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—¡Lo que eres te viene de mí!

La cólera de Kitiara fue como un puño enfundado en guantelete que le cruzara el rostro. Steel giró la cara, eludió los ojos.

De repente, el humor de su madre cambió, su ira se calmó; su voz sonó suave, acariciante:

—Estás abatido por la batalla, Steel, dolido por tu pérdida. Cometí una equivocación al intentar obligarte a tomar una decisión ahora. Tómate tiempo, hijo mío, y piensa en lo que te he ofrecido: un nuevo mundo, una nueva vida...

El puño se había tornado una mano dulce, tierna. Una suave calidez, como el tacto de terciopelo negro, lo envolvió... y después desapareció.

Cerró los ojos, todavía recostado contra la pared que ahora era sólida y firme, sosteniéndolo. Estaba cansado, pero era un cansancio que iba más allá del agotamiento de la batalla. Después de todo, no había descargado un solo golpe de espada. Aun así, estaba dolorido, como si lo hubieran pateado y vapuleado para después dejarlo tirado en un oscuro callejón, para que muriera solo.

«¿Por qué he de morir? Nuevos mundos. Maravillas... Conquistas... Gloria... ¿Por qué no? ¿Por qué infiernos no? Mi madre tiene razón. Este mundo está acabado. Ya no puede ofrecerme nada.»

El vacío que sentía era como el tajo de la garra de un dragón. La traición de su reina le había desgarrado el alma, lo había consumido, dejándolo como una cáscara vacía.

«¿Por qué no llenar ese vacío con la guerra, con la descarga de adrenalina de la batalla, con el éxtasis de la victoria, con el placer de los saqueos? No volveré a luchar por un dios; lo haré por mí mismo, para mi provecho. ¡Seré yo quien se beneficie!»

Su mano se cerró sobre la joya:

—Te ha mentido... —sonó otra voz, desde dentro o desde fuera, eso ya no importaba.

—No intentes detenerme, padre. —Steel mantuvo cerrados los ojos—. Se acabó. La batalla ha terminado, y la hemos perdido.

—Kitiara mintió. La batalla no ha concluido, no al menos para algunos. Paladine y los otros dioses siguen combatiendo contra Caos. Los hijos mágicos, Lunitari, Solinari, Nuitari, aún luchan. Sargonnas ha jurado combatir hasta el final. Chemosh ha levantado a los muertos y los conduce a la batalla. Hay gente luchando por todo Krynn, sin esperanza de victoria, pero no hablan de dejar el mundo.

—¿Y qué ganarán con ello, padre? —preguntó. Recordó el cuerpo de Ariakan, tendido junto al dragón muerto—. ¿Quién los recompensará? ¿Quién entonará cantos heroicos por ellos?

—Tú, Steel —dijo su padre—. Tú los honrarás al recordarlos cada día de tu larga, larga vida.

El joven caballero no dijo nada. Apretó con fuerza la joya que sostenía en su mano, pero ni motivado por necesidad ni por odio se sentía incapaz de decidir.

—¿Y qué querrías que hiciera, padre? —demandó, desesperado, despectivo—. No se puede destruir a Caos.

—No, pero sí hacer que se retire. Caos ha abierto una fisura en el mundo, y a través de ella ha traído a sus fuerzas: seres de sombras, dragones de fuego, demonios guerreros. Pero esa fisura lo ha hecho vulnerable, es un resquicio en su armadura. Se ha visto obligado a descender a nuestro plano de existencia. Paladine y Gilean creen que, si podemos cogerlo en este plano y derrotarlo, Caos se verá forzado a abandonar la batalla y cerrar la fisura para que no lo consuma también a él.

—¿Y cómo lo combato? ¿Qué armas debo utilizar?

—Un grupo de caballeros equipados con las famosas Dragonlances debe entrar en el Abismo y enfrentarse a Caos y a sus legiones. Tienen que cabalgar hacia allí sabiendo que no regresarán, sabiendo que sus muertes pueden ser en vano.

Steel se quedó callado, irresoluto, indeciso; en su interior se sostenía una clamorosa batalla, una batalla que libraba constantemente desde el día de su nacimiento. Permaneció inmóvil bajo la luz de la antorcha, bajo el cielo sin estrellas, con la cabeza inclinada mientras las fuerzas combatientes chocaban, ambos bandos hiriéndolo, haciendo de su alma un devastado campo de batalla.

