—¿Con eso conseguiríamos detener a los seres de sombras? —preguntó Usha.
—Sí, pequeña, es posible. Por lo menos —añadió el enano—, no causaría ningún perjuicio.
—Conque convertirme en nada, ¿eh? —La voz de Tas sonó estridente, aunque un poco temblorosa, cuando los seres de sombras se aproximaron más a él—. Bueno, pues podéis llevaros vuestra nada y largaros donde no llegue la luz del sol...
—¡Ahora, muchacha! —instó Dougan.
Usha soltó su bolsa en el suelo para tener libres las manos. Haciendo caso omiso de las protestas de Palin, le dio un fugaz beso en la mejilla, le palmeó el brazo, y —escabullendose de sus manos— se alejó veloz y silenciosa entre los árboles.
Palin lanzó una mirada funesta al enano.
—Se supone que eres un dios, así que ¿por qué no haces tú algo?
Dougan estaba que no salía de su asombro.
—¡Ya lo hago, muchacho, ya lo hago! La idea de mandar a la chica fue mía, ¿no?
—¡Quiero decir contra esas criaturas! —Palin señaló a los seres de sombras.
—Ah, muchacho —dijo el enano suavemente—, están formados de la misma materia que yo. Son seres divinos, como yo. Y, aunque soy inmortal en tu plano, no lo soy en el suyo, ya me entiendes. ¿Qué pasaría con el mundo si me destruyen a mí, chico?
—No lo sé —repuso Palin fríamente—. ¿No te apetece hacer una apuesta sobre eso?
—Creo que será mejor que vayas ahora, muchacho —dijo Dougan mientras se rascaba la barba—. Parece que tu amigo kender está en un pequeño apuro.
—¡Si les pasa algo a Usha o a él, juro por Paladine que lo lamentarás! —prometió el joven mago—. Shirak. —Ordenó al bastón que se encendiera y se dirigió presuroso hacia los siete pinos, hacia Tasslehoff.
El kender estaba a mitad de camino de la pinada, y los seres de sombras se habían situado en línea delante de él, dejando sin vigilancia la Gema Gris.
Las pullas de un kender podían desquiciar incluso a la persona más tolerante, hacerla que asesinara y descuartizara, pero ¿los insultos de Tas habían provocado realmente que los seres de sombras abandonaran sus puestos? Palin tenía la inquietante sensación de que no era ése el caso. Le parecía mucho más probable que las criaturas ultraterrenas no tuvieran mucho interés en guardar la Gema Gris. Tenían un único objetivo, y ése era la destrucción.
Pero, si advertían que Usha intentaba coger la joya, se volverían contra ella con toda rapidez. Palin observaba a la muchacha por el rabillo del ojo, temeroso de mirarla directamente por si los seres de sombras seguían la dirección de su mirada y la descubrían. Usha se desplazaba con agilidad y en silencio a través del arruinado bosque.
Al menos, de momento, se encontraba a salvo. Los seres de sombras estaban concentrados en Tasslehoff, y, en cuestión de segundos, tendrían un nuevo punto de atención: Palin.
El joven mago estaba demasiado preocupado para sentir miedo. Tenía que discurrir un plan con el que rescatar a Tasslehoff que al mismo tiempo mantuviera la atención de los seres de sombras alejada de la Gema Gris, y que —con suerte— los sacara a todos con vida de esto.
Repasó de nuevo su repertorio de conjuros. Le parecía lógico que, puesto que eran criaturas de la oscuridad, los seres de sombras quizá fueran sensibles a la luz y pudieran ser destruidos con ella o, al menos, conseguir intimidarlos. El Bastón de Mago derramaba su propio fulgor sobre Palin. El joven metió la mano en uno de sus saquillos en los que guardaba componentes de hechizos, sacó una pequeña bola de guano de murciélago, la amasó con azufre, y, concentrándose, evocó las palabras mágicas del conjuro de bola de fuego.
«Concéntrate en el botín», le habría dicho Linchado Geoffrey. «Tócalo, sujétalo, hazlo tuyo en tu imaginación antes de hacer lo mismo con tus manos.»
