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– No lo sé. Pero es evidente que Karol estaba interesado en la Habitación de Ámbar. -Señaló la última nota de Borya-. ¿A qué se refiere con eso de Faetón y las lágrimas de las Helíades?

– Es otra historia que mamá me contaba cuando era pequeña. Faetón era el hijo mortal de Helios, el dios del Sol. A mí me fascinaba. A papá le encantaba la mitología. Decía que esas fantasías fueron una de las cosas que le permitieron sobrevivir a Mauthausen. -Revisó los recortes y fotografías, y estudió alguno de ellos con atención-. Se creía responsable por lo que les sucedió a tus padres y a los demás en aquel avión. No lo entiendo.

Tampoco Paul lo comprendía. Y no había pensado en mucho más desde hacía dos horas.

– ¿No estaban tus padres en Italia por asuntos del museo?

– Estaba todo el Consejo. El viaje pretendía asegurar el préstamo de algunas obras por parte de varios museos italianos.

– Papá parecía pensar que había alguna conexión.

Paul también recordaba algo de lo escrito por Borya: «Nunca debería haberle pedido a Yancy que siguiera indagando mientras estaba en Italia».

¿A qué se referiría con «siguiera»?

– ¿Es que no quieres saber lo que sucedió? -preguntó de repente Rachel, elevando la voz.

A Paul nunca le había gustado ese tono y tampoco le gustó entonces.

– Yo no he dicho eso. Pero ya han pasado seis años y sería prácticamente imposible descubrir nada. Dios mío, Rachel, ni siquiera se hallaron los cuerpos.

– Paul, ¿cabe la posibilidad de que tus padres fueran asesinados y no quieres saber nada al respecto?

Impetuosa y testaruda. ¿Qué había dicho Karol? «Eso también sacó de su madre.» Cierto.

– Tampoco he dicho eso. Pero no hay nada práctico que podamos hacer.

– Podemos encontrar a Danya Chapaev.

– ¿A qué te refieres?

– Chapaev. Podría seguir vivo. -Miró en los sobres las direcciones del remitente-. Kehlheim no puede ser muy difícil de encontrar.

– Está en el sur de Alemania, en Baviera. Lo encontré en el mapa.

– ¿Ya lo has buscado?

– No es que fuera muy difícil. Karol lo había rodeado con un círculo.

Rachel desplegó el mapa y lo comprobó.

– Papá decía que sabían algo acerca de la Habitación de Ámbar, pero que nunca llegaron a comprobarlo en persona. Quizá Chapaev pueda decirnos de qué se trataba.

Paul no daba crédito a lo que acababa de oír.

– ¿Pero no has leído lo que ha escrito tu padre? Te ha dicho que te olvides de la Habitación de Ámbar. Si algo quería que no hicieras, es precisamente buscar a Chapaev.

– Chapaev podría saber más acerca de lo que les sucedió a tus padres.

– Soy abogado, Rachel, no investigador internacional.

– Muy bien. Pues llevemos el caso a la policía. Ellos pueden investigarlo.

– Eso es mucho más práctico que tu primera sugerencia. Pero sigue tratándose de un rastro de varios años.

Ella endureció el semblante.

– Espero sinceramente que María y Brent no hereden tu complacencia. Prefiero pensar que ellos sí querrían saber lo sucedido si un avión saltara por los aires contigo y conmigo dentro.

Rachel sabía exactamente qué botones pulsar. Aquella era una de las cosas que menos soportaba de ella.

– ¿Has leído esos artículos? -preguntó Paul-. La gente muere al buscar la Habitación de Ámbar. Quizá también mis padres. Quizá no. Pero una cosa es segura: tu padre no quería que te involucraras. Estás completamente fuera de tu elemento. Tus conocimientos de arte caben en un dedal.

– Junto con tus arrestos.

Paul le clavó la mirada con dureza, se mordió la lengua y trató de ser comprensivo. Rachel había enterrado a su padre esa misma mañana. Sin embargo, una palabra no dejaba de retumbar dentro de su cerebro.

Perra.

Inspiró profundamente.

