Knoll miró hacia delante. Entre los árboles se distinguía la entrada de otra mina, protegida con barrotes de hierro. Una señal oxidada unida a los barrotes rezaba «bcr-65». Miró hacia el sol. Este.
Hijo de puta.
Se acercaron y Knoll se quitó la mochila. Echó un vistazo alrededor. No había nadie a la vista y ningún sonido parecía romper el silencio más allá de los pájaros y el paso ocasional de las ardillas. Examinó los barrotes y la puerta. Todo el hierro estaba muy oxidado. Una cadena de acero y un gran candado mantenían la puerta firmemente cerrada. Sin duda, la cadena y el candado eran más recientes. Tampoco resultaba extraño, ya que los inspectores federales aseguraban cada cierto tiempo las entradas. Sacó la cizalla de la mochila.
– Me alegro de que haya venido tan bien preparado -dijo Rachel.
Knoll partió la cadena, que cayó al suelo. Devolvió la cizalla a la mochila y abrió la puerta.
Los goznes rechinaron.
Se detuvo. No tenía ganas de atraer atenciones innecesarias.
Abrió lentamente y el chirrido del metal viejo disminuyó en gran medida. Frente a ellos había una abertura de unos cinco metros de altura y cuatro de anchura coronada por un arco. Más allá de esta entrada, se podía ver que los líquenes se habían apoderado de la piedra ennegrecida y tanto la abertura como el aire hedían a moho. Como una tumba, pensó.
– Esta entrada es lo bastante grande para admitir un camión.
– ¿Un camión?
– Si la Habitación de Ámbar está dentro, también debe de haber camiones. No habría otro modo de transportar las cajas. Veinte toneladas de ámbar son muchas toneladas. Los alemanes las habrían introducido en la cueva en camiones.
– ¿No tenían carretillas elevadoras?
– Pues lo dudo. Estamos hablando del final de la guerra. Los nazis estaban desesperados por ocultar su tesoro. No había tiempo para sutilezas.
– ¿Y cómo llegaron aquí los camiones?
– Han pasado cincuenta años. Entonces había muchas más carreteras y menos árboles. Toda esa zona era un centro fabril de vital importancia.
Sacó dos linternas y una gruesa madeja de cuerda de su mochila y volvió a echársela al hombro. Cerró la puerta tras ellos y volvió a poner la cadena y el candado entre los barrotes, con lo que la entrada volvía a tener el aspecto de estar cerrada a cal y canto.
– Podríamos tener compañía -dijo-. Esto debería conseguir que se busquen otra cueva. Muchas están abiertas y es mucho más fácil entrar en ellas.
Le entregó una linterna. Los dos estrechos haces apenas perforaban unos metros la impasible oscuridad. De la roca sobresalía un trozo de hierro oxidado. Ató con firmeza un extremo del cordel y le entregó el rollo a Rachel.
– Vaya desenredándolo según avanzamos. De este modo encontraremos la salida si nos desorientamos.
Abrió la marcha con cautela. Las linternas revelaban un tosco pasadizo que se adentraba en las entrañas de la montaña. Rachel lo siguió después de ponerse la chaqueta.
– Tenga cuidado -le dijo Knoll-. El túnel podría estar minado. Eso explicaría la cadena.
– Es reconfortante saberlo.
– Nada que merezca la pena es fácil de obtener.
Se detuvo y echó un vistazo atrás, hacia la entrada, que quedaba ya a unos cuarenta metros. El aire se había tornado frío y fétido. Sacó el dibujo de Chapaev del bolsillo y estudió la ruta con la linterna.
– Ahí delante debería haber una bifurcación. Veamos si Chapaev tenía razón.
Una mortaja asfixiante impregnaba el ambiente. Pútrida. Nauseabunda.
– Guano de murciélago -dijo él.
– Creo que voy a vomitar.
– Respire con bocanadas breves y trate de no pensar en ello.
– Eso es como tratar de ignorar un trozo de bosta de vaca en el labio superior.
– Estas minas están llenas de murciélagos.
– Fantástico.
Él sonrió.
– En China se reverencia a los murciélagos como el símbolo de la felicidad y la larga vida.
