– No lo creo. El ámbar sería de distinto color y calidad. No tendría sentido mezclar las piezas.
– Entonces, de encontrarlos, ¿no estarían intactos?
El negó con la cabeza.
– El ámbar estaba originalmente pegado a planchas de roble macizo con una masilla de cera y savia. El Palacio de Catalina no era precisamente un lugar con la temperatura controlada, de modo que la madera estuvo contrayéndose y dilatándose durante más de doscientos años, y el ámbar empezó a caerse. Cuando los nazis capturaron la cámara se había caído casi el treinta por ciento de la superficie. Se estima que otro quince por ciento se perdió durante el traslado a Königsberg. De modo que todo lo que quedaría ahora sería un montón de trozos sueltos.
– Entonces, ¿para qué sirven?
Knoll sonrió.
– Existen fotografías. Si tiene las piezas no resultaría difícil reensamblar la cámara entera. Mi esperanza es que los nazis las embalaran bien; la persona que me emplea no está interesada en recreaciones. El original es lo que importa.
– Parece un hombre interesante.
El sonrió.
– Buen intento… de nuevo. Pero no he dicho que sea un hombre.
Llegaron al hotel. Subieron y se detuvieron ante la puerta de ella.
– ¿A qué hora nos levantamos? -preguntó Rachel.
– Nos marcharemos a las siete y media. El recepcionista me ha dicho que se sirve el desayuno a partir de las siete. La zona que buscamos no está lejos, a unos diez kilómetros.
– Le agradezco todo lo que ha hecho. Por no mencionar el que me haya salvado la vida.
Knoll inclinó la cabeza.
– Ha sido un placer.
Ella sonrió ante el gesto.
– Ha mencionado a su marido, pero a nadie más. ¿Hay un hombre en su vida?
Fue una pregunta a bocajarro. Demasiado rápido.
– No. -Rachel lamentó al instante la sinceridad.
– Su corazón sigue añorando a su ex marido, ¿no es así?
No era de la incumbencia de aquel hombre, pero por algún motivo quería responder.
– A veces.
– ¿Lo sabe él?
– A veces.
– ¿Cuánto tiempo ha pasado?
– ¿Cuánto tiempo ha pasado desde qué?
– Desde que hizo el amor con un hombre.
La mirada de él se demoró más de lo que ella esperaba. Era un tipo intuitivo y aquello le preocupaba.
– No lo bastante como para meterme en la cama con un completo desconocido.
Knoll sonrió.
– Quizá ese desconocido pueda ayudar a que su corazón olvide.
– No creo que sea eso lo que necesito. Pero gracias por la oferta. -Metió la llave y abrió la cerradura. Miró hacia atrás-. Creo que es la primera vez que alguien me hace una proposición.
– Y sin duda no será la última. -Knoll inclinó la cabeza y sonrió-. Buenas noches, Rachel.
Y con esto se marchó hacia la escalera y su propia habitación.
Pero algo llamó la atención de Rachel.
Resultaba interesante ver cómo el rechazo parecía haberlo estimulado.
30
Domingo, 18 de mayo, 7: 30
Knoll salió del hotel y observó la mañana. Una bruma algodonosa envolvía la silenciosa localidad y el valle circundante. El cielo era melancólico y el sol de finales de primavera trataba, sin mucho éxito, de calentar el día. Rachel estaba apoyada en el coche, aparentemente preparada. Se acercó a ella.
– La niebla nos ayudará a pasar desapercibidos y también el que hoy sea domingo. Casi todo el mundo está en la iglesia.
Subieron al coche.
– ¿No había dicho usted que este era un bastión del paganismo?
– Eso es para los folletos turísticos y las guías de viajes. En estas montañas viven muchos católicos y así ha sido desde hace siglos. Se trata de gente muy religiosa.
El Volvo cobró vida y no tardaron en abandonar Warthberg. Las calles adoquinadas estaban prácticamente desiertas y húmedas por el frío matutino. La carretera que partía hacia el este descendía serpenteante y se perdía dentro de un valle oculto por la bruma.
