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Steel asintió una vez con la cabeza, lentamente.

—Había confiado en estar equivocado, subcomandante —dijo, también en voz queda—. Esperaba ser sólo yo.

—Aparentemente, no —suspiró Trevalin—. Parece que ya no puedo verla. ¿Y tú?

—Tampoco, subcomandante.

Trevalin sacudió la cabeza, y se puso los guanteletes.

—Estoy desobedeciendo órdenes directas al hacer esto, pero sin la Visión para guiarme... Algo va mal. Tal vez esté en nuestras manos arreglarlo, si podemos. Esperadme aquí, no tardaré.

Trevalin cogió una antorcha, levantó la pesada tranca de las puertas, las abrió, y salió. Steel se quedó en el umbral, siguiendo con la mirada la luz que se alejaba por el corredor hasta que el resplandor desapareció. Continuó en el mismo sitio, con una de las puertas entreabierta un rendija, esforzándose por oír algo.

Los otros caballeros se reunieron con él, formando un semicírculo a su alrededor. Permanecieron en silencio, salvo por el tintineo de alguna armadura al moverse un caballero, y el sonido acompasado de las respiraciones.

Y entonces el resplandor reapareció al final del corredor. La luz vacilaba, como si la mano que sostenía la antorcha estuviera temblorosa, insegura. El ruido de las pisadas era vacilante, como si arrastraran los pies. Trevalin apareció, apoyándose contra la pared. Caminaba lentamente; se detuvo, miró a sus hombres con los ojos turbios, vacíos de expresión, como si no supiera quiénes eran ni qué hacían allí.

Su semblante estaba ceniciento bajo la luz de la antorcha, que de repente cayó al suelo. Siguió ardiendo allí, chisporroteando y echando humo. Nadie se movió para recogerla.

—Subcomandante —dijo Steel—. ¿Qué ocurre? ¿Qué pasa ahí fuera?

—Nada —contestó Trevalin con una voz sin inflexiones—. Todos están... muertos.

Nadie habló, aunque alguien inhaló con un sonido siseante.

Trevalin cerró los ojos con un gesto de dolor, y unas lágrimas asomaron entre sus párpados.

—¡Mi señor... muerto! —Sus palabras sonaron como un sollozo. Abrió los ojos, inyectados en sangre, y miró en derredor—. ¡Muerto! ¿Os dais cuenta? ¡Todos muertos! Muertos... todos... muertos.

Se tambaleó, las rodillas le flaquearon y se deslizó pared abajo. Steel cogió a su superior por los brazos.

—¡Señor, estáis herido! ¿Dónde? ¡Vosotros, ayudadme a quitarle la armadura!

Trevalin agarró la mano de Steel, deteniéndolo.

—Es inútil —dijo—. Me... —Sufrió un ahogo, y tragó saliva con esfuerzo—. Me alcanzó... por detrás. —Trevalin frunció el entrecejo en un gesto colérico, desconcertado—. Cobarde... Atacar... por la espalda... No lo vi... No tuve la menor oportunidad de defenderme... Sin honor...

—Señor, ¿está el enemigo ahí fuera? ¿Cuántos son?

Trevalin sacudió la cabeza. Boqueó, intentó hablar, pero de sus labios sólo salieron burbujas de sangre y saliva. Su cuerpo se recostó pesadamente contra la pared, y la mano que sujetaba la de Steel se quedó fláccida.

El caballero sostuvo la mano de su oficial un momento más, y luego la dejó suavemente, con respeto, sobre el pecho del hombre muerto.

—Id con Takhisis, señor —dijo Steel suavemente.

Entonces se fijó en el descomunal corte que había atravesado la negra armadura como si fuera de papel; vio la piel chamuscada y sangrante; el enorme y feo tajo en el costado.

—Eso lo hizo una garra —señaló un caballero con gesto sombrío, sobrecogido.

—De ser así, entonces era una garra de fuego —manifestó Steel mientras se ponía de pie lentamente. Miró hacia la puerta—. Me pregunto cuáles serían nuestras órdenes.

—Ahora ya no importa —dijo uno de los caballeros—. ¿Cuáles son tus órdenes, señor?

