– ¿Viajó usted en mi mismo vuelo?
Él asintió.
– Apenas si llegué al avión.
– ¿Por qué ha esperado hasta ahora para hablar?
– No estaba seguro acerca de la naturaleza de su visita. Si era personal no quería entrometerme. Si estaba relacionada con la Habitación de Ámbar, tenía pensado hablar con usted.
– No me gusta que me sigan, señor Knoll. No me gusta nada.
El hombre clavó la mirada en los ojos de ella.
– Quizá haya sido una suerte el que lo hiciera.
El taxi regresó a la mente de Rachel. ¿Y si tuviera razón?
– Y Christian saldrá adelante -dijo él.
Rachel se obligó a controlarse. No había necesidad de tanta hostilidad. Él tenía razón. Le había salvado la vida.
– De acuerdo. Christian.
– ¿Está relacionado su viaje con la Habitación de Ámbar?
– No estoy segura de que deba responder a eso.
– Si yo estuviera en peligro, podría haberme limitado a permitir que la arrollara el taxi.
No le faltaba razón, pero no bastaba.
– Frau Cutler, soy un experto investigador. El arte es mi especialidad. Hablo el idioma local y estoy familiarizado con este país. Usted será una excelente jueza, pero intuyo que como detective no pasa de novata.
Ella no respondió.
– Me interesa la información acerca de la Habitación de Ámbar, nada más. He compartido con usted lo que sé. Solo pido lo mismo a cambio.
– ¿Y si me niego y acudo a la policía?
– Simplemente desapareceré de la vista, pero la mantendré bajo vigilancia para saber lo que hace. No es nada personal. Es usted un cabo suelto que pretendo explorar hasta el final. Pero pensaba que bien podríamos trabajar juntos y ahorrar tiempo.
En Knoll había algo tosco y peligroso que le gustaba. Sus palabras eran claras y directas, la voz firme. Escudriñó su rostro en busca de alguna señal, pero no obtuvo nada, de modo que tomó la clase de decisión rápida a la que estaba acostumbrada por su trabajo en el juzgado.
– De acuerdo, señor Knoll. He venido para buscar a Danya Chapaev. Al parecer, el mismo nombre que aparece en esta página. Vive en Kehlheim.
Knoll levantó la jarra y dio un sorbo a su cerveza.
– Eso está al sur de aquí, hacia los Alpes, cerca de Austria. Conozco la localidad.
– Al parecer, él y mi padre estaban interesados en la Habitación de Ámbar. Es evidente que mucho más de lo que yo me imaginaba.
– ¿Tiene alguna idea de lo que podría saber Herr Chapaev?
Rachel decidió no mencionar todavía las cartas.
– Nada, salvo que en el pasado trabajaron juntos, como usted ya parece saber.
– ¿Cómo dio con ese nombre?
Decidió mentir.
– Mi padre me ha hablado muchas veces de él a lo largo de los años. En el pasado fueron muy amigos.
– Puedo serle de gran ayuda, Frau Cutler.
– Para serle sincera, señor Knoll, tenía la esperanza de pasar algún tiempo sola.
– Lo comprendo perfectamente. Recuerdo la muerte de mi padre. Fue muy difícil.
Aquel sentimiento parecía genuino y Rachel agradeció su preocupación. Pero seguía tratándose de un extraño.
– Necesita ayuda. Si este Chapaev tiene alguna información, yo puedo ayudar a desarrollarla. Dispongo de vastos conocimientos acerca de la Habitación de Ámbar. Cosas que pueden ser de ayuda.
Ella guardó silencio.
– ¿Cuándo planea dirigirse hacia el sur? -preguntó Knoll.
– Mañana por la mañana -respondió ella demasiado rápido.
– Déjeme conducir.
– No me gustaría que mis hijos aceptaran subirse a un coche con un extraño. ¿Por qué iba a hacerlo yo?
El hombre sonrió. A Rachel le gustó aquello.
– He sido franco y abierto con su secretaria respecto a mi identidad e intenciones. He dejado un bonito rastro para ser alguien con intención de hacerle daño. -Se tomó la cerveza que quedaba-. En cualquier caso, simplemente la seguiré hasta Kehlheim.
Ella tomó otra decisión rápida. Una que la sorprendió.
– Muy bien. ¿Por qué no? Iremos juntos. Me alojo en el hotel Waldeck, a un par de manzanas.
