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– Grumer borró esas letras a propósito. De eso no cabe la menor duda. Eso hombre prepara algo.

– ¿Por qué no se lo has dicho a McKoy?

Paul se encogió de hombros.

– No lo sé. Lo pensé, pero, como bien has dicho, podría ser un estafador.

– ¿Estás seguro de que las letras eran O-I-C?

– Es lo que vi.

– ¿Crees que puede tener algo que ver con papá y la Habitación de Ámbar?

– En este momento no veo la conexión, salvo que Karol estaba realmente interesado en las actividades de McKoy. Pero eso no tiene por qué significar nada.

Rachel se sentó junto a él. Paul reparó en los cortes de los brazos y la cara, que ya habían formado costra.

– Ese McKoy nos subió a bordo sin pensárselo dos veces -dijo ella.

– Bien podríamos ser todo lo que tiene. Parece que Grumer no le cae muy bien. Nosotros somos solo dos extraños que hemos salido de la nada.

No tenemos interés en nada. No somos una amenaza. Supongo que nos considera seguros.

Rachel tomó la cartera y estudió cuidadosamente las trizas de papel avejentado.

– «Ausgegeben 15-3-51. Verfällt 15-3-55. Gustav Müller.» ¿Le pedimos a alguien que nos lo traduzca?

– No me parece buena idea. Ahora mismo no confío en nadie, exceptuando la presente compañía, claro está. Sugiero que busquemos un diccionario alemán-inglés y lo hagamos nosotros.

A dos manzanas al oeste del Garni encontraron un diccionario bilingüe en una atestada tienda de regalos. Era un volumen delgado que parecía pensado para turistas, pues incluía palabras y expresiones comunes.

– Ausgegeben significa «enviado» -dijo Paul-. Verfällt significa «expira» o «termina». -Miró a Rachel-. Los números deben de ser fechas, en formato europeo, al revés. Enviado el 15 de marzo de 1951. Expira el 15 de marzo de 1955. Gustav Müller.

– Eso es después de la guerra. Grumer tenía razón. Alguien llegó antes de McKoy a hacerse con lo que hubiera allí. En algún momento anterior a marzo de 1951.

– ¿Pero qué era?

– Buena pregunta.

– Tiene que ser algo serio. Cinco cadáveres con orificios de bala en la cabeza…

– E, importante, los tres camiones estaban limpios. No dejaron absolutamente ninguna pista.

Devolvió el diccionario a la estantería.

– Grumer sabe algo. ¿Por qué iba a tomarse el trabajo de realizar las fotografías antes de borrar las letras? ¿Qué está documentando? ¿Y para quién?

– Quizá deberíamos contárselo a McKoy.

Paul sopesó la sugerencia.

– Yo no lo haría. Al menos de momento.

39

22:00

Suzanne apartó el telón de terciopelo que separaba la galería exterior y el portal de la nave interior. La iglesia de St. Gerhard estaba vacía. El tablón de anuncios del exterior proclamaba que el santuario permanecía abierto hasta las once de la noche, razón principal para que eligiera aquel lugar como punto de reunión. El otro motivo era su situación. Se encontraba a pocas manzanas de la zona de hoteles de Stod, en el límite de la ciudad vieja y lejos de las muchedumbres.

La arquitectura era claramente románica, con mucho ladrillo y una elevada fachada adornada con dos torres gemelas. Dominaban las proporciones lúcidas y espaciosas. Unas arcadas ciegas formaban interesantes dibujos. Una cancela de hermosa factura ocupaba el otro extremo del templo. El altar, la sacristía y los bancos del coro estaban vacíos. Algunos cirios parpadeaban en un altar lateral. Su brillo se reflejaba como estrellas en la ornamentación dorada del techo.

