿Estás... estás seguro, Dougan? —preguntó al tiempo que tragaba saliva y se frotaba el estómago con la mano, intentando convencer a la desagradable sensación para que se fuera.

—Sí, amiguito, estoy seguro. Es lo que Él prometió, y mantendrá esa promesa. Será lo único que mantenga —añadió Dougan ominosamente.

—Pero, si cogemos la Gema Gris, ¿podremos pararlo?

—Eso creo, muchacho. Aunque, ojo, no estoy seguro. Es sólo una idea que tengo. —Suspiró—. Y la única, hasta ahora. Así que hemos pensado que merece la pena intentarlo.

—Veamos si lo he entendido bien —dijo Tas mientras echaba una ojeada al destrozado altar bajo el cual yacían las dos mitades de la Gema Gris—. Tenemos que escamotear las dos partes rotas a esas sombras.

—Esos seres de sombras —rectificó Dougan en voz baja.

—Sí, eso. Bueno, no me parece una tarea muy difícil. —Tas se sentó en el suelo y empezó a rebuscar en uno de sus saquillos—. Tengo un artefacto mágico muy poderoso...

—¿Lo tienes? —Dougan se acuclilló e intentó asomarse al interior de la bolsa.

—Sí, lo tengo. Me lo dio mi tío Saltatrampas...

—Por supuesto. ¿Quién, si no? —rezongó el enano con acritud—. No será eso, ¿verdad? —señaló.

—No, esto es una lagartija seca. Por lo menos, es lo que creo recordar que es...

—¿Y eso otro?

—Un pañuelo con las iniciales «FB». Ummmm. ¿A quién conozco con las iniciales «FB»? En fin, esto tampoco es. ¡Aja! —gritó Tas.

—¡Chiiist! —gesticuló Dougan, frenético.

—¡Aja! —susurró el kender—. ¡Aquí está! La Cuchara Kender de Rechazo.

Dougan miró la cucharilla y resopló con fastidio.

—Quizá sirva de algo, si los seres de sombras nos convierten en sopa de sombras, lo que no creo probable. —Se puso de pie y empezó a pasear con actitud irritada, gruñendo y tirándose de la barba—. ¿Por qué a mí? ¿Por qué siempre me toca a mí?

—Esto —dijo Tas, irguiéndose con dignidad, lo que le hizo superar la altura del enano, sin contar el sombrero— es un famoso artefacto kender. Observa. Ahora verás cómo funciona.

Tasslehoff salió de detrás del árbol y se encaminó hacia el altar sosteniendo ante sí la plateada cucharilla de té de Dalamar.

33

Tasslehoff en apuros. El plan de Dougan. La ladrona

—¿Tasslehoff? ¿Dónde estás? —llamó Palin. No hubo respuesta.

Todos los viajeros de Krynn lo bastante valientes o insensatos para ir en compañía de un kender saben que, aunque resulta agotador llevar uno en el grupo, es diez veces más irritante descubrir que el kender se ha marchado a vagabundear solo. Grandes partidarios de correr aventuras, cuando vuelven de sus correrías los kenders tienen la interesante costumbre de traer esas aventuras consigo para compartirlas con sus compañeros, lo quieran ellos o no.