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De pronto la puerta de la enfermería se abrió ruidosamente para dar paso a un paciente acostado en una camilla. Diana corría al lado, presionando el pecho del hombre, en tanto un recluta empujaba desde atrás. Los otros dos reclutas que les seguían permanecieron en la entrada.

—Junto a la pared —ordenó ella.

Era Graubard.

—Trató de matarse —explicó Diana, aunque era bastante obvio—. Paro cardíaco.

Había hecho un lazo corredizo con el cinturón, que aún le colgaba del cuello. En la pared había dos grandes electrodos con manivelas de goma. Diana los tomó con una mano mientras con la otra abría la túnica de Graubard.

—¡Quita las manos de la camilla!

Separó los electrodos, pulsó una llave y los presionó contra el pecho del paciente. Se oyó un zumbido sordo y olor a carne quemada. El cuerpo de Graubard se estremeció violentamente. Diana meneó la cabeza.

—Prepárate para abrir —indicó a Jarvil—. Haz que Doris baje en seguida.

El cuerpo emitía un barboteo mecánico, parecido al de las tuberías de agua. Diana apagó la corriente y dejó caer los electrodos. Después se quitó un anillo y cruzó el cuarto para introducir los brazos en el esterilizador. Mientras tanto Jarvil comenzó a frotar un líquido maloliente sobre el pecho del hombre.

Había una pequeña marca roja entre las dos quemaduras causadas por los electrodos. Tardé un momento en comprender de qué se trataba, precisamente antes de que Jarvil la borrara. Me aproximé un poco más y examiné el cuello de Graubard.

—Sal de ahí, William; tú no estás esterilizado.

Diana palpó la clavícula, bajó el bisturí unos centímetros y efectuó una incisión desde allí hasta el extremo del esternón. La sangre brotó profusamente; Jarvil le alcanzó un instrumento que parecía un par de tijeras cortapernos. Aunque aparté la vista no pude dejar de oír el crujido con que aquello rompió las costillas. Diana pidió retractores, esponjas y muchas cosas más, mientras yo regresaba a mi asiento. Por el rabillo del ojo la vi trabajar dentro del tórax, masajeando directamente el corazón. Charlie, que parecía sentirse tan mal como yo, exclamó:

—¡Eh, Diana, te vas a agotar!

Ella no respondió. Jarvil había acercado el corazón artificial y sostenía dos tubos. Le vi tornar un escalpelo y aparté la vista.

Media hora después seguía sin dar señales de vida. Apagaron la máquina y le cubrieron con una sábana. Diana se lavó la sangre de los brazos, diciendo:

—Voy a cambiarme. Volveré dentro de un minuto.

Me levanté y la seguí hasta su cubículo, que estaba junto a la enfermería: necesitaba enterarme. Al levantar la mano para llamar a la puerta sentí un súbito dolor, como si me la hubieran cruzado con una raya de fuego, y tuve que llamar con la izquierda. Ella abrió inmediatamente.

—¿Qué…? Oh, quieres algo para esa mano. Pídeselo a Jarvil.

Estaba a medio vestir, pero no revelaba timidez.

—No, no he venido por eso. ¿Qué ha pasado, Diana?

—Bueno, te diré…

Al pasarse la túnica por la cabeza, su voz sonó más ahogada por un momento.

—Creo que fue culpa mía —explicó—. Le dejé solo por un momento.

—Y él trató de ahorcarse.

—Exacto —respondió ella, mientras tomaba asiento en la cama y me ofrecía la silla—. Salí para ir al cuarto de baño. Cuando volví estaba muerto. Mientras tanto había indicado a Jarvil que bajara para vigilar a Hilleboe, pues no quería dejarla tanto tiempo sin vigilancia.

—Pero… Diana, no tiene marcas en el cuello. Ni cardenales, ni nada.

—No murió ahorcado —respondió ella, encogiéndose de hombros—, sino de un ataque al corazón.

—Sí, pero alguien le puso una inyección. Directamente al corazón.

Ella me echó una mirada de curiosidad.

—Fui yo, William. Adrenalina. Es lo que se hace comúnmente.

