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Lord Ariakan se dirigió a su puesto de mando, una posición en las almenas de la Espuela de Caballeros. Como el dragón rojo había dicho, el ataque ya había sido lanzado. Los arqueros situados a lo largo de las murallas disparaban flechas a la oscuridad, que fluía como agua hasta la base de la estructura. Las flechas desaparecían sin dejar rastro y sin causar daño alguno que pudiera apreciarse. La oscuridad subió y empezó a desbordarse por encima de las murallas.

Una compañía de cafres dirigidos por caballeros se situó en formación de defensa y se preparó para atacar a la oscuridad con espada y lanza. Entre sus filas había Caballeros de la Espina y Caballeros de la Calavera, listos para combatir a este nuevo enemigo con magia y plegarias.

—¿Qué demonios...? —juró Ariakan—. ¿Qué ocurre? ¡No puedo ver!

El sol brillaba con fuerza en el horizonte, pero la noche había caído sobre la muralla norte de la Torre del Sumo Sacerdote. Ariakan oyó gritos roncos de terror, chillidos pavorosos que salían de la oscuridad. Pero lo que lo preocupó más era lo que no oía. Ningún sonido de lucha, ningún entrechocar de espada contra escudo, de espada contra armadura, ninguna orden de los oficiales. Escuchó las voces de los hechiceros que empezaban a entonar las palabras de conjuros, pero no oyó que ninguno de ellos lo terminara de pronunciar. Las plegarias de los clérigos, alzándose a su Oscura Majestad, se cortaron de forma repentina.

Finalmente, Ariakan no pudo soportarlo más.

—Voy a bajar —anunció, desestimando las protestas de sus oficiales.

Pero, antes de que pudiera dar un paso, la oscuridad se retiró de manera tan repentina como había llegado. Fluyó hacia atrás por encima de la muralla, descendió al suelo y se deslizó entre los árboles, mezclándose con el humo.

Los caballeros lanzaron vítores al principio, creyendo que sus fuerzas habían hecho retroceder al enemigo. El clamor cesó cuando la fiera luz del sol reemplazó la oscuridad. Entonces se hizo patente que no se trataba de una victoria, que la oscuridad se había retirado por alguna razón.

—¡Por nuestra bendita soberana! —musitó Ariakan, estupefacto, horrorizado.

De los cientos de soldados que habían montado la defensa de la torre en la muralla septentrional, no quedaba ninguno. La única indicación de que había habido alguien allí eran los objetos que habían llevado encima. Petos, yelmos, brazales, camisas, cotas, botas, túnicas grises y negras aparecían esparcidos por las almenas. Encima de un peto había una espada. Cerca de un tocado de plumas, una lanza adornada también con plumas. Sobre una túnica gris yacía un saquillo con pétalos de rosa. Junto a una túnica negra se veía una maza.

No quedaba ningún ser viviente. Todos y cada uno de ellos habían desaparecido. No había sangre derramada, pero, por el sonido de aquellos gritos espantosos, todos habían perecido en medio de grandes tormentos. Y, lo que era peor, los que contemplaban conmocionados la horrible escena eran incapaces de recordar un solo rostro o nombre. Nadie dudaba que allí había habido hombres y mujeres vivos. Había pruebas palpables que lo demostraban. La gente casi podía recordar. Sostenía las posesiones de amigos y compañeros en sus manos y las miraba fijamente con miedo y sobrecogimiento; pero, por mucho que lo intentaba, no conseguía recordar a los desaparecidos.

—¿Qué fuerza espantosa es ésta? —se preguntó Ariakan, desconcertado y furioso. Su semblante estaba ceniciento, con una expresión de total perplejidad. Los que lo conocían, frío y tranquilo en la batalla, ahora lo veían estremecido hasta el fondo de su ser—. ¿Y cómo vamos a combatirla? ¡Encontrad a alguien que pueda decírmelo! Traed a los clérigos y a los Caballeros Grises... A los que queden —añadió sombríamente.

Pero aunque cada clérigo y hechicero tenía algunas ideas, ninguno de ellos pudo aportar información que fuera segura.

—Por lo menos, parece que el enemigo se ha retirado —dijo el subcomandante Trevalin—. Quizá los que lo combatieron salieron victoriosos, aunque pagaron con sus vidas.

