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El rasgo más extraño del planeta era su falta de relieve. Desde el espacio parecía una bola de billar ligeramente mellada. Nuestro físico, el teniente Gim, explicó su condición relativamente prístina señalando que, por su órbita anómala, más adecuada para un cometa, debía haberse pasado la existencia como planeta vagabundo, paseando a solas por el espacio interestelar. Era muy probable que nunca hubiese recibido el impacto de un meteorito de gran tamaño hasta caer bajo el liderazgo de Sade-138 y verse obligado a compartir el espacio con los desechos estelares que éste reunía a su alrededor.

Dejarnos en órbita a la Masaryk II (podía descender, pero eso habría restringido su visibilidad y su tiempo de huida); por medio de los cinco destructores transportamos a la superficie todos los materiales de construcción.

Nos resultó muy grato salir de la nave, aunque el planeta no era precisamente acogedor. La atmósfera estaba constituida por un ligero viento dé helio e hidrógeno, demasiado frío, aún a mediodía, como para permitir la existencia de cualquier otra sustancia que no estuviera en estado gaseoso.

El «mediodía» correspondía al momento en que S Doradus llegaba al cénit, bajo la forma de una diminuta chispa, dolorosamente luminosa. La temperatura descendía lentamente durante la noche, bajando de 25 grados a 17 grados Kelvin; eso causaba algunos problemas, pues antes de la aurora el hidrógeno del aire comenzaba a condensarse; todo se tornaba entonces tan resbaladizo que no se podía hacer absolutamente nada, salvo sentarse a esperar. Al alba surgía un débil arco iris de color pastel, único alivio a la monotonía blanca y negra de aquel paisaje.

El suelo era traicionero; estaba cubierto por pequeños fragmentos granulares de gas congelado que giraban lenta, incesantemente bajo aquella anémica brisa. Era necesario caminar despacio, bamboleándose, a fin de mantenerse en pie. De las cuatro personas que murieron durante la construcción de la base tres fueron víctimas de simples caídas.

Mi decisión de construir la defensa antiaérea antes de edificar los cuarteles no despertó en las tropas la menor alegría. Sin embargo, las cosas se hicieron de acuerdo a los manuales; se concedía a los soldados dos días de reposo a bordo por cada «día» de trabajo en el planeta…, cosa no demasiado generosa, debo admitirlo, puesto que los días de a bordo tenían veinticuatro horas y las jornadas del planeta, en cambio, 38,5 horas de sol a sol.

La base estuvo terminada en menos de cuatro semanas; resultó ser una estructura realmente formidable. El perímetro, un círculo que medía un kilómetro de diámetro, estaba custodiado por veinticuatro cañones de rayos láser bevawatt que disparaban automáticamente en la milésima parte de un segundo; cualquier objeto relativamente grande que apareciera entre el perímetro y el horizonte los ponía en funcionamiento. A veces, cuando el viento venía de cierta dirección y la tierra estaba húmeda de hidrógeno, los pequeños fragmentos helados se unían en una bola de nieve que echaba a rodar. Pero nunca llegaba muy lejos.

Para protección inmediata, antes de que el enemigo apareciera en el horizonte, la base fue construida en el centro de un gran campo minado. Las minas enterradas detonaban ante cualquier distorsión importante del campo gravitatorio locaclass="underline" bastaría que un taurino se aproximara a unos veinte metros de cualquiera de ellas para hacerlas detonar. Eran dos mil ochocientas, en su mayor parte bombas nucleares de cien microtones. Cincuenta de ellas eran artefactos taquiónicos de poder devastador. Todas estaban esparcidas al azar en un anillo que se extendía desde el límite de efectividad de los rayos láser hasta cinco kilómetros más allá.

En el interior de la base confiábamos en la protección de los rayos individuales, las granadas microtónicas y un lanzador de cohetes a repetición, de propulsión taquiónica, que nunca había sido ensayado en combate; cada pelotón disponía de uno de ellos. Como último recurso instalamos el campo de estasis junto a los alojamientos. En el interior de su opaca cúpula gris depositamos armas paleolíticas en cantidad suficiente para rechazar a la Horda de Oro, y un pequeño crucero para el caso de que perdiéramos todas nuestras naves durante la batalla. Con ese vehículo doce personas podrían volver a Puerta Estelar. Era preferible no pensar en que, mientras tanto, los otros sobrevivientes deberían quedarse cruzados de brazos a la espera de refuerzos o de la muerte.