– Esta zona me recuerda aún más a las montañas Great Smoky de Carolina del Norte -dijo Rachel-. Están veladas del mismo modo.
Knoll siguió el mapa que les había hecho Chapaev y se preguntó si no sería todo un juego absurdo. ¿Cómo podían permanecer toneladas de ámbar ocultas durante más de medio siglo? Muchos las habían buscado. Algunos incluso habían muerto. Era bien consciente de la llamada maldición de la Habitación de Ámbar. ¿Pero qué mal podía haber en echar un vistazo rápido en las entrañas de una montaña más? Al menos, gracias a Rachel Cutler, el viaje sería interesante.
Tras coronar un repecho en la carretera volvieron a descender hacia otro valle. La carretera parecía encajonada entre los hayedos difuminados por la niebla. Llegaron al punto en que terminaba la carretera del mapa de Chapaev y estacionaron entre los árboles.
– El resto habrá que hacerlo a pie -anunció él.
Salieron del coche y sacaron una mochila de espeleólogo del maletero.
– ¿Qué lleva ahí? -preguntó Rachel.
– Cuanto necesitamos. -Se echó la mochila a la espalda-. Ahora no somos más que una pareja de excursionistas que ha salido a pasar el día.
Le dio una de las chaquetas.
– No la pierda. Va a necesitarla una vez que estemos bajo tierra.
El se había puesto la suya en la habitación del hotel. El estilete aguardaba oculto en su brazo derecho, bajo la manga de nailon. Abrió la marcha a través de bosque. El terreno herboso se elevaba a medida que se alejaban de la autopista en dirección norte. Siguieron un camino definido que rodeaba la base de una alta cima. Algunos senderos se separaban y ascendían las laderas boscosas hacia las cumbres. A lo lejos se veía la oscura entrada de tres pozos. Uno estaba vedado por un portón de hierro y en el granito vivo se había fijado un carteclass="underline" «Gefahr-Zutritt Verboten-Explosiv».
– ¿Qué dice? -preguntó Rachel.
– «Peligro. Prohibido el paso. Explosivos.»
– No hablaba usted en broma.
– Estas montañas eran como cámaras acorazadas. Los Aliados encontraron en una el tesoro nacional alemán. Cuatrocientas toneladas de obras de arte procedentes del museo Kaiser Friedrich de Berlín también acabaron aquí. Los explosivos eran mucho mejores que las tropas y los perros guardianes.
– ¿Son esas obras de arte lo que busca Wayland McKoy?
– Por lo que me ha dicho usted, sí.
– ¿Cree que tendrá suerte?
– Es difícil de decir. Pero dudo sinceramente que por aquí queden millones de dólares en viejos cuadros a la espera de ser hallados.
El olor de las hojas húmedas inundaba el pesado ambiente.
– ¿Qué sentido tenía? -preguntó Rachel mientras caminaban-. La guerra estaba perdida. ¿Por qué esconder todas esas cosas?
– Tiene que pensar como un alemán de 1945. Hitler ordenó que el ejército debía luchar hasta el último hombre, so pena de muerte. Creía que, si Alemania resistía lo suficiente, los Aliados terminarían por unirse a él contra los bolcheviques. Hitler sabía lo mucho que Churchill odiaba a
Stalin. Supo comprenderlo correctamente y predijo con precisión los planes que los soviéticos tenían respecto a Europa. Razonó que los americanos y los británicos al final se unirían a él contra los comunistas. Entonces podría recuperar todos los tesoros.
– Menuda insensatez -replicó Rachel.
– «Locura» es una descripción más acertada.
El sudor perlaba la frente de Knoll. Tenía las botas de cuero húmedas por el rocío. Se detuvo y comprobó desde lejos las distintas entradas. Miró al cielo.
– Ninguna apunta hacia el este. Chapaev dijo que la buena estaba orientada hacia el este. Y según él, debería estar marcada como «bcr-65».
Avanzaron cada vez más hacia el interior del bosque.
– ¡Allí! -gritó Rachel diez minutos más tarde mientras señalaba.