—Quizás estabas distraído, sin poder concentrarte. —La fría mirada del archimago fue hacia Usha, y el sonrojo de Palin se acentuó.
—No, tío, no creo que fuera eso. Los... —Sacudió la cabeza y se irguió, mirando directamente a Raistlin a los ojos—. No tengo excusa, tío. De no ser por Usha, me habría vuelto lo que la criatura me dijo que era: nada. Pero no volverá a ocurrir, te lo prometo.
—Se dice que aprendemos más de nuestros errores que de nuestros aciertos. Espero que este proverbio sea cierto en tu caso, sobrino, por el bien de todos nosotros. Se te va a confiar algo de una enorme responsabilidad. Muchas vidas están en juego.
—No te fallaré, tío.
—No te falles a ti mismo. —La mirada de Raistlin fue de nuevo hacia Usha, que buscaba refugio en la sombra de uno de los pinos quemados.
—Basta de tonterías —gruñó Dougan—. A mi modo de ver, el chico se portó bastante bien, archimago, considerando su edad y su inexperiencia. Y si estaba un poquito distraído por su amor hacia la muchachita, también fue el amor de ella el que lo salvó al final. ¿Dónde estarías ahora, Raistlin Majere, si hubieras considerado el amor como una fuerza, no como una debilidad?
—Probablemente sentado en la cocina de mi hermano, haciendo salir monedas de oro de mi nariz para diversión de la chiquillería —replicó el archimago—. Lo di todo por la magia, y nunca me defraudó. Fue amante, esposa e hija...
—Incluso mataste a tu propio hermano por ella —señaló Dougan.
—Sí, es lo que creí haber hecho durante la Prueba —contestó Raistlin tranquilamente—. Como dije antes, aprendemos de nuestros errores. Basta ya de palabrería. El tiempo se nos está acabando... literalmente. Dalamar regresó a la torre. Sus aventuras fueron muchas y peligrosas, y no desperdiciaré el poco tiempo que queda detallándolas. Caos ha sido obligado a manifestarse en este plano de existencia. Ha adoptado forma física, y eso lo hace vulnerable.
—Tan vulnerable como una montaña para un gully con un zapapico —rezongó Dougan.
—No he dicho que fuera fácil derrotarlo. —Raistlin lanzó una mirada despectiva al enano—. Pero en la roca hay una falla.
—Sí, lo sé —suspiró Dougan.
—Entonces ¿sabes lo que hay que hacer?
—Sí, eso también lo sé. —Dougan cambió el peso de un pie a otro, nervioso—. Me ocuparé de ello.
—¿Y nosotros qué hacemos, tío? —preguntó Palin.
—Tú tienes que ir al Abismo, y allí reunirte con Steel Brightblade y un reducido grupo de caballeros que han aceptado el desafío de combatir contra Caos y sus hordas. Los caballeros necesitan un mago, y ése serás tú, sobrino.
—Los caballeros no confían en los magos —dijo Palin—. No me aceptarán.
—Tendrás que convencerlos de lo contrario. No quiero mentirte, sobrino. Ésta es la principal razón por la que se te envía a ti y no a otro mago más poderoso. Eres el único hechicero al que tu primo Steel tomaría siquiera en consideración aceptar.
—Iré, tío, y haré cuanto esté en mi mano —declaró el joven, que añadió tristemente:— Pero no creo que pueda ser de mucha ayuda en la lucha contra Caos con unos cuantos pétalos de rosa y una bola de guano de murciélago.
—Te sorprendería lo que se puede conseguir con esas cosas —comentó Raistlin, que esbozó una breve sonrisa—. Sin embargo, te equiparemos con mejores armas. El Cónclave te envía esto, un regalo.
El archimago extendió las manos y apareció un libro, materializándose en el aire cargado de ceniza. Era un tomo viejo y muy desgastado, y sus páginas estaban tiesas y quebradizas. La encuademación de cuero rojo estaba agrietada, y la inscripción de la portada, originalmente estampada en pan de oro, apenas era perceptible. Sólo quedaba la marca hueca de la impresión, cubierta de polvo y telarañas, que rezaba: Magius.
Raistlin entregó el libro a Palin.
El joven lo cogió en actitud reverente, temblando. Maravillado, miró de hito en hito el nombre de la portada.
