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Maldiciéndose rotundamente por su error —aunque sólo le había dado la espalda a Tas menos de cinco minutos—, Palin buscó por los alrededores y enseguida descubrió las huellas de pequeños pies que se alejaban por un sendero.

—¿Adónde lleva esto? —le preguntó a Usha.

—Está todo tan cambiado que cuesta reconocerlo —dijo la muchacha, que miraba en derredor tristemente—. Creo... Sí, ése debe de ser el sendero que conduce al altar que los irdas construyeron para la Gema Gris.

—Dios bendito. Entonces, allí es donde ha ido. —Palin apretó con fuerza el bastón, elevó una plegaria en silencio, y después, alertas y cautelosos, Usha y él siguieron el rastro.

Lo que quedaba de los árboles abrasados jalonaba el sendero: tocones ennegrecidos, ramas carbonizadas, cenizas. Palin empezó a tener la sensación de que sólo había tres colores en el mundo: negro calcinado, gris ceniza y el rojo fuego del cielo.

—¿Estamos cerca? —preguntó el joven mago.

—Supongo que sí. No estaba muy alejado —respondió Usha, que guardó silencio un instante, tratando de orientarse, y después señaló:— ¡Allí! Los siete pinos...

Los gigantescos árboles, antaño orgullosos guardianes, aparecían aniquilados y destrozados; unos esqueléticos guerreros condenados para siempre a vigilar el objeto que había sido su perdición. En el centro de la pinada muerta había un montón de madera. Palin atisbo un débil destello de lo que podía haber sido una luz reflejándose en la faceta de una gema, pero entonces una sombra se interpuso entre el destello y los árboles.

Palin dio un respingo y se quedó paralizado de miedo, como se queda un conejo aplastado contra el suelo cuando la sombra de las alas de un halcón se cierne sobre él. El miedo pasó casi inmediatamente. La sombra se deslizó, veloz y silenciosa, sobre el montón de madera, que quedó oculto un instante, y después desapareció entre los árboles muertos. El joven mago volvió a ver el débil destello de luz.

A despecho del calor del inclemente sol, Palin se estremeció y se arrebujó en la túnica. Desconcertado por la extraña sensación, estuvo a punto de preguntar a Usha si había experimentado lo mismo, pero la muchacha miraba en otra dirección.

—¡Mira Palin! ¿No es ése Dougan?

—Sí. Me pregunto dónde estará Tas.

Hablaban en voz muy baja, pero el sonido debió de llegar hasta el enano, pues éste giró sobre sí mismo y miró en derredor. Al verlos, empezó a hacer gestos frenéticos.

«¡Venid, deprisa!» dijo por señas, llamándolos con las manos y retorciéndoselas de manera alternativa. «En silencio, pero rápido», advirtió.

Con una desagradable sensación de urgencia que tenía algo que ver con Tasslehoff, Palin fue hacia el enano apresuradamente, moviéndose tan en silencio como le era posible entre las cenizas y los troncos caídos. Tenía la clara e inquietante impresión de que algo lo estaba vigilando.

—¡Dougan! —dijo el joven mago en voz baja al llegar junto al alterado enano—. ¿Has visto a Tas?

Dougan respondió señalando hacia los pinos muertos.

Palin dirigió la mirada hacia allí y se sobresaltó al ver al kender encaminándose directamente al grupo de árboles.

—¡Tas! ¡Tas, vuelve aquí! —Palin hizo intención de ir tras él.

Dougan lo agarró por la manga y lo sujetó con una fuerza increíble.

—No vayas, muchacho —advirtió el enano en un tono profundo y sombrío—. Ya no puedes hacer nada. Intenté detenerlo, pero... —Dougan agachó la cabeza, la sacudió y gimió.

Palin miró fijamente al kender.

—En nombre de todo lo sagrado, ¿qué está haciendo?

Tasslehoff avanzaba lentamente hacia la pinada, moviéndose con pasos mesurados y porte solemne, como quien va en la procesión de un funeral. Sostenía algo brillante en una mano.

—¿Una cucharilla? —dijo Palin, perplejo—. ¿Qué hace con una cucharilla?

—La Cuchara Kender de Rechazo o algo por el estilo —masculló Dougan.

—¡Sí, ahora lo recuerdo! La cogió en la torre. —Palin juró quedamente, frustrado—. Maldita sea, no se dio cuenta de que... que todo era obra de mi tío. ¿Adónde va?

