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¿Estaba haciendo lo correcto?

Tercera parte

35

Stod, Alemania Lunes, 19 de mayo, 10:15

Wayland McKoy entró en la caverna. Lo rodeó un aire frío y húmedo, y la oscuridad engulló la luz de la mañana. Se maravilló ante la antigua galería. Ein Silberbergwerk. Una mina de plata. Antaño conocida como el «tesoro de los sacros emperadores romanos», ahora la tierra yacía agotada y abandonada como un sórdido recordatorio de la plata mexicana barata que había acabado a principios del siglo xx con la mayoría de las minas de Harz.

Toda la zona era espectacular. Agrupaciones de colinas cubiertas de pinos, enormes arbustos y praderas alpinas. Hermoso y tosco, aunque lo impregnaba todo una sensación extraña. Como Goethe había escrito en Fausto: «Donde las brujas celebraban su Sabbath».

Aquello había sido en el pasado la esquina suroeste de la Alemania oriental, la temible zona prohibida, y los bosques seguían salpicados de postes fronterizos ya olvidados. Los campos de minas, los cañones automáticos de metralla, los perros guardianes y las vallas de alambre de espinos ya habían desaparecido. La Wende, la unificación, había puesto fin a la necesidad de contener a toda una población y había abierto las oportunidades. Como la que él aprovechaba en ese momento.

Recorrió la amplia galería. El camino quedaba marcado cada treinta metros por una bombilla de cien vatios y un cable eléctrico culebreaba hasta alcanzar el generador exterior. La pared de roca era tosca y el suelo estaba cubierto de escombros. El fin de semana pasado había enviado un equipo avanzado con la misión de despejar el pasadizo.

Aquella había sido la parte sencilla. Martillos neumáticos y cañones de aire. No había que preocuparse por explosivos perdidos de los nazis: el túnel había sido revisado por perros adiestrados y por expertos en demoliciones. La ausencia de cualquier cosa relacionada siquiera remotamente con explosivos le preocupaba. Si se trataba realmente de la mina correcta, aquella que los alemanes habían usado para almacenar las obras de arte del museo Kaiser Friedrich de Berlín, casi con toda certeza hubiera estado minado. Pero no habían encontrado nada. Solo roca, piedras, arena y miles de murciélagos. Esos hijos de perra pequeños y desagradables ocupaban las arterias secundarias de la galería durante el invierno, y de todas las especies que había en el mundo, esa tenía que estar en peligro de extinción. Lo que explicaba por qué el Gobierno alemán había sido tan reticente a concederle el permiso de exploración. Por suerte, los murciélagos abandonaban las minas en mayo y no regresaban hasta mediados de julio. Tenían cuarenta y cinco preciosos días para explorar. El Gobierno no les había concedido nada más. El permiso exigía que la mina estuviera vacía para cuando regresaran las bestezuelas.

Cuanto más se adentraba en la montaña más grande se volvía la galería, lo que también era fuente de problemas. Lo habitual era que los túneles se estrecharan hasta impedir el paso y que entonces los mineros excavaran hasta que resultara imposible seguir adelante. Todas las galerías eran testamento de los muchos siglos de actividad minera. Cada generación había tratado de superar a la anterior descubriendo una veta de mineral hasta entonces desconocida. Pero, a pesar de su anchura, el tamaño de la galería no dejaba de preocuparle. Era demasiado estrecha para almacenar algo tan grande como el botín tras el que marchaba.

Se acercó al equipo de trabajo, compuesto por tres hombres. Dos de ellos estaban subidos a escaleras y otro esperaba abajo. Los tres abrían orificios en la roca formando entre ellos ángulos de sesenta grados. Los generadores y compresores se encontraban unos cincuenta metros más atrás, al aire libre. Unas ásperas y calientes luces azuladas iluminaban la escena y cubrían a los operarios de sudor.

Los taladros se detuvieron y los hombres se quitaron las protecciones auditivas. También él se quitó los tapones.

– ¿Tenéis idea de qué tal vamos? -preguntó.