—El libro de hechizos más valorado de la colección del Cónclave —dijo el archimago—. Sólo a los que han alcanzado los rangos más altos se los ha autorizado a leer este libro, aunque nunca se había permitido sacarlo de la Torre de Wayreth. Son contadas las personas que conocen la existencia del libro de hechizos de Magius, el mayor hechicero guerrero que jamás ha existido.
»Se entrenó con Huma, aunque en secreto, porque, en caso contrario, la antigua orden de los caballeros nunca lo habría permitido. Desafiando todas las reglas, luchó abiertamente al lado de Huma. Sus hechizos eran de combate y para contrarrestar otros conjuros. Te harán falta, pero son complejos, difíciles, y no dispondrás de mucho tiempo para aprenderlos de memoria. Requerirán tu absoluta concentración.
Los ojos de Raistlin fueron hacia Usha, que había salido un poco de detrás del árbol.
Palin, incómodo, siguió la mirada de su tío. Guardó silencio un instante, y luego, tendiendo su mano hacia la muchacha, dijo en voz baja:
—Sé a lo que te refieres, tío. No quiero enfadarte, pero no renunciaré a ella. Sé que es tu hija, y que nunca podremos ser más el uno para el otro de lo que somos ahora. Su amor es una bendición que será mi armadura, mi escudo... incluso en el Abismo.
Usha enlazó su mano con la de Palin, manteniendo agachada la cabeza, y la estrechó con fuerza.
—Espero que lo entiendas, tío —dijo el joven mago, respetuosamente.
En los dorados ojos del archimago hubo un destello.
—Quizá mejor de lo que imaginas, sobrino. Pero vamos, es la hora. Ya tienes el libro de hechizos. Ponte aquí, junto al altar, y serás transportado al Abismo. El Portal está abierto de par en par ahora, puesto que su majestad ya no necesita guardarlo.
Palin abrazó a Usha y la besó en la mejilla. La muchacha se aferró a él un instante, susurrándole unas palabras de amor y despedida, y después lo soltó. Palin caminó hacia el destrozado altar con el Bastón de Mago en una mano y el libro de hechizos de Magius en la otra.
—¿Es Dalamar el que realiza el conjuro? —preguntó Palin de repente al recordar las palabras ominosas de su tío.
—Es posible que Dalamar ni siquiera siga con vida en este momento —respondió Raistlin fríamente—. Es Dunbar Mastermate quien se ocupa ahora de los conjuros. Adiós, sobrino, que los dioses, los que quedan, te acompañen.
Dougan agitó su sombrero.
—¡Hiere a Caos! —gritó el enano—. ¡Es lo único que tienes que hacer, chico! ¡Sólo herirlo!
La magia empezó a funcionar, levantando a Palin en el aire y remontándolo rápidamente, flotando como un ave marina en una galerna.
Usha, Raistlin y Dougan se quedaron en la pinada, cerca del altar roto.
—Nunca lo volveré a ver. —Los ojos de la muchacha estaban llenos de lágrimas.
—Oh, pues yo creo que sí lo verás, mi querida hija —dijo Raistlin, curvando los labios en una mueca burlona.
—No tienes por qué ser sarcástico —manifestó Usha en voz queda—. Le diré la verdad. Iba a hacerlo en Palanthas. —Sacudió la cabeza—. Pero fui incapaz.
—Probablemente es lo mejor que pudo ocurrir —repuso el archimago fríamente—. Entonces sí que le habría resultado difícil concentrarse.
—Me odiará por mentirle. Ya no querrá tener nada que ver conmigo.
—Lo dudo mucho, pequeña. Palin es como su padre. Posee una gran capacidad para amar... y para perdonar. —Raistlin metió las manos en las mangas de la túnica—. Y ahora he de volver a la torre, al estanque de la Cámara de Visión. Adiós, Usha, que significa «el alba». Esperemos que tu nombre sea profetico. —Levantó la cabeza y habló al aire cargado de ceniza:— Estoy dispuesto, Mastermate. Cuando quieras.
Usha, que ya no le tenía miedo, lo vio marcharse. Le diría la verdad a Palin. Con suerte, la amaría lo bastante para comprender, para perdonarla. A la muchacha le costaba creer que alguien la amara hasta ese punto. Prot sí lo había hecho, pero ninguno de los otros irdas. Siempre había sido una decepción para ellos. Fea. La fea niña humana. Esa era la razón por la que había empezado a mentir, y luego había sido incapaz de pararlo. No podía soportar ver la decepción en los ojos de su Protector... Dougan le tiró de la manga.