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Hacia el final, se había convertido en un auténtico coñazo.

¿Pero por qué?

¿Tan mala era la rutina?

Paúl era un hombre bueno, decente, de éxito. Estaba orgullosa de él, aunque raramente lo había expresado. Era el siguiente en la línea para dirigir el departamento testamentario. No estaba mal en un hombre de cuarenta y un años que había necesitado dos intentos para entrar en la carrera de Derecho. Pero Paul conocía las leyes que le correspondían. No estudiaba otra cosa y se concentraba hasta en el más ínfimo de sus detalles, llegando a servir en comités legislativos. Era un experto reconocido en la materia y Pridgen & Woodworth le pagaba una buena suma para evitar que otro bufete se lo arrebatara. La firma gestionaba miles de herencias, muchas de ellas cuantiosas, y Rachel sabía que la mayoría habían llegado gracias a la reputación de Paul Cutler, conocido en todo el estado.

Atravesó las puertas y recorrió el dédalo de pasillos hasta el despacho de Paul. Había llamado antes de salir de su despacho, de modo que la esperaba. Entró directamente y cerró la puerta tras ella.

– Me marcho a Alemania -anunció.

– ¿Para encontrar a Chapaev? Probablemente esté muerto. Ni siquiera respondió a la última carta de tu padre.

– Hay algo que necesito hacer.

Paul se levantó de su butaca.

– ¿Por qué siempre tienes que estar haciendo algo?

– Papá sabía dónde estaba la Habitación de Ámbar. Le debo comprobar si es cierto.

– ¿Le debes? -Paul había empezado a elevar el tono-. Lo que le debes es honrar su última voluntad, que establecía que te mantuvieras alejada de todo ello. Si es que hay un ello, por cierto. Mierda, Rachel, tienes cuarenta años. ¿Cuándo vas a crecer?

Ella permaneció sorprendentemente calmada, teniendo en cuenta lo mal que le sentaban aquellos sermones.

– No quiero pelear, Paul. Necesito que cuides de los niños. ¿Podrás encargarte?

– Qué típico, Rachel. Tírate al vacío. Haz lo primero que se te pase por la cabeza. No pienses. Tú hazlo.

– ¿Cuidarás de los chicos?

– Si dijera que no, ¿te quedarías?

– Llamaría a tu hermano.

Paul volvió a sentarse. Su expresión era de rendición.

– Puedes quedarte en casa -le dijo ella-. Será más sencillo para los chavales. Aún están un poco agitados con lo de papá.

– Y lo estarían más si supieran lo que iba a hacer su madre. ¿Y te has olvidado de las elecciones, por cierto? Quedan menos de ocho semanas y tienes a dos rivales dejándose el culo para ganarte, y ahora con el dinero de Marcus Nettles.

– Que le den a las elecciones. Que se quede Nettles con el puto juzgado. Esto es más importante.

– ¿Qué es más importante? Ni siquiera sabemos de qué estamos hablando. ¿Y qué hay de tus causas pendientes? ¿Te crees que puedes levantarte y marcharte?

Rachel le concedió dos puntos por el buen intento, pero aquello no iba a desanimarla.

– El jefe del juzgado lo ha entendido. Le dije que necesitaba algún tiempo para reponerme. Hace dos años que no me cojo vacaciones. Me deben muchos días.

Paul negó con la cabeza.

– Te largas a Baviera a la absurda búsqueda de un hombre que probablemente esté muerto, para buscar algo que probablemente se haya perdido para siempre. No eres la primera en buscar la Habitación de Ámbar. Hay gente que ha dedicado toda su vida a buscarla, sin obtener resultado.

Ella no pensaba ceder.

– Papá sabía algo importante. Lo siento. Este Chapaev podría saberlo también.

– Estás soñando.

– Y tú eres patético.

Lamentó al instante tanto las palabras como el tono. No había necesidad de herirlo.

– Voy a ignorar eso porque sé que estás muy afectada -dijo él lentamente.

– Me marcho mañana por la noche en un vuelo a Munich. Necesito una copia de las cartas de mi padre y de los artículos de su archivo.