Uno de los hombres se quitó unas gafas empañadas y se limpió el sudor de la frente.

– Hoy hemos avanzado unos treinta centímetros. No hay modo de saber cuánto nos queda y tengo miedo de meter los martillos neumáticos.

Otro de los hombres cogió un jarro. Con cuidado llenó los barrenos practicados con disolvente. McKoy se acercó a la pared de roca. El granito y la caliza porosos se tragaban al instante el sirope marrón vertido en cada, orificio. Entonces los productos químicos cáusticos se expandían y creaban fisuras en la piedra. Otro hombre de gafas se acercó con un martillo pilón, pe un solo golpe logró que una sección de roca se partiera en láminas y cayera al suelo. Habían avanzado algunos centímetros más.

– Es muy lento -dijo.

– Pero es el único modo de hacerlo -pronunció una voz a su espalda,

McKoy se volvió para ver a Herr Doktor Alfred Grumer en la caverna, Era un hombre alto, de brazos y piernas largos y delgados, delgado hasta el punto de la caricatura. Una perilla canosa enmarcaba unos labios finísimos. Grumer era el experto de la expedición y poseía un doctorado en Historia del Arte por la Universidad de Heidelberg. McKoy se había, asociado con él hacía tres años, durante su última intentona en las minas Harz. Se trataba de un hombre experto y avaricioso, dos atributos que él no solo admiraba, sino que necesitaba en sus socios.

– Se está acabando el tiempo -dijo McKoy.

Grumer se acercó unos pasos.

– Su permiso nos concede cuatro semanas más. Lo conseguiremos.

– Asumiendo que haya algo que conseguir.

– La cámara está ahí. Los sondeos del radar lo confirman.

– ¿Pero cuánta roca hay que horadar, por todos los demonios?

– Es difícil de decir. Pero ahí dentro hay algo.

– ¿Y cómo demonios llegó allí? Usted dijo que los sondeos del radar confirmaban la presencia de múltiples objetos metálicos de buen tamaño. -Hizo un gesto hacia las luces que conducían al exterior-. Por esa galería apenas cabrían tres personas hombro con hombro.

Una débil sonrisa apareció en la cara de Grumer.

– Asume usted que esa es la única vía de entrada.

– Y usted asume que mi cartera es un pozo sin fondo.

Los otros hombres volvieron a arrancar los taladros y comenzaron a trabajar en un nuevo barreno. McKoy desanduvo sus pasos hacia la galería, más allá de las luces, donde el ambiente era más fresco y silencioso. Grumer lo siguió.

– Si para mañana no hemos hecho progresos, a la mierda con los barrenos -dijo McKoy-. Nos pondremos con la dinamita.

– Su permiso indica otra cosa.

McKoy se pasó una mano por el cabello negro empapado en sudor.

– Que le den al permiso. Necesitamos hacer progresos cuanto antes. Tengo un equipo de televisión muerto de risa en el pueblo y me cuesta dos mil al día. Y esos burócratas hijos de puta de Bonn no esperan mañana la visita de un grupo de inversores ansiosos por ver obras de arte.

– Esto no se puede hacer con prisas -replicó Grumer-. No se puede saber lo que espera tras la roca.

– Se espera que haya una enorme cámara.

– Y la hay. Y contiene algo.

McKoy suavizó el tono. No era culpa de Grumer que la excavación procediera con lentitud.

– Algo que provocó un orgasmo múltiple en el radar de tierra, ¿no?

Grumer sonrió.

– Es un modo poético de expresarlo.

– Pues más le vale tener razón, o nos dan por culo a los dos.

– La palabra alemana para «cueva» es hóhle -dijo Grumer-. La palabra para «infierno» es hollé. Siempre he pensado que la similitud no carecía de significado.

– Eso es interesantísimo, Grumer. Pero no es lo que necesito oír en este momento, si usted me entiende.

Grumer no parecía preocupado. Como siempre. Aquella era otra cosa de aquel hombre que a McKoy lo sacaba de sus casillas.