Entonces Steel cayó en la cuenta de que estaba al mando; y no sólo al mando de su garra, sino, si lo que Trevalin había dicho era cierto, al mando de la Torre del Sumo Sacerdote. Apartó la terrible idea de su mente. Trevalin tenía que haberse equivocado. Había recibido una herida espantosa y debía de estar confundido. ¡Era imposible que todos estuvieran muertos! Steel tomó una decisión.

—Dos de vosotros, tended al subcomandante ahí dentro, y cubrid el cadáver con su escudo. El resto de vosotros, aprestad vuestras armas y venid conmigo. Si la torre ha caído, es probable que el enemigo no sepa que estamos aquí abajo. Quizá podamos pillarlos desprevenidos. Nada de luz, y no hagáis ruido.

Steel mojó los dedos en la sangre de Trevalin y la extendió sobre el negro brazal, del mismo modo que otro caballero se habría puesto la cinta regalada por su dama. Desenvainó la espada —la espada de su padre— y salió por las puertas de la Trampa de Dragones.

De uno en uno, tras hacer un saludo a su oficial muerto, los caballeros negros fueron tras él.

37

La Visión

Steel se deslizó sigiloso por los corredores de la torre, avanzando lentamente. Resultaba imposible ver algo; no había esperado una oscuridad tan intensa. Envió a varios de sus hombres de regreso para coger antorchas. Correrían más peligro deambulando al buen tuntún en medio de la oscuridad que por un posible enemigo que hubiera tendido una emboscada.

El extraño y empecinado sol se había puesto por fin, y la noche había llegado. Pero ¿dónde estaba la luz de las estrellas y de las dos lunas que debería alumbrarles el camino? Mientras esperaba el regreso de sus hombres, Steel anduvo a tientas a lo largo de una pared, encontró una ventana, y se asomó por ella. Alzó la vista al cielo, pensando que quizá la sequía había terminado, y que las estrellas estaban ocultas tras las nubes.

La luz de un relámpago cruzó el firmamento... El cielo estaba despejado, sin nubes, vacío.

Ninguna estrella. Ninguna luna.

Steel se quedó mirando el oscuro —infinitamente oscuro— firmamento hasta que le dolieron los ojos, buscando algún destello de luz. No vio ninguno. Se retiró de la ventana, sin permitirse especular sobre qué significado podría tener tan pavoroso fenómeno. Los hombres regresaron con las antorchas y se reunieron con los demás. Hizo que lo siguieran, ordenándoles en tono seco que mantuvieran la vista al frente, por si alguno se sentía tentado a acercarse a las ventanas. No tardarían en descubrir la verdad, pero, con suerte, lo sabrían después de que él determinara a qué se enfrentaban.

Mientras avanzaban por los corredores, vieron las señales de una lucha terrible. Las paredes estaban chamuscadas y ennegrecidas, y, en algunos tramos, había grietas y agujeros. Los cascotes se amontonaban en los corredores, dificultando la marcha. Y también empezaron a encontrar cadáveres, algunos de ellos terriblemente calcinados, el metal de las armaduras fundido con la carne por el candente calor. Peor aún eran los montones de armaduras vacías; las túnicas grises apiladas junto con componentes de hechizos desparramados; las negras túnicas, adornadas con el emblema de su Oscura Majestad, que ahora yacían arrugadas sobre el suelo de piedra.

A intervalos a lo largo de su ruta, Steel ordenaba a sus hombres hacer un alto. Parados en medio de un intenso silencio, escuchaban, esperando oír órdenes, gritos de victoria, risas refocilantes, alaridos de cautivos, desafiantes maldiciones de prisioneros.

Pero no se oía nada, salvo el rumor del ardiente viento soplando entre los escombros de lo que una vez había sido la fortaleza más poderosa de Ansalon.

Los caballeros siguieron adelante, manteniendo todavía la disciplina, aunque sus semblantes ceñudos, pálidos a la luz de las antorchas, reflejaban los horrores que veían a su alrededor. Salieron al patio central.

El cuerpo de un enorme dragón rojo casi ocupaba todo el patio. La luz de las antorchas alumbró las rotas escamas, los largos tajos abiertos en el cuerpo, los desgarrones de las alas, que estaban retorcidas y aplastadas. La enorme criatura había muerto con innumerables heridas, y su sangre mojaba el suelo y lo volvía resbaladizo.