– Tu segunda sugerencia es la más práctica -repitió en voz baja-. ¿Por qué no dejamos que la policía se encargue de esto? Entiendo lo disgustada que estás. Pero, Rachel, la muerte de Karol fue un accidente.

– El problema, Paul, es que de no ser así habría que añadir a mi padre a la lista de bajas, junto con los tuyos. -Lo taladró con una de las miradas patentadas que tantas veces Paul había tenido que soportar-. ¿Sigues queriendo ir por la vía práctica?

20

Miércoles 14 de mayo, 10:25

Rachel se obligó a salir de la cama y vestir a los niños. Después los dejó en el colegio y se dirigió, reacia, al juzgado. No pisaba el despacho desde el pasado viernes, pues se había tomado libres el lunes y el martes.

Su secretaria le facilitó las cosas cuanto pudo a lo largo de la mañana, redirigiendo llamadas y rechazando visitantes, abogados y otros jueces. En principio, aquella semana había sido reservada para juicios civiles con jurado, pero todos habían sido pospuestos apresuradamente. Hacía una hora, Rachel había llamado al Departamento de Policía de Atlanta y había solicitado la visita a su despacho de algún agente de Homicidios. No era la jueza más popular entre los miembros del cuerpo. Al principio todos parecieron asumir que, como en el pasado había sido una fiscal batalladora, como jueza sería favorable a la policía. Pero sus decisiones, de tener que etiquetarse de algún modo, tendían a decantarse a favor de las defensas. «Liberal» era el término que les gustaba usar a la prensa y a la Fraternal Orden de la Policía. «Traidora» era el epíteto que, por lo que le habían dicho, empleaban muchos detectives de narcóticos por lo bajo. Pero a ella no le importaba. La Constitución estaba allí para proteger a la gente. Se suponía que la policía debía actuar dentro de sus límites, no fuera de ellos. Su trabajo como jueza era asegurarse de que no se tomaran atajos. ¿Cuántas veces había predicado su padre: «Cuando el Gobierno se enfrenta a la ley, la tiranía no anda lejos»?

Y si alguien sabía de esas cosas, era él.

– Jueza Cutler-dijo su secretaria a través del interfono. La mayoría de las veces se trataban simplemente como Rachel y Sami. Solo cuando había alguien más presente se dirigía a ella como «jueza»-. Está aquí el teniente Barlow de la policía de Atlanta, como respuesta a su llamada.

Rachel se limpió rápidamente los ojos con un pañuelo. La fotografía de su padre sobre el aparador le había arrancado más lágrimas. Se puso en pie y se alisó la falda de algodón y la blusa.

La puerta forrada se abrió para dejar paso a un hombre delgado y con el pelo negro y ondulado. Este cerró la puerta tras él y se presentó como Mike Barlow, asignado a la división de Homicidios.

Rachel recobró su compostura judicial y le ofreció asiento.

– Le agradezco que haya venido, teniente.

– No hay problema. El departamento siempre trata de agradar a las togas.

Aunque Rachel lo dudaba: el tono era cordial hasta lo irritante, rayano en lo condescendiente.

– Tras su llamada, consulté el informe sobre la muerte de su padre. Lamento su pérdida. Parece uno de esos accidentes que suceden en ocasiones.

– Mi padre era bastante independiente. Seguía conduciendo. No tenía problemas reales de salud y durante años subió y bajó esas escaleras sin problemas.

– ¿Adonde quiere llegar?

Aquel tono le gustaba cada vez menos.

– Dígamelo usted.

– Jueza, entiendo el mensaje. Pero no veo nada que sugiera juego sucio.

– Sobrevivió a los campos de concentración de los nazis, teniente. Sabía subir una escalera.

Barlow no parecía persuadido.

– El informe no indica que se echara nada en falta. Su cartera estaba en el aparador. El televisor, la cadena de música y el vídeo seguían allí. Ambas puertas estaban cerradas sin llave. No hay evidencia alguna de que se forzaran las entradas. ¿Dónde está el ladrón?

– Mi padre nunca cerraba las puertas con llave.