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Karol

Danya,

Hoy ha venido la kgb. Un gordo checheno que olía a alcantarilla. Me ha dicho que encontró mi nombre en los registros de la Comisión. Yo pensaba que el rastro sería demasiado antiguo y demasiado frío va como para poder seguirlo. Pero me equivocaba. Ten cuidado. Me preguntó si seguías vivo. Le dije lo de siempre. Creo que somos los dos únicos que quedamos entre los viejos. Tantos amigos muertos ya… Qué triste. Puede que tengas razón. Nada de cartas, por si acaso. Especialmente ahora que saben dónde me encuentro. Mi hija está a punto de dar a luz. Mi segundo nieto. Una niña, me han dicho. Ciencia moderna. Prefería cómo era antes, cuando se mantenía la duda hasta el final. Pero una niñita estaría muy bien. Mi nieto es toda una alegría. Espero que los tuyos estén bien. Cuídate, viejo amigo.

Karol

Querido Karol,

El recorte adjunto pertenece al periódico de Bonn. Yeltsin ha llegado a Alemania proclamando que sabe dónde está escondida la Habitación de Ámbar. Los periódicos y revistas se pusieron patas arriba con el anuncio. ¿Ha llegado hasta el otro lado del océano? Asegura que unos estudiosos han descubierto la información en los viejos registros soviéticos. La Comisión Extraordinaria para los Crímenes contra Rusia, nos llamó Yeltsin. ¡Ja! Lo único que consiguió ese estúpido fue sacar quinientos millones de marcos en ayudas a Bonn y después pidió disculpas y dijo que los registros no hacían referencia a la Habitación de Ámbar, sino a otros tesoros robados en Leningrado. Más mierda rusa. Rusos, soviéticos, nazis… Son todos iguales. El discurso actual sobre la restauración de la herencia rusa no es más que propaganda. Lo que hacen es vender nuestra herencia. Los periódicos se llenan todos los días con noticias sobre la venta de cuadros, esculturas y joyas. Están vendiendo nuestra historia de cualquier manera. Debemos mantener a salvo los paneles. Se acabaron las cartas, al menos durante un tiempo. Te agradezco la fotografía de tu nieta. Qué alegría debe procurarte… Salud, amigo mío.

Danya

Danya,

Espero que esta carta te encuentre con buena salud. Ha pasado demasiado desde la última vez que te escribí. He pensado que después de tres años es probable que sea seguro. No ha habido más visitas y he encontrado muy pocas informaciones referentes a los paneles. Desde nuestra última comunicación, mi hija y su marido se han divorciado. Se quieren, pero simplemente son incapaces de vivir juntos. Mis nietos están bien. Espero que los tuyos también lo estén. Los dos somos viejos. Sería bonito aventurarse y ver si los paneles siguen realmente ahí. Pero ninguno de los dos es capaz de acometer el viaje. Además, podría seguir siendo peligroso. Alguien aguardaba al acecho cuando Yancy Cutler estuvo haciendo preguntas acerca de Loring. Sé en lo más profundo que esa bomba no iba dirigida a un ministro italiano. Sigo doliéndome por los Cutler. Ya han muerto muchos buscando la Habitación de Ámbar. Quizá debería permanecer perdida. No importa. Ninguno de los dos podrá seguir protegiéndola mucho tiempo. Buena salud, viejo amigo.