Los alojamientos y las instalaciones de administración estaban bajo tierra para protegerlos del alcance de las armas directas. Eso no levantaba mucho el ánimo; todos esperaban turnos para salir al exterior, aunque fuera para realizar tareas agotadoras o arriesgadas. Yo había prohibido que los soldados salieran a la superficie en el tiempo libre, tanto por el peligro involucrado como por los problemas administrativos que representaba el tener que verificar continuamente el equipo y la presencia o ausencia de los soldados.

Al final me vi obligado a ceder y permití que todos salieran durante algunas horas a la semana.

No había nada que ver, con excepción de la planicie yerma y el cielo, dominado por S Doradus durante el día y por el enorme óvalo difuso de la galaxia por las noches; de cualquier modo era mejor que contemplar las rocas fundidas de las paredes y el techo.

Uno de los deportes favoritos era alejarse hasta el perímetro y arrojar bolas de nieve frente a los artefactos de láser, para ver hasta dónde se podía reducir el tamaño de la bolita sin que el rayo dejara de funcionar. En mi opinión eso era tan divertido como contemplar el goteo de un grifo, pero no causaba ningún daño, puesto que las armas sólo disparaban hacia el exterior y disponíamos de energía en abundancia.

Durante cinco meses las cosas marcharon bastante bien. Los problemas administrativos que se presentaban eran similares a los que habíamos enfrentado ya en la Masaryk II: había menos peligro allí, en esa vida de apacibles trogloditas, que en saltar de colapsar en colapsar, al menos mientras no se presentara el enemigo.

Cuando Rudkoski volvió a montar su alambique opté por mirar hacia otro lado. Cualquier cosa que quebrara la monotonía del cuartel recibiría la bienvenida; además, aquellos bonos no sólo proporcionaban bebidas a la tropa: también servían para apostar. Intervine tan sólo en dos aspectos: nadie podía salir a menos que estuviera completamente sobrio y nadie podía vender favores sexuales. Tal vez se debía a algún puritanismo latente en mí, pero también eso estaba en el manual. La opinión de los especialistas de apoyo estaba dividida: el teniente Wilber, oficial psiquiatra, estaba de acuerdo conmigo; los consejeros sexológicos, Kajdi y Valdez, se declaraban en desacuerdo, pero probablemente había dinero en juego, ya que eran «profesionales» residentes.

Tras cinco meses de rutina cómoda y aburrida se presentó el caso del recluta Graubard.

Por razones obvias no se permitía la presencia de armas en los alojamientos. Dado el adiestramiento recibido por los soldados, hasta una pelea con los puños podía representar un duelo a muerte, y los temperamentos estaban irritables. Tal vez cien personas normales se habrían matado unas a otras en una sola semana, pero aquélla era gente escogida por su capacidad de soportar el confinamiento.

Sin embargo las peleas menudeaban. Graubard estuvo a punto de matar a Schon, su ex amante, porque éste le había hecho una mueca mientras hacían cola para comer. Se le condenó a una semana de arresto solitario (también a Schon, por haber precipitado los acontecimientos); después se le trasladó a apoyo psiquiátrico y se aplicaron castigos. Más tarde le transferí al cuarto pelotón para que no alternara diariamente con Schon.

La primera vez que se cruzaron en los pasillos, Graubard saludó a Schon con un salvaje puntapié en la garganta. Diana tuvo que arreglarle la tráquea. Graubard sufrió entonces un arresto más prolongado, recibió más tratamiento y más castigos (¡demonios, era imposible asignarlo a otra compañía!), tras lo cual se comportó debidamente durante un par de semanas. Combiné trabajo y horarios para comer de modo tal que no estuvieran jamás en la misma habitación. Pero volvieron a encontrarse en un corredor, y en esa oportunidad los resultados fueron más equilibrados: Schon salió con dos costillas quebradas, pero Graubard perdió cuatro dientes y un testículo.