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Los paladines oscuros montaron en los dragones azules que habían sido dejados en reserva.

Steel sufrió una desilusión al no encontrar a Llamarada entre ellos. Los reptiles no tenían idea de dónde se encontraba su compañera, que se había encolerizado cuando llegaron las órdenes de que no tomarían parte en la lucha. Había estado a punto de alcanzar al oficial con el rayo de su aliento mortífero, había hecho volar un gran fragmento de roca de la ladera de la montaña, y después, irascible, se había marchado. Ninguno sabía dónde, pero suponían que había desobedecido las órdenes y había ido a combatir por su cuenta.

Steel buscó entre los cuerpos de los dragones muertos confiando en encontrar a Llamarada para poder rendirle honores antes de partir. Su búsqueda fue precipitada, obligado por la necesidad, y no fue capaz de encontrar el cadáver de la hembra de dragón entre los azules caídos. Llegó a la conclusión de que su cuerpo yacía en algún punto de los bosques, entre las rocas de las montañas Vingaard.

Estaba a punto de montar en la silla de un dragón azul que le era desconocido cuando sonó una furiosa llamada desde lo alto. Con las alas levantando nubes de polvo, Llamarada descendió del cielo y aterrizó justo delante del otro dragón. Mientras avanzaba hacia el extraño, su cuello se arqueó en un gesto de desafío, sus alas se extendieron y su cola restalló.

—¡Éste es mi caballero! —siseó Llamarada—. ¡No vuela hacia la batalla con nadie excepto conmigo!

Steel se apresuró a intervenir antes de que estallara la lucha, ya que el azul que iba a montar no tenía intención de ceder. El caballero pidió con amabilidad al dragón macho que se uniera con los otros que volaban sin jinete. El reptil accedió con actitud estirada, dejando claro que estaba ofendido. Llamarada no atacó al extraño una vez que Steel le pidió que se marchara, pero no pudo evitar darle un mordisco en la cola cuando se alejaba.

La hembra de dragón y su jinete se saludaron, jubilosos, los dos muy complacidos de ver que el otro seguía vivo y, aparentemente, ileso.

—Los otros azules dijeron que te marchaste enfurecida —dijo Steel—. ¿Dónde has estado? ¿Adónde fuiste?

Llamarada ladeó la testa; su cresta azul relució con la luz de las antorchas.

—Fui a ver esa grieta de la que todo el mundo hablaba para comprobar por mí misma si era cierto o no. Admito —añadió al tiempo que lanzaba una mirada de soslayo a los dragones plateados— que creía que era un truco. —Agachó la cabeza y su voz se hizo más profunda:— No es ningún truco, Steel. Una espantosa batalla se libra en el Abismo. He estado allí y lo he visto.

—¿Cómo marcha la guerra?

—Nuestra reina huyó. —Sus ojos centellearon—. ¿Lo sabías?

—Sí, lo sabía. —La voz de Steel sonaba suave, severa.

—Algunos de los dioses se marcharon con ella: Hiddukel fue el primero en seguirla. Zivilyn partió argumentando que había visto todos los finales posibles y tenía miedo de influir en el resultado si se quedaba. Gilean está sentado, escribiendo en su libro, el último volumen. Los otros dioses siguen combatiendo, dirigidos por Kiri-Jolith y Sargonnas, pero, al estar en el mismo plano inmortal con Caos, poco pueden hacer contra Él.

—¿Y nosotros podemos? —preguntó Steel.

—Sí, por eso vine a decírtelo, pero —Llamarada echó una rápida ojeada a los caballeros montados— parece que ya lo sabéis.

—En efecto, aunque me alegro de que hayas confirmado esa información.

Steel subió a lomos de Llamarada, levantó el estandarte de los Caballeros de Takhisis, la bandera con el lirio de la muerte y la calavera. Los Caballeros de Solamnia enarbolaron su propio estandarte, decorado con el martín pescador sosteniendo en una garra la rosa y en la otra, la espada. Las banderas colgaban lacias, fláccidamente, en la asfixiante y cargada atmósfera de la noche.