Esas marcas rojas se producen cuando uno se aparta bruscamente del proyector al recibir la inyección. De lo contrario la medicina pasa directamente por los poros sin dejar marcas.

—¿Ya estaba muerto cuando se la pusiste?

—Ésa es mi opinión profesional —(¡qué cara de piedra!)—. No había pulso, respiración ni latidos. Hay muy pocas afecciones que presenten los mismos síntomas.

—Aja. Ya veo.

—¿Hay algo que…? ¿Qué ocurre, William?

O bien yo había tenido una suerte increíble o bien Diana era muy buena actriz.

—No, nada. Sí, será mejor que pida algo para aliviar mi mano.

Abrí la puerta y agregué:

—Esto nos ahorra muchos problemas.

Ella me miró directamente a los ojos.

—Seguro.

En realidad no hice más que cambiar un problema por otro. Aunque la muerte de Graubard había sido presenciada por varios testigos desinteresados, circulaba el persistente rumor de que yo lo había hecho matar por la doctora Alserver… porque no había sabido hacerlo por mi cuenta y no quería molestarme en formar una corte marcial.

En verdad, según el Código Universal de «Justicia» Militar, Graubard no merecía juicio alguno. Bastaba con que yo dijera: «Usted, usted y usted. Llévense fuera a este hombre y mátenlo, por favor.» ¡Y pobre del recluta que se negara a cumplir la orden!

En cierto sentido aquello mejoró mi relación con las tropas. Al menos en lo exterior me mostraban más respeto. Pero parecía ese respeto barato que se demuestra a los rufianes peligrosos e imprevisibles. Mi nuevo apodo era «Asesino»; precisamente cuando me había acostumbrado al de «Viejo Maricón».

La base volvió rápidamente a su rutina de adiestramiento y espera. Yo aguardaba casi con impaciencia la aparición de los taurinos, siquiera para acabar con aquello de un modo u otro. Las tropas se habían adaptado a la situación mucho mejor que yo, por razones obvias. Debían cumplir tareas específicas y disponían de mucho tiempo para combatir el aburrimiento. Mis tareas, en cambio, eran más variadas, pero ofrecían poca satisfacción, pues los problemas que llegaban hasta mí eran aquellos en los que habían fracasado todos. Cuando había una solución grata o sencilla todo se resolvía en los grados inferiores.

Nunca me habían importado mucho los deportes o los juegos, pero entonces me volví hacia ellos más y más, como válvula de seguridad. Por primera vez en mi vida aquel ambiente claustrofóbico y tenso me impedía escapar por medio de la lectura o el estudio. Por lo tanto practicaba esgrima hasta cansarme con los otros oficiales, me agotaba en las máquinas de ejercicios y hasta tenía una cuerda para saltar en mi oficina. La mayor parte de los oficiales jugaba al ajedrez, pero casi siempre me ganaban; cuando por casualidad era yo el vencedor me daba la impresión de que mi adversario había perdido a propósito. Los crucigramas y otros juegos similares me resultaban difíciles debido a mi dialecto arcaico, y no disponía de tiempo ni de talento para estudiar el inglés «moderno».

Durante algún tiempo permití que Diana me diera drogas para levantar el ánimo, pero el efecto acumulativo resultaba aterrador: me estaba volviendo adicto a ellas, en una forma tan sutil que al principio no me di cuenta; al fin las dejé por completo. Traté de llevar a cabo algunas sesiones de psicoanálisis sistemático con el teniente Wilber, pero me fue imposible. Aunque él conocía todos mis problemas desde el punto de vista académico, parecíamos hablar distintos lenguajes culturales. Los consejos que me daba sobre el amor y el sexo equivalían a los que yo le habría podido dar a un siervo medieval para llevarse bien con su señor y su sacerdote.

Y en eso, a pesar de todo, radicaba mi problema. Yo habría podido soportar todas las presiones y frustraciones de la comandancia; no me habría importado estar encerrado en esa cueva, con gente que a veces me resultaba apenas menos extraña que el enemigo, y habría tolerado la cuasicertidumbre de morir dolorosamente por una causa indigna si Marygay hubiera estado conmigo. Aquella sensación era más y más intensa a medida que pasaban los meses.