– ¿Es la jueza Cutler?
– El día en que juró el cargo, hace cuatro años.
Era la misma cara que había visto el martes en el funeral de Karol Borya, al frente de los dolientes y abrazada a dos niños pequeños, un chico y una chica.
– Puedo dejarle a la jueza Cutler su mensaje, pero no le aseguro que vaya a llamarlo.
– ¿Y cómo es eso?
– Hoy mismo sale de la ciudad.
– ¿Un viaje largo?
– Se va a Alemania.
– Un lugar maravilloso. -Necesitaba saber adonde se dirigía, de modo que lo intentó con los tres principales puntos de entrada-. Berlín está adorable en esta época del año. Igual que Francfort y Munich.
– Ella va a Munich.
– ¡Ah! Una ciudad mágica. Quizá le ayude a superar su dolor.
– Eso espero.
Ya había descubierto suficiente.
– Le doy las gracias, señora Luffman. Ha sido usted de mucha ayuda. Aquí tiene los datos de mi habitación. -Se inventó un hotel y un número de habitación, pues ya no necesitaba contactar con ella-. Por favor, haga saber a la jueza Cutler que he estado aquí.
– Lo intentaré.
Él se volvió para marcharse, pero no sin antes lanzar una última mirada a la fotografía de la pared y grabar en su mente la imagen de Rachel Cutler.
Dejó la sexta planta y bajó hasta el nivel de la calle. Una hilera de teléfonos de pago ocupaba toda una pared. Se acercó y marcó un número internacional, una línea privada del estudio de Franz Fellner. En Alemania eran casi las cinco de la tarde. No estaba seguro de quién respondería, ni siquiera de a quién debía informar. Era evidente que se estaba produciendo una transición en el poder. Fellner desaparecía poco a poco mientras Monika asumía el control. Sin embargo, el viejo no era de los que se marchan fácilmente, especialmente cuando estaba en juego algo como la Habitación de Ámbar.
– Guten tag-respondió Monika después de dos timbrazos.
– ¿Hoy te toca hacer de secretaria? -preguntó él en alemán.
– Ya era hora de que llamaras. Ha pasado una semana. ¿Ha habido suerte?
– Tenemos que aclarar una cosa: a mí no se me controla como si fuera un escolar. Me das una misión y me dejas en paz. Ya llamaré cuando sea necesario.
– Estamos quisquillosos, ¿eh?
– No necesito que me supervisen.
– Te recordaré eso la próxima vez que te tenga entre las piernas.
Knoll sonrió. Era difícil rechazarla.
– He encontrado a Borya. Dijo no saber nada.
– ¿Y le creíste?
– ¿He dicho yo eso?
– Está muerto, ¿no?
– Una trágica caída por las escaleras.
– A papá no va a gustarle nada eso.
– Creía que ahora mandabas tú.
– Así es. Y francamente, me da igual. Pero mi padre tiene razón: asumes demasiados riesgos.
– No asumo riesgos innecesarios.
De hecho, había sido bastante cauto. Durante su primera visita había tenido cuidado de no tocar más que el vaso de té, que en la segunda visita se llevó. Además, en esta ocasión había entrado con las manos enguantadas.
– Digamos que decidí el rumbo necesario según las circunstancias.
– ¿Qué hizo, insultar tu orgullo?
Era asombroso cómo podía leer en él incluso a mil quinientos kilómetros de distancia. Knoll nunca había sospechado que fuera tan transparente.
– Carece de importancia.
– Un día se te va a acabar la suerte, Christian.
– Parece que estés deseando ver ese día.
– Lo cierto es que no. Serías difícil de sustituir.
– ¿En qué sentido?
– En todos, hijo de puta.
Knoll sonrió. Era bueno saber que también él sabía ponerse en el lugar de ella.
– He descubierto que la hija de Borya va camino de Munich. Podría tener intención de hablar con Chapaev.
– ¿Qué te hace pensar eso?
– El modo en que Borya me esquivó y algo que dijo acerca de los paneles.
«Quizá mejor que permanezca perdida.»
– La mujer podría estar simplemente de vacaciones.
– Lo dudo. Demasiada coincidencia.
