– Koch no sabía nada de nada, ¿no es así? -preguntó Knoll.
– Nada. No era más que un oportunista que quería sobrevivir.
– Díganos, señor, ¿encontraron ustedes la Habitación de Ámbar?
Chapaev asintió.
– ¿La vieron? -preguntó Knoll.
– No. Pero estaba allí.
– ¿Por qué guardaron el secreto?
– Stalin era maligno. El diablo encarnado. Había saqueado y robado la herencia de Rusia para construir el Palacio de los Soviets.
– ¿El qué? -preguntó Rachel.
– Un inmenso rascacielos en Moscú -explicó Chapaev-. Y quería coronar aquella mole con una gigantesca estatua de Lenin. ¿Puede imaginar tamaña monstruosidad? Karol, yo y todos los demás estábamos reuniendo piezas para el Museo de Arte Mundial, que iba a formar parte de ese palacio. Pretendía ser el regalo de Stalin al mundo. Idéntico a lo que Hitler planeaba en Austria. Un inmenso museo de arte robado. Gracias a Dios que Stalin no llegó a construir siquiera el monumento. Era una locura. Algo demencial. Y nadie era capaz de detener a ese hijo de puta. Solo la muerte pudo con él. -. El anciano negó con la cabeza-. Una locura, una absoluta locura. Karol y y0 decidimos cumplir con nuestra parte y no decir jamás nada acerca de lo que creíamos haber encontrado en las montañas. Era mejor dejarlo enterrado a que terminara sirviendo como escaparate para Satán.
– ¿Cómo encontraron la Habitación de Ámbar? -preguntó ella.
– Pues por casualidad. Karol se topó con un trabajador ferroviario que nos puso en la pista de las cuevas. Estaban en el sector ruso, lo que se había convertido en la Alemania Oriental. Los soviéticos robaron incluso eso, aunque en este caso se trató de un robo consentido. Cada vez que Alemania se unifica suceden cosas espantosas. ¿No está usted de acuerdo, Herr Knoll?
– No opino acerca de política, camarada Chapaev. Además, soy austríaco, no alemán.
– Qué curioso. Creí haber notado en su acento entonaciones bávaras.
– Tiene buen oído para un hombre de su edad.
Chapaev se volvió hacia ella.
– Ese era el apodo de su padre. Ýxo. Oídos. Así lo llamaban en Mauthausen. Era el único en los barracones que hablaba alemán.
– No lo sabía. Papá no hablaba mucho sobre el campo.
Chapaev asintió.
– Es comprensible. Yo pasé en uno los últimos meses de la guerra. – Miró con severidad a Knoll-. Respecto a su acento, Herr Knoll, se me daban muy bien esas cosas. El alemán era mi especialidad.
– Su inglés también es muy bueno.
– Tengo don de lenguas.
– Sin duda, su antiguo trabajo exigía una gran capacidad de observación y de comunicación.
Rachel sentía curiosidad por la fricción que parecía existir entre ellos. Eran dos extraños, pero actuaban como si se conocieran. O, para ser más precisos, como si se odiaran. Pero aquella pugna estaba retrasando su misión.
– Danya -dijo-, ¿puede decirnos dónde está la Habitación de Ámbar?
– En las cuevas que hay al norte. En las montañas Harz. Cerca de Warthberg.
– Habla usted como Koch -terció Knoll-. Esas cuevas han sido revisadas de arriba abajo.
– No estas. Estaban en la zona oriental. Los soviéticos las cerraron y se negaron a permitir que nadie entrara en ellas. Son numerosísimas. Llevaría décadas explorarlas todas y son como un laberinto para ratas. Los nazis minaron la mayoría con explosivos y almacenaron munición en el resto. Ese es uno de los motivos por los que Karol y yo nunca quisimos ir a mirar. Es mejor dejar que el ámbar descanse en paz que arriesgarnos a que vuele por los aires.
Knoll sacó una pequeña libreta y un bolígrafo del bolsillo trasero del pantalón.
– Dibújenos un mapa.