Lo que significaba que no dejara que nada la distrajera ni la apartara de su objetivo; que pensara sólo en la Gema Gris, en cómo la deseaba. Que no pensara en Palin ni en Tas ni en aquellas horribles criaturas que tratarían de destruirla... La Gema Gris... La Gema Gris... Ella lo era todo, todo.
Usha vio que los seres de sombras se acercaban al kender. La voz de Tas ya no sonaba con tanta seguridad, y le fallaba de vez en cuando. Sus pasos se hicieron más lentos, y la cucharilla, que al principio había sostenido ante sí con tanta audacia, ahora se agitaba en su mano temblorosa.
—¡No tengo miedo! —gritó Tas—. ¡Sólo estoy... enfadado! De verdad que me estáis cabreando, así que... ¡retroceded! Yo... —Su voz cambió, sonó estrangulada—. ¡Alto, no sigáis! ¿Se puede saber qué estáis haciendo? ¡Dejad de adoptar mi aspecto!
Tasslehoff miraba con los ojos desorbitados lo que había delante de él, algo que era lo más terrible que podía imaginarse.
Palin salió de entre los árboles. El cristal que remataba el Bastón de Mago brillaba con una luz blanca y vibrante.
—¡La joya, muchacha! —llegó la voz de Dougan a Usha—. ¡Es del único modo que puedes ayudarlos! ¡Coge la gema!
Usha apartó con esfuerzo los ojos de Palin y de Tas, y volvió a concentrarse en su objetivo, como le habían enseñado.
Llegó al círculo de los siete pinos muertos y se deslizó entre ellos. El montón de madera que una vez había sido el altar se encontraba en el centro. Ahora que estaba cerca, la muchacha podía ver la terrible destrucción. Alguna mano gigantesca, actuando con rabia y cólera, había convertido en astillas lo que en su momento fue un hermoso pedestal de madera pulida y cubierto de runas talladas.
A su mente acudió un doloroso recuerdo: los irdas construyendo este altar, trabajando largas horas con sus herramientas y su magia, tallando, lijando, puliendo, tejiendo sus hechizos con la madera, hechizos que inmovilizarían a la Gema Gris.
Prot no lo había aprobado. Se había opuesto al plan desde el principio. Usha recordaba sus advertencias, su presentimiento.
—Tenías razón, querido amigo, querido padre —musitó, y unas lágrimas acudieron a sus ojos, amenazándola con cegarla.
—¡La gema, muchacha! ¡La gema!
Usha parpadeó y se sobrepuso a la pena. El altar era ahora un objeto muerto. Los irdas estaban muertos, y ella no podía hacer nada para devolverles la vida, pero sí podía intentar reparar el daño que habían causado.
La Gema Gris, que en tiempos había brillado con su propia y extraña luz, estaba tirada en el suelo, medio enterrada en las astillas del altar, partida en dos, como la cáscara vacía de una nuez. El interior de la gema era hueco, como si un insidioso gusano se la hubiera ido comiendo a lo largo de años y años.
Incluso rota, la gema cautivaba, fascinaba. Era tan bella que resultaba fea; tan grande, que era pequeña; tan reluciente, que estaba opaca; tan dura, que era blanda. Usha alargó las manos hacia ella, la tocó, la levantó. No pesaba nada, y, sin embargo, la muchacha era consciente de un gran peso. Las innumerables facetas eran agudas, cortantes, suaves. La gema estaba fría al tacto, abrasadoramente fría.
Usha estaba a punto de guardar la joya en su bolsillo cuando un grito de terror le heló el alma.
Palin había llegado junto a Tasslehoff. La luz del cayado brillaba todavía, pero estaba perdiendo intensidad, se estaba apagando, y los seres de sombras se acercaban a ellos. De hecho, Usha apenas podía ver a Tas; sólo distinguía la parte superior del copete, y de Palin, únicamente sus hombros y su rostro.
Y, en ese rostro, vio plasmada la misma expresión de pasmado e indecible horror que incluso había dominado a un kender inmune al miedo.
34
¡No soy nada!
Palin estaba cerca de Tas. El kender había dejado de lanzar pullas a sus enemigos. Daba la impresión de que el hombrecillo trataba de estimular el valor perdido, algo totalmente insólito en un kender.