—No. —Ariakan contemplaba fijamente la impenetrable oscuridad que acechaba entre los llameantes árboles—. No, las sombras no se retiraron porque hubieran perdido. Lo han hecho adrede, para que podamos ver lo ocurrido con nuestros compañeros. Su comandante, quienquiera o lo que quiera que sea, desea desmoralizarnos, que nos asustemos, que cunda el pánico. ¡Pero, por su Oscura Majestad, no permitiré que eso ocurra!

»Regresad con vuestras compañías —ordenó a sus oficiales—. Que se retiren esos restos inmediatamente. Hablad con vuestros hombres, intentad descubrir si alguno vio u oyó algo que pudiera darnos alguna idea sobre este enemigo y lo que ocurrió con quienes lo combatieron. Informadme directamente a mí cualquier cosa que descubráis. Estaré en el Nido del Martín Pescador.

Sus comandantes se dispersaron para restablecer el orden y la disciplina en las nerviosas tropas. Los caballeros volvieron a sus ocupaciones, interrumpidas sólo de manera esporádica cuando aquí o allí, éste o aquél hacía un alto para echar una mirada a las almenas septentrionales, que ahora se decían estaban malditas.

Ariakan, acompañado de sus guardias personales, ascendió al mirador conocido como el Nido del Martín Pescador. Dejó a sus guardias al pie del último tramo de escalones, y subió solo los restantes peldaños.

El punto más alto de la torre, el Nido del Martín Pescador, era una estancia pequeña, circular, con ventanas alargadas y estrechas alrededor de todo el perímetro que proporcionaban una vista impresionante de las montañas Vingaard, las Llanuras de Solamnia, y los contornos. Ariakan miró hacia el manto de humo suspendido sobre el valle, que llegaba hasta los picos de las Vingaard. Vio la extraña oscuridad flotando entre riscos y despeñaderos, devorando la luz.

Al estar solo, Ariakan pudo dar rienda suelta a su frustración. Paseó de un lado a otro por la pequeña habitación, yendo de ventana en ventana, buscando respuestas, su alma llena de pavor y negros presentimientos. Recordó lo que le había contado el joven mago sobre el regreso de Caos, de que los propios dioses estaban amenazados, en peligro. No lo había creído... hasta ahora.

Mientras contemplaba las montañas, tratando de ver algo que pudiera darle algún indicio, escuchó el ruido de unas botas remontando las escaleras.

—Un mensajero —musitó para sí, reavivada su esperanza—. Los míos han descubierto algo.

Pero la persona que entró en la cámara no era un mensajero falto de aliento que trajera información importante. La persona era un guerrero, uno de los propios caballeros de Ariakan, presumiblemente, pues el hombre iba vestido con una brillante armadura negra. Su rostro estaba oculto, ya que llevaba cerrada la visera del yelmo.

—¿Quién eres, señor caballero? —demandó Ariakan—. ¿Por qué has abandonado tu puesto?

El caballero no respondió. Era muy alto, tanto que la negra pluma del yelmo rozaba el techo. Sus hombros eran anchos; los brazos, gruesos y musculosos. Una pesada espada colgaba de su costado, enfundada en una vaina de cuero oscuro, decorada en la parte superior con cinco bandas de colores: rojo, azul, verde, blanco y negro. La empuñadura de la espada tenía la forma de un dragón con cinco cabezas. La capa con la que se cubría era negra, como si llevara la propia noche sobre sus hombros. Los ojos del caballero eran claros y ardientes como estrellas.

El recuerdo empezó a despertar en Ariakan. Conocía a este caballero, lo había visto antes, en algún momento del lejano pasado...

El mandatario cayó de hinojos, invadido por un temor reverencial, una veneración sin límites.

—¡Majestad!

—Levántate, Ariakan —dijo una voz de mujer tan profunda como el propio Abismo—. La hora de la perdición ha llegado. Caos, Padre de Todo y de Nada, ha regresado. Ha vuelto encolerizado, dispuesto a destruir todo lo creado. Luchamos por nuestra propia existencia.

—Mis caballeros y yo estamos dispuestos, vuestra majestad. —Lord Ariakan se puso en pie—. Sólo tenéis que darnos la orden.