Chapaev trabajó en el mapa durante algunos minutos. Ella y Knoll guardaban silencio. Solo el chisporroteo del fuego y el sonido del bolígrafo sobre el papel rompían la quietud. Chapaev le entregó la libreta a Knoll.
– Es posible encontrar la cueva correcta gracias al sol -dijo-. La entrada apunta hacia el este. Un amigo que visitó la zona hace poco me dijo que la entrada había sido cerrada con barrotes de hierro y que en el exterior se podía ver la designación «BCR-65». Las autoridades alemanas aún están por entrar para limpiar la zona de explosivos, de modo que nadie se ha aventurado todavía. O eso me han dicho. He dibujado el mejor mapa de los túneles que me permite mi memoria. Al final no se librarán de cavar, pero tras un corto trecho se toparán con la puerta de hierro que conduce a la cámara.
– Lleva décadas guardando este secreto -dijo Knoll-. ¿Por qué se lo suelta ahora a dos extraños?
– Rachel no es una extraña.
– ¿Cómo sabe que no le está mintiendo respecto a su identidad?
– Veo claramente a su padre en ella.
– Pero no sabe nada sobre mí. Ni siquiera ha preguntado por qué estoy aquí.
– Me basta con que Rachel lo haya traído aquí. Soy un hombre viejo, Herr Knoll. Me queda poco tiempo. Es necesario que alguien sepa lo que yo sé. Quizá Karol y yo tuviéramos razón. Quizá no. Puede que allí no haya nada. ¿Por qué no va a echar un vistazo, para asegurarse? -Chapaev se volvió hacia ella-. Ahora, mi niña, si eso era cuanto quería, me gustaría descansar. Estoy agotado.
– Por supuesto, Danya. Y muchas gracias. Comprobaremos si la Habitación de Ámbar está allí.
Chapaev lanzó un suspiro.
– Hágalo, mi niña. Hágalo.
– Muy bien, camarada -dijo Suzanne en ruso cuando Chapaev abrió la puerta del dormitorio. Los visitantes del viejo se acababan de marchar y había oído alejarse su coche-. ¿Ha considerado alguna vez la posibilidad de dedicarse a la interpretación? Christian Knoll es muy difícil de engañar, pero usted lo ha hecho a la perfección. Casi me lo creí yo misma.
– ¿Cómo sabe que Knoll irá a la cueva?
– Está ansioso por agradar a su nuevo empleador. Codicia la Habitación de Ámbar hasta tal punto que no dejará pasar la oportunidad de comprobarlo, aunque crea que se trata de un callejón sin salida.
– ¿Y si piensa que es una trampa?
– No tiene motivos para sospechar nada, gracias a su notable interpretación.
La mirada de Chapaev se dirigió hacia su nieto, que se encontraba junto a la cama, amordazado y atado a una silla de roble.
– Su precioso nieto agradece enormemente su interpretación. -Le acarició el pelo al muchacho-. ¿A que sí, Julius?
El chico trató de apartarse e intentó hablar a través de la cinta que le cubría la boca. Ella levantó la pistola con silenciador y se la acercó a la cabeza. El joven abrió los ojos como platos cuando el cañón le tocó la sien.
– Eso no es necesario -intervino rápidamente Chapaev-. Hice lo que me pidió. Dibujé un mapa exacto, sin trucos. Aunque me duele el corazón por lo que pueda sucederle a la pobre Rachel. No se merece esto.
– La pobre Rachel debería habérselo pensado mejor antes de decidir involucrarse. Esta no es su guerra, ni el asunto es de su incumbencia. Debería haberse quedado en su casita.
– ¿Podemos pasar a la otra habitación? -preguntó Chapaev.
– Como desee. No creo que el querido Julius se vaya a ir a ninguna parte. ¿Y usted?
Entraron en el salón. Chapaev cerró la puerta del dormitorio.
– El muchacho no merece morir -dijo en voz baja.
– Es usted perspicaz, camarada Chapaev.
– No me llame así.
– ¿No está usted orgulloso de su herencia soviética?
– Yo no tengo herencia soviética. Soy un ruso blanco. Solo frente a Hitler me uní a ellos.