Flint miró fijamente al árbol, a la forja, al kender, y, por último, a la frasca.
Sobre todo a la frasca.
El enano se rascó la cabeza.
—Por Reorx —masculló—, no me vendría mal un traguito. Sólo para calentarme, no creas. Supongo que le pagaste a Caramon, ¿no?
Flint cogió la frasca, la destapó y olisqueó con ansia.
—Pienso hacerlo —contestó Tas mientras se recostaba con la cabeza apoyada en la mochila—. La próxima vez que pase por allí. Bueno, ¿dónde me había quedado? Ah, sí. La famosa Cuchara Kender de Rechazo. Bien, pues, verás, estaba aquel espectro, y...
El kender siguió parloteando. Flint probó el brandy, lo encontró de su agrado, y dio varios traguitos, tras lo cual se guardó la frasca en el bolsillo de la cadera.
Había tiempo de sobra para reunirse con Tanis y los demás. Toda una eternidad, para ser exactos.
—Quizás encienda ese fuego, después de todo —decidió Flint—. Cualquier cosa con tal de no escuchar la cháchara de un kender cabeza hueca.
El enano recogió leña, atizó la forja, y se prendió una chispa. Flint empezó a mover el fuelle, cuyo aliento avivó la chispa, haciéndola llama.
El fuego de la forja no tardó en arder alegremente, calentando al enano, al kender y al árbol.
Flint se sentó, y decidió echar otro trago de brandy para ver si estaba tan bueno como le había sabido la primera vez.
Lo estaba.
Le tendió la frasca a Tas, que bebió un poco y se la devolvió al enano.
El fuego de la forja se hizo más fuerte y más brillante.
Y en el cielo nocturno de Ansalon brilla una nueva estrella; una estrella roja, que permanecerá para siempre fija e invariable, una señal de que, incluso en la Era de los Mortales, la humanidad no está sola.