– ¿El signore no le ofreció la oportunidad de marcharse? Después de todo, bien podría haber llamado a la policía.
Knoll pensó que una mentira sería mejor que la verdad.
– Lo que el signore quería en realidad era dispararme. Estaba armado.
– El periódico no menciona ese hecho -indicó Fellner.
– Buena prueba de la poca fiabilidad de la prensa -respondió Knoll con una sonrisa.
– ¿Y qué hay de la puta? -intervino Monika-. ¿También ella estaba armada?
Knoll se volvió hacia ella.
– No sabía que albergara tales simpatías hacia las mujeres trabajadoras. Ella conocía los riesgos, no tengo la menor duda, cuando convino en relacionarse con un hombre como Caproni.
Monika se acercó a él.
– ¿Te la follaste?
– Por supuesto.
La mirada de la mujer estalló en llamas, pero no dijo nada. Sus celos resultaban casi tan jocosos como sorprendentes. Fellner medió entre ambos, conciliador como era su costumbre.
– Christian, consiguió usted la fosforera. Se lo agradezco. Pero las muertes no hacen sino llamar la atención. Y eso es lo último que deseamos. ¿Y si consiguen rastrear su adn mediante el semen?
– No había más semen que el del signore. El mío acabó en el estómago de la mujer.
– ¿Y qué hay de las huellas?
– Llevaba guantes.
– Sé que es usted precavido y le estoy agradecido por ello. Pero soy un hombre mayor que no desea más que legar a mi hija cuanto he acumulado. No quiero que ninguno de nosotros termine entre rejas. ¿Ha quedado claro?
Fellner parecía exasperado. Ya habían tenido antes aquella discusión y Knoll detestaba sinceramente defraudarlo. Su empleador se había portado bien con él y había compartido de forma generosa la riqueza que meticulosamente habían acumulado. En muchos aspectos, era más su padre de lo que nunca había sido Jakob Knoll. Aunque Monika distaba mucho de ser su hermana.
Reparó en la mirada de ella. No había duda de que la conversación acerca del sexo y la muerte la excitaba. Era más que probable que lo visitara más tarde.
– ¿Qué descubrió en San Petersburgo? -preguntó por fin Fellner.
Knoll le informó acerca de las referencias a la yantarnaya komnata y entonces les mostró las hojas que había robado en los archivos.
– Resulta interesante que los rusos sigan inquiriendo acerca de la Habitación de Ámbar, incluso de forma tan reciente. Sin embargo, ese Karol Borya, Ýxo, es un dato nuevo.
– ¿«Oídos»? -Fellner hablaba ruso a la perfección-. Un extraño apelativo.
Knoll asintió.
– Creo que merece la pena realizar una visita a Atlanta. Quizá Ýxo siga vivo. Podría saber dónde está Chapaev. Es el único a quien no encontré hace cinco años.
– Creo que la referencia a Loring también lo corrobora -admitió Fellner-. Ya se ha topado dos veces con su nombre. Parece ser que los soviéticos estaban muy interesados en lo que Loring estaba haciendo.
Knoll conocía la historia. La familia Loring controlaba el mercado del acero y las armas en la Europa oriental. Ernst Loring era el principal rival de Fellner en la adquisición de tesoros. Era checo, el hijo de Josef Loring, y exudaba un aire de superioridad que llevaba cultivando desde su juventud. Como Pietro Caproni, sin duda se trataba de un hombre acostumbrado a salirse con la suya.
– Josef era un hombre muy decidido. Ernst, por desgracia, no heredó el carácter de su padre. Me da que pensar. Siempre ha habido algo que me ha preocupado respecto a él, esa irritante cordialidad que cree que yo acepto de buen grado. -Fellner se volvió hacia su hija-. ¿Qué te parece, liebling? ¿Debería marcharse Christian a América?
La expresión de Monika se endureció. En aquellos momentos era cuando más se parecía a su padre. Inescrutable. Reservada. Furtiva. No había duda de que en los años venideros lograría que el anciano se sintiese orgulloso.
– Quiero la Habitación de Ámbar.