– La felicidad es una mierda.
Llegaron a una bifurcación. Knoll se detuvo.
– El mapa indica que vayamos hacia la derecha.
Así lo hizo. Rachel lo siguió mientras desenrollaba el cordel a su paso.
– Avíseme cuando se acabe la cuerda. Tengo más.
El olor se hizo menos intenso. El nuevo túnel era menor que la galería principal, pero aún tenía tamaño suficiente para un camión de transporte. Periódicamente se abrían a los lados ramales que se hundían en las tinieblas. El eco del chillido de los murciélagos a la espera de la noche resonaba con claridad.
La montaña era ciertamente laberíntica. Todas lo eran. Los mineros a la busca de mineral y sal llevaban siglos excavando. Qué maravilloso sería si aquella galería resultara ser la que conducía a la Habitación de Ámbar. Diez millones de euros. Todos para él. Por no hablar de la gratitud de Monika. Quizá entonces Rachel Cutler estuviera lo bastante excitada como para abrirse de piernas. El rechazo de la noche anterior había resultado más incitador que insultante. No le sorprendería que su ex marido fuera el único hombre con el que había estado. Y esa idea resultaba totalmente embriagadora. Era prácticamente virgen. Desde luego lo era desde el divorcio. Qué placer iba a ser poseerla…
La galería comenzó a estrecharse y a ascender.
Su atención regresó al túnel.
Se habían adentrado un mínimo de cien metros en el granito y la caliza. El plano de Chapaev indicaba que más adelante encontrarían otra bifurcación. Pero algo marchaba mal. El túnel no era lo bastante ancho como para permitir el paso de un vehículo. Si la Habitación de Ámbar había sido ocultada allí, habría sido necesario transportar las cajas. Dieciocho, si no le fallaba la memoria. Todas ellas catalogadas e indexadas, los paneles envueltos en papel de fumar. ¿Habría otra cámara allí delante? No era extraño que se excavaran cámaras en la roca. La naturaleza lo hacía con frecuencia. Otras las tallaban los hombres. De acuerdo con Chapaev, una capa de roca y sedimento bloqueaba veinte metros más adelante, un umbral que conducía a una de tales cámaras.
Siguió avanzando, cuidando cada uno de sus pasos. Cuanto más se adentraban en la montaña, mayor era el riesgo de los explosivos. El haz de su linterna partió la oscuridad que se abría frente a él y sus ojos se enfocaron en algo.
Miró con atención.
¿Qué demonios…?
Suzanne levantó los prismáticos y estudió la entrada de la mina. La señal que había adosado a la puerta de hierro hacía tres años, «bcr-65», seguía allí. Parecía que el truco había funcionado. Knoll se estaba volviendo descuidado. Había corrido directamente hacia la mina, con Rachel Cutler a rastras. Era una pena que las cosas hubieran terminado así, pero no le quedaban muchas más opciones. Knoll era ciertamente interesante. Incluso excitante. Pero era un problema. Un enorme problema. La lealtad de ella hacia Ernst Loring era absoluta. Irreprochable, Se lo debía todo. El era la familia que nunca le habían dejado tener. Durante toda su vida, el anciano la había tratado como a su propia hija. Quizá su relación fuera más cercana incluso que con sus dos hijos naturales. Su amor por el arte era un nexo que los unía con fuerza. Ernst se había entusiasmado tanto cuando le entregó la caja de rapé y el libro… Agradarlo resultaba para Suzanne muy satisfactorio. Por tanto, si tenía que elegir entre Christian Knoll y su benefactor, no existía duda alguna.
De todos modos, era una pena. Knoll tenía sus cosas buenas.
Se encontraba en un risco boscoso, sin disfrazar. El pelo rubio y rizado le caía sobre los hombros, y se protegía con un jersey de cuello alto. Bajó los prismáticos, cogió el controlador de radio y extendió la antena.
Era evidente que Knoll no había sentido su presencia. Pensaría que se había deshecho de ella en el aeropuerto de Atlanta.
Ni de coña, Christian.
Una simple presión sobre el interruptor activó el detonador.