Karol

Rachel,

Mi preciado tesoro. Mi única hija. Tu padre descansa ya en paz con tu madre. Sin duda estaremos juntos, ya que un Dios misericordioso no negaría a dos personas que se aman la posibilidad de vivir en dicha eterna. Me he decidido a escribir esta nota para decirte lo que probablemente debería haberte dicho en vida. Siempre has sabido de mi pasado, has conocido lo que hice para los soviéticos antes de emigrar. Robé obras de arte. No era más que un ladrón, aunque sancionado y animado por Stalin. En aquellos tiempos lo justificaba todo con mi odio hacia los nazis, pero estaba equivocado. Robamos muchas cosas a mucha gente en nombre de supuestas reparaciones. Lo que buscamos con más ahínco fue la Habitación de Ámbar. Nuestra por herencia, robada por los invasores. Las cartas adjuntas a esta nota narran parte de la historia de nuestra búsqueda. Mi viejo amigo Danya y yo hemos buscado muchísimo. ¿Que si la encontramos? Quizá. Ninguno de los dos llegó a ir al lugar para comprobarlo. En aquellos días había demasiados ojos atentos y, para cuando logramos estrechar el cerco, los dos comprendíamos ya que los soviéticos eran mucho peores que los alemanes. De modo que la dejamos en paz. Danya y yo juramos no revelar jamás lo que sabíamos, o quizá lo que creíamos saber. Solo cuando Yancy se ofreció voluntario para realizar discretas indagaciones, y así comprobar una información que yo había considerado creíble en el pasado, comencé a investigar de nuevo. Yancy estaba indagando durante su último viaje a Italia. El que la explosión del avión sea o no achacable a esta cuestión es algo que bien podría no llegar a saberse nunca. Lo único que sé es que la búsqueda de la Habitación de Ámbar ha demostrado ser peligrosa. Quizá el peligro proceda de aquellos que Danya y yo sospechamos. Quizá no. Hace años que no sé nada de mi viejo camarada. La última carta que le envié no tuvo respuesta. Quizá esté también aquí conmigo. Mi preciosa Maya. Mi querido Danya. Buenos compañeros para la eternidad. Espero que tardes muchos, muchos años en unirte a nosotros, mi amor. Que tengas una buena vida. Que tengas éxito. Cuida de María y de Brent. Los quiero muchísimo. Estoy orgulloso de ti. Sé buena. Quizá podrías dar a Paul otra oportunidad. Pero nunca, absolutamente nunca te entrometas con la Habitación de Ámbar. Recuerda la historia de Faetón y las lágrimas de las Helíades. Aprende de su ambición y su desdicha. Quizá algún día los paneles sean encontrados. Yo espero que no. No se deberían confiar tesoros tales a los políticos. Hay que dejarlos en su tumba. Dile a Paul que lo lamento mucho. Te quiero.

19

18:34

El corazón de Paul latía desbocado mientras Rachel leía la nota de despedida de su padre con lágrimas en los ojos. Podía sentir su dolor. Era difícil distinguir dónde terminaba el de él y comenzaba el de ella.

– Escribía con mucha elegancia… -dijo Rachel.

Él estaba de acuerdo.

– Aprendió muy bien el inglés y leía constantemente. Sabía mucho más que yo sobre verbos adjetivados y gramática, y… Creo que hablaba como lo hacía de forma consciente, para no alejarse demasiado de su herencia. Pobre papá.

Rachel llevaba el pelo castaño rojizo recogido en una coleta. No se había maquillado y vestía un albornoz blanco sobre un pijama de franela. Todos los invitados se habían marchado por fin de la casa. Los niños estaban en su respectivo cuarto, aún conmocionados por las emociones de la jornada. Lucy correteaba por el salón.

– ¿Has leído todas estas cartas? -preguntó Rachel.

Paul asintió.

– Cuando salí del banco. Fui directamente a casa de tu padre para recoger todo lo demás.

Estaban sentados en el comedor. Su viejo comedor. Las dos carpetas con artículos sobre la Habitación de Ámbar, un mapa de Alemania, el USA Today, el testamento, todas las cartas y la nota para Rachel estaban repartidas sobre la mesa. Paul le había explicado todo lo que había encontrado y dónde. También le habló del artículo del USA Today que su padre le había pedido específicamente el martes y de sus preguntas acerca de Wayland McKoy.

– Papá estaba viendo algo sobre eso en la cnn cuando le dejé a los niños. Recuerdo el nombre. -Rachel se estremeció en la silla-. ¿Qué hacía esa carpeta metida en el congelador? No es algo propio de él. ¿Qué está sucediendo, Paul?