– Y yo la quiero para ti, liebling. Llevo cuarenta años buscándola, pero nada. Absolutamente nada. Nunca he entendido cómo tantas toneladas de ámbar pudieron simplemente… desaparecer. -Fellner se volvió hacia Knoll-. Vaya a Atlanta, Christian. Encuentre a Karl Borya, a ese Ýxo. Compruebe qué es lo que sabe.
– Sabe usted que si Borya está muerto nos hemos quedado sin pistas. He consultado las depositarías en Rusia. Solo la de San Petersburgo contiene alguna información relevante.
Fellner asintió.
– Sin duda, el encargado de San Petersburgo está a sueldo de alguien. Volvió a prestar atención. Por eso me llevé las hojas.
– Lo que resultó inteligente. Estoy seguro de que Loring y yo no somos los únicos interesados en la yantarnaya komnata. Qué descubrimiento sería ese, Christian. Casi darían ganas de contárselo a todo el mundo.
– Casi. Pero el Gobierno ruso exigiría su devolución y de ser encontrada aquí, sin duda los alemanes la confiscarían. Se trataría de una excelente arma en la negociación sobre la devolución de los tesoros que los soviéticos se llevaron.
– Por eso debemos encontrarla nosotros -replicó Fellner.
Knoll lo miró fijamente.
– Por no mencionar la bonificación prometida…
El anciano rió entre dientes.
– Bien cierto, Christian. No lo he olvidado.
– ¿Una bonificación, papá?
– Diez millones de euros. Es una promesa de hace muchos años.
– Y yo la honraré -dejó claro Monika.
Vaya que si la honrarás, pensó Knoll.
Fellner se alejó del expositor.
– Ernst Loring estará con toda probabilidad buscando la Habitación de Ámbar. Bien podría ser el benefactor de ese tecnócrata de San Petersburgo. De ser así, ya sabe de la existencia de Borya. No debe retrasarse, Christian. Es necesario que vaya un paso por delante.
– Eso pretendo.
– ¿Puede manejar a Suzanne? -inquirió el viejo con una sonrisa maliciosa-. Se pondrá agresiva.
Knoll notó cómo Monika se encrespaba claramente ante aquella mención. Suzanne Danzer trabajaba para Ernst Loring. Poseía una vasta educación y una determinación que la llevaba a matar de ser necesario. Hacía solo dos meses había competido con Knoll en una carrera por el suroeste de Francia en busca de un par de coronas nupciales rusas del siglo xix. Más «hermoso botín» oculto durante décadas por los furtivos. Danzer había ganado la carrera. Había dado con las coronas enjoyadas en poder de una anciana de los Pirineos, cerca de la frontera española. Su marido las había liberado de un colaborador nazi después de la guerra. Danzer había sido implacable en la obtención del premio, un rasgo que Knoll admiraba profundamente.
– No esperaría menos de ella -dijo.
Fellner le ofreció la mano.
– Buena caza, Christian.
Este aceptó el gesto y se volvió para marcharse por donde había llegado. Un rectángulo vacío apareció en la piedra cuando la estantería que había al otro lado se abrió de nuevo.
– Y mantenme informada -le advirtió Monika.
11
Woodstock, Inglaterra
22:45
Suzanne Danzer se incorporó sobre la almohada. El joven veinteañero dormía como un tronco a su lado. Dedicó un momento a estudiar su esbelta desnudez. El joven proyectaba la seguridad de un caballo de exposición. Qué placer había sido tirárselo.
Se levantó de la cama y avanzó por el crepitante suelo de tarima. El dormitorio estaba a oscuras y se encontraba en la tercera planta de una mansión del siglo xvi, una hacienda propiedad de Audrey Whiddon. La anciana había servido durante tres legislaturas en la Cámara de los Comunes y había terminado por obtener el título de lady. Entonces aprovechó para comprar la mansión en la subasta que siguió al impago, por parte del anterior propietario, de la pequeña hipoteca. La vieja Whiddon visitaba el lugar en ocasiones, pero su principal residente era ahora Jeremy, su único nieto.