– Te los llevaré de vuelta a casa. -Su voz traslucía una absoluta resignación.

– Te llamaré desde Alemania para decirte dónde me alojo. -Se dirigió hacia la puerta-. Mañana tienes que recoger a los niños en la guardería.

– Rachel…

Ella se detuvo, pero no se volvió.

– Ten cuidado.

Abrió la puerta y se marchó.

Segunda parte

21

Jueves, 15 de mayo, 10:15

Knoll dejó su hotel y tomó un tren marta que lo acercaría a los juzgados del condado de Fulton. La información de la kgb que había robado en la depositaría de registros de San Petersburgo indicaba que Rachel Cutler era abogada, e incluía la dirección de su trabajo. Pero una visita al bufete el día anterior le había revelado que había dejado aquel trabajo cuatro años antes de ser elegida jueza del tribunal superior. La recepcionista había sido de lo más cortés y le había proporcionado su nuevo número de teléfono y la situación de su despacho en el juzgado. Knoll decidió que una llamada sería respondida con un rápido rechazo. Una visita cara a cara y sin anuncio previo parecía el mejor procedimiento.

Habían pasado cinco días desde que matara a Karol Borya. Tenía que cerciorarse al menos de lo que sabía la hija acerca de la Habitación de Ámbar. Quizá su padre le hubiera mencionado algo a lo largo de los años. Quizá ella supiera algo sobre Chapaev. Era una apuesta arriesgada, pero se estaba quedando sin pistas rápidamente y necesitaba agotar todas las posibilidades. Un rastro que hacía poco le había parecido prometedor se difuminaba a ojos vista.

Entró en un ascensor repleto y subió hasta la sexta planta del jugado. Los pasillos daban a salas de audiencias atestadas y despachos atareados. Vestía el traje de color gris claro, la camisa de rayas y la corbata de seda amarilla pálida que había comprado el día anterior en una tienda del centro. Había escogido conscientemente unos colores suaves y conservadores.

Empujó unas puertas de cristal marcadas como «Despacho de la honorable Rachel Cutler» y pasó a una silenciosa antesala. Una mujer negra de unos treinta años esperaba detrás de un escritorio. En la placa de la mesa se leía «Sami Luffman».

– Buenos días -saludó con su mejor inglés.

La mujer sonrió y le devolvió el saludo.

– Me llamo Christian Knoll. -Le entregó una tarjeta similar a la que había usado con Pietro Caproni, salvo porque esta proclamaba únicamente que era «Coleccionista de arte», no académico, y porque no incluía dirección alguna-. Quería saber si podría hablar con su señoría.

La mujer aceptó la tarjeta.

– Lo siento, la jueza Cutler no ha venido hoy.

– Es muy importante para mí hablar con ella.

– ¿Puedo preguntarle si se trata de algún caso pendiente en nuestro juzgado?

El negó con la cabeza, cordial e inocente.

– En absoluto. Es un asunto personal.

– El padre de la jueza murió el pasado fin de semana y…

– Oh, cuánto lo siento -respondió Knoll fingiendo emoción-. Es terrible.

– Sí, una lástima. Estaba muy afectada y ha decidido tomarse unos días de descanso.

– Pues es una desgracia, tanto para ella como para mí. Solo estoy en la ciudad hasta mañana y esperaba poder hablar con la jueza Cutler antes de marcharme. ¿Podría pasarle una nota para que me llame a mi hotel?

La secretaria pareció considerar aquella petición y se tomó un momento para estudiar una fotografía enmarcada que colgaba tras ella, en la pared decorada con papel pintado. En ella se veía a una mujer junto a un hombre, con el brazo derecho levantado como si le estuvieran tomando juramento. Tenía el cabello castaño a la altura de los hombros, la nariz respingona y una mirada intensa. Vestía una toga negra, de modo que no resultaba fácil opinar sobre su figura. Los pómulos suaves estaban tocados por una sombra de colorete y la sonrisa leve parecía apropiada para tan solemne ocasión. Knoll señaló la foto.