Paul se retiró hacia las sombras tras el camión y siguió observando. La linterna de Grumer recorrió los huesos embebidos en la arena. Se preguntó por la carnicería que se había producido allí. La luz de Grumer terminó con su examen al final de un brazo extendido. Paul veía con claridad las falanges de la mano. Se esforzó para enfocar la vista. Había letras grabadas en la arena. Algunas habían desaparecido con el tiempo, pero aún quedaban tres, espaciadas de forma irregular.
O I C.
Grumer se incorporó y sacó tres fotografías. El flash de su cámara produjo un efecto estroboscópico.
Entonces, el alemán volvió a agacharse y borró rápidamente las letras de la arena.
McKoy estaba impresionado. El vídeo iba a ser espectacular. Tres transportes alemanes oxidados de la Segunda Guerra Mundial hallados relativamente intactos en las profundidades de una mina de plata abandonada. Cinco cuerpos, todos ellos con agujeros de bala en la cabeza. Menudo espectáculo. Su porcentaje sobre los derechos residuales iba a ser impresionante.
– ¿Tenemos suficientes tomas exteriores? -preguntó a uno de los camarógrafos.
– De sobra.
– Entonces veamos qué coño hay ahí dentro. -Cogió una linterna y avanzó hacia el transporte más cercano-. ¿Grumer, por dónde anda?
El Doktor apareció desde las sombras.
– ¿Está preparado? -preguntó McKoy.
Grumer asintió.
También él lo estaba.
En la caja de los camiones verían cajones de madera fabricados apresuradamente y embalados de cualquier manera. Se habrían usado para envolver las piezas tapices centenarios, vestidos y alfombras. Había oído historias acerca de cómo los encargados del Hermitage emplearon los trajes reales de Nicolás II y Alexandra para envolver los cuadros que se enviaban hacia el este para protegerlos de los nazis. Prendas de valor incalculable se usaron indiscriminadamente como relleno de los cajones de madera. Se echó mano de cualquier cosa para proteger los lienzos y las frágiles cerámicas. McKoy esperaba que los alemanes hubieran sido igualmente frívolos. Si aquella era la cámara correcta, la que contenía el inventario del Museo de Berlín, el hallazgo sería la crema de la colección. Quizá estuvieran la Calle de Delft de Vermeer, la Cabeza de Jesús de Da Vinci o El parque de Monet. Cada uno de ellos podía alcanzar en el mercado abierto un precio millonario. Aunque el Gobierno alemán insistiera en quedarse con ellos, lo que era probable, su retribución por el hallazgo sería de millones de dólares.
Apartó cuidadosamente el lienzo rígido y apuntó la luz hacia el interior.
La caja estaba vacía. No había más que óxido y arena.
Corrió hacia el siguiente camión.
Vacío.
Hacia el tercero.
También vacío.
– Me cago en todo -dijo-. Apaguen esas putas cámaras.
Grumer inspeccionó con su linterna cada una de las cajas.
– Me temía algo así.
McKoy no estaba de humor.
– Todas las señales indicaban que esta podría no ser la cámara -dijo Grumer.
Aquel atildado alemán casi parecía estar disfrutando con el predicamento de su empleador.
– ¿Y por qué cono no me lo dijo en enero?
– Entonces no lo sabía. Los sondeos de radar indicaban que aquí dentro había algo grande y metálico. Solo en los últimos días, al acercarnos, comencé a sospechar que podría tratarse de una cámara seca.
Paul se acercó a él.
– ¿Cuál es el problema?
– El problema, señor abogado, es que los malditos camiones están vacíos. Dentro no hay una puta mierda. Me acabo de gastar un millón de dólares para recuperar tres camiones oxidados. ¿Cómo cojones voy a explicar esto a la gente que va a llegar aquí mañana con la esperanza de hacerse rica con su inversión?
– Ya conocían los riesgos cuando invirtieron -opinó Paul.
– A ver si esos hijos de puta aceptan esa respuesta.