—¡Señor! Brightblade, ¿te encuentras bien?

Steel levantó el brazo y lanzó un golpe. Estaba agotado por la lucha, dolorido por las heridas. Y se sentía furioso por verse obligado a tener que pasar por esto.

—¡Dejadme en paz! —gritó.

—Sí, señor. —El caballero, sobresaltado, retrocedió un paso—. Lo lamento, sólo quería informar...

—No, espera...

Steel parpadeó y miró a su alrededor. En el primer momento no supo dónde se encontraba, cómo había llegado aquí. Vio el cadáver de su señor, y el recuerdo volvió a él. Suspiró. Tenía la Joya Estrella que llevaba al cuello aferrada con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos.

Abrió la mano, soltó la joya, y volvió a guardarla debajo del peto. Se enjugó el sudor del rostro. El calor de la noche era más intenso, más opresivo que durante el día. Ello y el propio agotamiento habían hecho que se quedara dormido de pie.

—Lo siento, debo de haber dado una cabezada. Me sobresaltaste. —Steel se obligó con un gran esfuerzo de voluntad a prestar atención—. Dame tu informe.

—No hay señales del enemigo, señor, ni de nadie. Es decir, de nadie vivo. No hay supervivientes. Los heridos... —El hombre tragó saliva—. Los heridos fueron masacrados en sus camas... No tuvieron la menor oportunidad.

Steel iba a encomendar sus almas a Takhisis, pero se tragó las palabras.

—¿Algo más? —preguntó con cansancio.

—Hay una buena noticia, señor. Hemos encontrado unos pocos dragones azules vivos. Habían recibido orden, como nosotros, de mantenerse al margen de la batalla. Y algunos dragones plateados se unieron a ellos. Al parecer, llegaron tarde. Estaban en el Monumento del Dragón Plateado, guardando la tumba de Huma, cuando recibieron órdenes de venir a la Torre del Sumo Sacerdote.

—¿Ordenes? ¿Quién se las dio?

El caballero miró a Steel fijamente.

—Afirman que fue el propio Huma, señor —respondió.

—¿Tienes algo más que informar? —inquirió Steel tras sacudir la cabeza.

—Todas las armas están rotas, destruidas, con una excepción. Encontramos un montón de lanzas. Parecen Dragonlances. Habían sido amontonadas ordenadamente contra la pared, allí, junto a la escalera, señor.

—Dragonlances. —Steel miró al hombre de hito en hito—. ¿Estás seguro?

—Bueno, señor, en realidad, no. Ninguno de nosotros había visto una, pero concuerdan con las descripciones que hay de ellas.

—¿Dónde dices que están? —preguntó Steel, sintiendo un escalofrío a pesar del calor—. Llévame allí.

—Sí, señor, por aquí.

El caballero condujo a su oficial a través de los corredores del acceso a la Cámara de Paladine. Un fuerte resplandor blanco fluía del nivel inferior.

—Fue el brillo lo que atrajo nuestra atención, señor. Pensamos que quizás había alguien abajo, pero lo único que encontramos fueron las lanzas.

Steel bajó la escalera, recordando perfectamente el día en que había descendido por estos mismos peldaños en compañía de Caramon Majere y Tanis el Semielfo para rendir homenaje a su padre.

Todos los caballeros de su garra estaban reunidos aquí, rodeados de sepulcros y polvo. Daba la impresión de que la cámara estuviera extrañamente desierta, aunque no parecía que se hubiera alterado la paz de los que descansaban en ella. Quizá las almas de los muertos en épocas anteriores se habían levantado para sumarse a la batalla. Las lanzas, su plata reluciendo a la luz de las antorchas, estaban colocadas ordenadamente contra la pared. Los caballeros negros se mantenían alejados, manteniendo las distancias, mirándolas con desconfianza e incertidumbre mientras cuchicheaban entre ellos.

¿Eran éstas las famosas Dragonlances forjadas de plata mágica por Theros Ironfeld, el del Brazo de Plata? ¿Eran éstas las armas que habían contribuido a derrotar a la Reina Oscura? En caso afirmativo, ¿cómo era que las lanzas estaban en el mausoleo y por qué? Ningún seguidor de Takhisis podría tocar la armas, bendecidas por Paladine y dedicadas a su servicio.