Avanzó y se detuvo en la base de un pulpito dorado. La rodeaban figuras cinceladas de los cuatro evangelistas. Observó los escalones que conducían arriba. A ambos lados se alineaban más figuras. Alegorías de los valores cristianos. Fe, esperanza, caridad, prudencia, fortaleza, templanza y justicia. Reconoció al artesano de inmediato: Riemenschneider. Siglo xvi. El pulpito estaba vacío. Pero podía imaginarse al obispo dirigiéndose a la congregación, exaltando las virtudes de Dios y las ventajas de la creencia.

Se dirigió hacia el otro extremo de la nave con los ojos y los oídos alerta. El silencio era enervante. Llevaba la mano derecha embutida en el bolsillo de la chaqueta y los dedos sin guante se cerraban alrededor de la Sauer automática del calibre 32, un regalo que Loring le había hecho hacía tres años, procedente de su colección privada. Había estado a punto de llevar la nueva cz-75b que Loring le había dado. Había sido sugerencia de ella que

Christian recibiera una idéntica. Loring sonrió ante la ironía. Era una lástima que Knoll no llegara a tener ocasión de usar la suya.

Captó un movimiento por el rabillo del ojo. Sus dedos se cerraron alrededor de la culata y se volvió. Un hombre alto y enjuto apartaba un telón y se dirigía hacia ella.

– ¿Margarethe? -preguntó en voz baja.

– ¿Herr Grumer?

El hombre asintió y se acercó. Olía a cerveza amarga y salchichas.

– Esto es peligroso.

– Nadie sabe de nuestra relación, Herr Doktor. Usted simplemente se ha acercado a la iglesia para hablar con Dios.

– Así debe seguir siendo.

A Suzanne no le incumbía la paranoia de aquel hombre.

– ¿Qué ha descubierto?

Grumer buscó en el bolsillo de la chaqueta y extrajo cinco fotografías. Ella las estudió bajo la luz ambiente. Tres camiones. Cinco cuerpos. Letras sobre la arena.

– Los transportes están vacíos. Hay otra entrada a la cámara, pero está bloqueada con escombros. Los cuerpos son con seguridad posteriores a la guerra. Lo indican sus ropas y el equipo.

Suzanne señaló la fotografía que mostraba las letras sobre la arena.

– ¿Qué hizo con esto?

– Lo borré con la mano.

– Entonces, ¿por qué lo fotografió?

– Para que usted me creyera.

– Y para poder elevar el precio.

Grumer sonrió. Suzanne odiaba la palidez de la codicia.

– ¿Algo más?

– Dos estadounidenses han aparecido en la mina.

Ella escuchó mientras Grumer le hablaba de Rachel y Paul Cutler.

– La mujer es la que se vio involucrada en la explosión de la mina cercana a Warthberg. Le han calentado la cabeza a McKoy con la Habitación de Ámbar.

El hecho de que Rachel Cutler hubiera sobrevivido resultaba interesante.

– ¿Ha dicho ella algo acerca de algún otro superviviente de la explosión?

– Solo que hubo otro. Un tal Christian Knoll. Se largó de Warthberg después de la explosión, llevándose las pertenencias de Frau Cutler.

Suzanne se enderezó inmediatamente y se puso alerta. Knoll estaba vivo. La situación, que hacía un momento parecía totalmente bajo control, se le antojaba ahora terrorífica. Pero tenía que completar la misión.

– ¿Sigue escuchándole McKoy?

– Cuando le da. Está muy molesto con que los camiones estuvieran vacíos. Teme que los inversores de la excavación presenten demandas. Ha contratado los servicios legales de Herr Cutler.

– Son unos desconocidos.

– Pero creo que confía más en él que en mí. Además, los Cutler tienen cartas cruzadas entre el padre de Frau Cutler y un hombre llamado Danya Chapaev. Están relacionadas con la Habitación de Ámbar.

Noticias ya conocidas. Las mismas cartas que ella había leído en el despacho de Paul Cutler. Pero debía parecer interesada.

– ¿Ha visto usted esas cartas?

– Así es.

– ¿Quién las tiene ahora?

– Frau y Herr Cutler.