– ¿Fue sincero con ellos respecto a los riesgos? -preguntó Rachel.
– Tanto como puedes serlo cuando estás pidiendo dinero. -Sacudió la cabeza disgustado-. ¡Dios, Dios, Dios todopoderoso! ¡Joder!
37
Stod
12:45
Knoll arrojó su bolsa de viaje sobre la cama y echó un vistazo a la caótica habitación de hotel. El Christinenhof se elevaba cinco plantas. El exterior era en parte de madera y el interior rezumaba historia y hospitalidad. Había escogido intencionadamente una habitación en la tercera planta y con vistas a la calle, despreciando la lujosa y más cara fachada del jardín. No le interesaba el ambiente, sino la localización, ya que el Christinenhof se encontraba justo enfrente del hotel Garni, donde Wayland McKoy y todo su grupo ocupaban por completo la cuarta planta.
Había sabido por un servicial empleado de la oficina local de turismo bastantes cosas acerca de la excavación de McKoy. También le había dicho que al día siguiente llegaría a la localidad un grupo de inversores. El Garni se había ocupado al cien por cien y había sido necesario echar mano de otros dos hoteles para absorber la saturación.
– Es bueno para los negocios -le había dicho el empleado.
Y también para él. No había nada mejor como distracción que una multitud.
Abrió la cremallera de la bolsa de cuero y sacó una cuchilla eléctrica.
El día anterior había sido duro. Danzer lo había superado. Probablemente en ese mismo momento estuviera presumiendo con Ernst Loring de cómo lo había engañado para llevarlo a la mina. ¿Pero por qué matarlo? Nunca antes sus duelos habían llegado a tales extremos. ¿Qué era lo que había subido las apuestas? ¿Qué era tan importante para que Danya Chapaev, él mismo y Rachel Cutler tuvieran que morir? ¿La Habitación de Ámbar? Quizá. No había duda de que necesitaba seguir investigando y pretendía hacer exactamente eso una vez que completara aquella misión secundaria.
Se había demorado en llegar desde Füssen hasta Stod. No tenía prisa. Los periódicos de Munich informaban de la explosión del día anterior en la mina de Harz, y mencionaba a Rachel Cutler y el hecho de que había sobrevivido. No se hacía referencia alguna a él mismo, solo que se estaba buscando a un varón blanco sin identificar, aunque los equipos de rescate no tenían esperanzas de encontrar nada. Sin duda Rachel habría hablado de él a las autoridades y la policía habría descubierto que se había marchado del Goldene Krone con sus cosas y las de ella. Pero no se hacía ninguna mención… Interesante. ¿Un truco de la policía? Posiblemente. Pero le daba igual. No había cometido ningún delito. ¿Para qué iba a quererlo la policía? Lo único que sabían las autoridades es que estaba asustadísimo y que había decidido marcharse del pueblo. Un encuentro tan cercano con la muerte podía afectar a cualquiera. Rachel Cutler estaba viva y seguramente de regreso a América. Su aventura alemana no sería más que un recuerdo desagradable. Ahora regresaría a su vida de jueza de una gran ciudad. La búsqueda de la Habitación de Ámbar por parte de su padre moriría con él.
Se había duchado por la mañana pero no se había afeitado, de modo que el cuello y el mentón le picaban y tenían el tacto de la lija. Rebuscó en el fondo de su bolsa de viaje y sacó la pistola. Masajeó suavemente el suave polímero no reflectante y empuñó el arma, con el dedo en el gatillo. No llegaba al kilo de peso. Era un regalo de Ernst Loring, una de sus nuevas cz-75b.
«Hice que le ampliaran el cargador a quince balas», le dijo Loring al presentarle el arma. «No lleva el cargador de diez cartuchos de los burócratas. Así que es idéntica a nuestro modelo original. Recuerdo tu comentario de que no te había gustado la modificación posterior de los diez disparos. También he variado la configuración del seguro para que pueda llevarse amartillada y bloqueada, como habrás visto. Ese mismo cambio está presente ahora en todos los modelos.»