Nadie lanzó vítores. Nadie habló. Cada hombre echó una última y larga mirada al mundo que sabía no volvería a ver jamás. Los Caballeros de Solamnia inclinaron su estandarte en homenaje a la Torre del Sumo Sacerdote. Steel hizo otro tanto en homenaje a los muertos.

Los dragones remontaron el vuelo, llevando a sus jinetes hacia el vacío cielo sin estrellas, sin dioses.

39

El regalo. Instrucciones

—¿A qué estamos esperando? —demandó Usha, nerviosa e irritable—. ¿Por qué no vamos a alguna parte y hacemos algo?

—Pronto, muy pronto —rezongó Dougan.

—Estoy de acuerdo —dijo Tasslehoff, que paseaba de un lado para otro, desalentado, arrastrando los pies y levantando nubes de ceniza con las botas—. Las cosas se pusieron muy feas cuando esos pachones pulgosos de sombras intentaron atraparnos. Ojo, no estaba asustado. No era realmente miedo, pero me dio no sé qué verme plantado frente a mí cuando sabía que no estaba allí. Que no era yo, quiero decir. Y después oírme decir esas cosas tan feas a mí mismo, todo ese rollo de que no era nada. Cuando no lo era, ya sabes.

Palin se estremeció.

—No hablemos más de ello —pidió—. Estoy de acuerdo con Usha. Deberíamos estar haciendo algo.

—Pronto, muy pronto —repitió el enano, pero no se movió.

Dougan estaba sentado en un tocón quemado, abanicándose con el sombrero. Tenía un aspecto solemne y preocupado, y parecía estar en otro sitio. Ladeaba la cabeza, como si escuchara atentamente, y escudriñaba al frente, como si observara intensamente algo. Una vez, gimió y se cubrió la cara con la mano, como si no pudiera soportar lo que estuviera viendo y oyendo.

Los otros tres lo contemplaban con ansiedad, y seguían haciendo preguntas que no recibían respuesta. Por fin, se dieron por vencidos. Usha y Palin se sentaron juntos, agarrados de la mano y hablando en voz baja. Tas, protestando que la ceniza lo hacía toser, empezó a revolver en sus saquillos.

—Ya está —dijo Dougan al tiempo que se incorporaba de un salto tan repentinamente que los sobresaltó a todos—. Están de camino. Debemos ir hacia allí para reunimos con ellos.

—Todavía no —manifestó una voz—. Todavía no.

Raistlin se materializó en el centro del círculo de los siete pinos, cerca del altar destrozado.

—¡Estupendo! —rezongó Dougan, que miraba al archimago no muy complacido—. Es lo único que nos faltaba.

Echó a andar hacia él pisando fuerte, dando patadas a los trozos de árbol con irritación. Raistlin lo observaba con una sonrisa divertida en sus finos labios.

—¡Tío! —exclamó Palin con alegría—. ¿Qué noticias nos traes? ¿Viste a las criaturas que nos atacaron? —Echó a andar hacia Raistlin para reunirse con él.

Usha lo siguió de mala gana.

—¡Eh, esperadme! —gritó Tas, pero en ese momento algo volcó todos sus saquillos, desparramando lo que contenían, y se vio obligado a agacharse y gatear para volver a recogerlo todo.

Palin y Dougan entraron en la pinada. Usha se quedó más atrás, tímidamente, aunque Palin había intentado tirar de ella para que siguiera andando.

—Ve a hablar con tu tío —le había dicho, apartando su mano de la de él—. Esto es importante, y yo sólo estaría estorbando.

Raistlin observaba la escena, y sus dorados ojos se estrecharon en un gesto impaciente, desdeñoso. Palin, desasosegado, con la sensación de que, de algún modo, había traicionado la confianza de su tío, se había alejado de Usha sin decir nada más para dirigirse presuroso hacia la pinada.

Raistlin miró a su sobrino fijamente.

—Estuviste a punto de fracasar. —Su mirada fue hacia el punto donde Palin había estado de pie cuando los seres de sombras atacaron.

—L... lo siento, tío. —Palin enrojeció—. Era... tan horrible y... tan extraño y... —Su voz se apagó, falta de convicción.