– ¿Vas a seguirla?
– Más tarde. Antes tengo que ocuparme de un asunto.
22
Suzanne vigilaba a Christian Knoll desde el otro lado de la entreplanta. Estaba sentada dentro de una sala de espera atestada en la que se podía leer «Secretaría del juzgado. Multas de tráfico» grabado en la pared exterior de cristal. Unas setenta y cinco personas esperaban su turno para acercarse a un mostrador de fórmica y realizar sus gestiones. Toda la escena era caótica y una nube de humo flotaba en el aire a pesar de los diversos carteles que prohibían fumar.
Llevaba desde el sábado siguiendo a Knoll. El lunes, su presa había realizado dos visitas al High Museum of Art y una a un edificio de oficinas del centro de Atlanta. El martes había asistido al funeral de Karol Borya. Ella había presenciado el entierro desde el otro lado de la calle. Knoll no había hecho mucho el día anterior, un viaje a la biblioteca pública y a un centro comercial, pero aquel día se había levantado pronto y había desplegado una gran actividad.
Suzanne llevaba el pelo rubio y corto oculto bajo una peluca castaña rojiza. Tenía la cara cubierta de maquillaje adicional y sus ojos quedaban ocultos por unas gafas de sol baratas. Vestía unos vaqueros ajustados, un jersey sin cuello de las Olimpiadas de Atlanta de 1996 y zapatillas de tenis. Sobre un hombro llevaba una mochila negra y barata. Encajaba a la perfección en la multitud y tenía un ejemplar de People en el regazo. Su mirada iba constantemente de la página a las cabinas telefónicas al otro lado del concurrido vestíbulo.
Hacía cinco minutos había seguido a Knoll hasta la sexta planta y lo había visto entrar en la zona de Rachel Cutler. Reconoció el nombre y comprendió la conexión. Era evidente que Knoll no pretendía rendirse y lo más probable era que en ese momento estuviese informando a Monika Fellner
de sus hallazgos. Esa perra sería sin duda todo un problema. Joven. Agresiva. Hambrienta. Una digna sucesora de Franz Fellner y una molestia en más de un sentido.
Knoll no había pasado mucho tiempo en el despacho de Rachel Cutler, desde luego no lo suficiente como para haberse reunido con ella. De modo que Suzanne se había retirado temerosa de que notara su presencia, pues no estaba segura de que su disfraz resultara un camuflaje eficaz. Había empleado un atuendo distinto cada día y se había cuidado de no repetir nada que él hubiera podido reconocer. Knoll era bueno. Muy bueno. Por fortuna, ella era aún mejor.
Knoll colgó el teléfono y se dirigió hacia la calle.
Ella tiró la revista a un lado y lo siguió.
Knoll detuvo un taxi y regresó a su hotel. Ya había sentido a alguien el sábado por la noche en casa de Borya, después de romperle el cuello al anciano. Pero sin duda alguna se había percatado de la presencia de Suzanne Danzer el lunes y todos los días posteriores. Se disfrazaba bien, pero sus muchos años como agente de campo habían afinado sus habilidades. Pocas cosas escapaban ya a su atención. Casi la había estado esperando. Ernst Loring, el empleador de Danzer, codiciaba la Habitación de Ámbar tanto como Fellner. El padre de Loring, Josef, había estado obsesionado con ese mineral y había llegado a amasar una de las mayores colecciones privadas del mundo. Ernst había heredado no solo los objetos, sino también el deseo de su padre. Muchas veces había oído a Loring predicar acerca del tema y lo había visto comerciar o comprar piezas de ámbar a otros coleccionistas, Fellner incluido. Sin duda alguna, Danzer había sido despachada a Atlanta para enterarse de a qué se dedicaba él.
¿Pero cómo había sabido dónde encontrarlo?
Claro. El encargado curioso de San Petersburgo. ¿Quién si no? Ese idiota debía de haber logrado echar un vistazo a la hoja del kgb antes de que él la robara. Sin duda estaba a sueldo algún posible benefactor. El que Danzer se encontrara allí indicaba que ese benefactor, o el principal de ellos, era Loring.