—A intentar recuperar la Gema Gris. —Dougan volvió a soltar otro gemido, y se tiró de la barba—. Está allí, debajo de lo que queda del altar. Te prevengo que no vayas tras él, muchacho. Va directo hacia un peligro terrible. ¿Viste... viste algo así como una sombra... deslizándose entre los árboles?

—Sí —repuso Palin, que tembló de nuevo al recordarlo—. ¿Qué...?

—Seres de sombras, chico —dijo Dougan en tono bajo, aterrado—. Criaturas de Caos. Te arrastrarán al olvido, primero tu alma, y después tu cuerpo. Desaparecerás como si nunca hubieses existido.

—Percibí su presencia —respondió Palin quedamente—, aunque no comprendí qué era.

—Y no creo que lo entiendas todavía, muchacho —manifestó Dougan lúgubremente—. Cuando digo que desaparecerás como si nunca hubieses existido, quiero decir exactamente eso. Tu recuerdo se desvanecerá de las mentes de todos los que te conocen. Tu madre olvidará incluso que te dio a luz. Tu padre no reconocerá tu nombre. Los que te aman no te llorarán, no rezarán por ti, nunca te evocarán con cariño. Será como si nunca hubieses existido.

»Es lo que Él planea para todo el mundo. Los dioses olvidaremos todo lo que creamos, después moriremos, y la Creación nos olvidará también. Y entonces las propias estrellas olvidarán.

—Palin, creo que lo han visto —intervino Usha con tono urgente—. ¡Se está acercando demasiado!

—¿Cómo podemos detenerlos, Dougan? ¿Cómo? —se revolvió Palin contra el enano.

—¡Con la Gema Gris! —En su nerviosismo, Dougan se había retorcido la barba, haciéndola nudos—. ¡Tenemos que recuperar la Gema Gris!

—Pero ¿cómo vamos a recuperarla si esas criaturas la tienen rodeada?

Tas se iba acercando, y las sombras empezaron a moverse.

—¡Tas! —se arriesgó Palin a llamar en voz un poco alta—. ¡Tas, regresa!

Pero el kender no lo oyó porque, en ese momento, empezó a hablar.

—¡Fuera de mi camino, escoria chupa almas! ¡Marchaos o desato el poder letal del cubierto de mis antepasados! ¡Marchaos o utilizo esta cuchara para sacaros vuestras tripas de sombras!

—¡Tas! —Usha levantó la voz—. ¡Tas, por favor! ¡Vuelve...!

—¡Calla! —Dougan la agarró con tanta violencia que casi la tiró—. ¡Mira! ¡Mirad! ¡Van por él!

Una oscuridad más profunda que la noche más negra apareció deslizándose debajo de los abrasados pinos. Toda luz, todo sonido, todo color, todo movimiento, toda esperanza desaparecían como tragadas por aquella oscuridad indescriptible y no volvían a reaparecer. Cuatro de las figuras informes convergieron y empezaron a deslizarse sobre el suelo en dirección al kender. Los seres de sombras ocultaban la luz del sol, los árboles, el cielo, el suelo.

—¡Chicos, mirad! —susurró Dougan en un estado de gran excitación—. ¡Han dejado la Gema Gris sin vigilancia!

Palin apenas distinguía el altar; le resultaba difícil incluso recordar dónde estaba. Detrás de los seres de sombras no existía nada. Cuando se movían, los objetos resurgían de repente, dando la impresión de cobrar consistencia en ese mismo momento.

—¡Estúpido kender! Voy tras él —dijo Palin, que repasó el repertorio de conjuros que tenía memorizados, preguntándose cuál de ellos podría destruir a los seres de sombras, si es que alguno servía.

—Te acompaño —anunció Usha.

—No. —Palin sacudió la cabeza—. Quédate aquí con...

—Tú ve por la Gema Gris, muchacha —interrumpió Dougan, cuyos negros ojos relucían con un brillo astuto—. Podrías llegar en un momento y cogerla antes de que esas criaturas se den cuenta de lo que pasa. Has sido adiestrada en el arte, chica. Te he visto trabajar... Nueve Dedos decía que eres una de las mejores... No hay tiempo para preguntas ahora, muchacha. ¿Puedes apoderarte de la joya?