– Yo estoy en el Elizabeth, enfrente del Waldeck.
Ella negó con la cabeza, sonriente.
– ¿Por qué será que no me sorprende?
Knoll observó cómo Rachel Cutler desaparecía en medio del gentío.
Había ido bastante bien.
Depositó algunos euros sobre la mesa y se levantó. Dobló varias esquinas y cruzó de nuevo Marienplatz. Tras pasar el mercado de comestibles, ocupado por los primeros turistas a la búsqueda de la cena, se encaminó por Maximilanstrasse, un elegante bulevar lleno de museos, oficinas gubernamentales y tiendas. El pórtico de pilares del Teatro
Nacional se alzaba delante. Frente a él, una cola de taxis rodeaba la estatua de Maximiliano José, el primer rey de Baviera, mientras esperaba pacientemente los clientes salidos de la primera representación. Cruzó la calle y se acercó al cuarto taxi de la cola. El conductor esperaba fuera con los brazos cruzados, apoyado en el exterior del Mercedes.
– ¿Ha bastado? -preguntó el taxista en alemán.
– De sobra.
– ¿Ha sido convincente mi actuación posterior?
– Sobresaliente. -Le entregó un fajo de billetes.
– Siempre es un placer hacer negocios contigo, Christian.
– Lo mismo digo, Erich.
Conocía bien al taxista y ya había empleado sus servicios estando en Munich. El hombre era fiable y corruptible, dos cualidades que siempre buscaba en sus asociados.
– No te estarás ablandando, ¿no, Christian?
– ¿Y eso?
– Solo querías asustarla, no matarla. No es propio de ti.
Knoll sonrió.
– No hay nada como un encuentro con la muerte para generar confianza.
– ¿Es que te la quieres follar, o algo así?
Knoll no quería decir mucho más, pero quería que aquel hombre siguiera a su disposición en el futuro. Asintió.
– Es un buen modo de meterme entre sus piernas.
El taxista contó los billetes.
– Quinientos euros es una pasta por un culo.
Pero Knoll consideró la Habitación de Ámbar y los diez millones de euros que le reportaría. Y entonces pensó en Rachel Cutler y en su atractivo, que no se le había quitado de la cabeza desde que se fue.
– No, lo cierto es que no.
25
Atlanta, Georgia
12:35
Paul estaba preocupado. Se había saltado el almuerzo y se había quedado en el despacho, con la esperanza de que Rachel llamara. En Alemania eran más de las seis y media de la tarde. Ella había mencionado la posibilidad de permanecer en Munich una noche antes de dirigirse a Kehlheim, de modo que no estaba seguro de si le llamaría aquel mismo día o al siguiente, después de su viaje hacia los Alpes. No estaba seguro de que fuera a llamar siquiera.
Rachel era franca, agresiva y dura. Siempre lo había sido. Aquel espíritu independiente la había convertido en una buena jueza. Pero también hacía que fuese difícil conocerla y mucho más resultar agradable. No hacía amistades con facilidad, pero en lo más profundo se trataba de una mujer cariñosa y protectora. Él lo sabía. Por desgracia, juntos eran como la paja y el fuego. ¿De verdad era así? A los dos les gustaba más una cena tranquila en casa que un restaurante atestado. Una película alquilada que el teatro. Una tarde con los chicos en el zoo que una noche en la ciudad. Sabía que Rachel echaba de menos a su padre. Habían estado muy unidos, sobre todo desde el divorcio. Karol se había esforzado por volver a juntarlos.
¿Qué decía la nota del anciano?
«Quizá podrías dar a Paul otra oportunidad.»
Pero no había manera. Rachel había decidido que debían vivir separados. Había rechazado todos los intentos de él por reconciliarse. Quizá fuera el momento de aceptarlo y rendirse. Pero había señales. La falta de vida social de Rachel. La confianza que depositaba en él. ¿Y cuántos hombres tenían la llave de la casa de su ex mujer? ¿Cuántos seguían compartiendo el título de propiedad? ¿Cuántos mantenían una cuenta conjunta para sus inversiones bursátiles? Ella nunca había mencionado siquiera el cierre de su cuenta en Merrill Lynch, y él la había gestionado durante los últimos tres años sin que Rachel cuestionara nunca sus decisiones.