Monika y él se sentaron. Informó de lo que había descubierto acerca de Danzer y su reunión de la noche pasada con un hombre llamado Grumer.
– Lo conozco -dijo Fellner-. Herr Doktor Alfred Grumer. Una prostituta académica. Va de universidad en universidad. Pero tiene contactos en el Gobierno alemán y sabe vender esa influencia. No me sorprende que un hombre como McKoy se haya asociado con él.
– Obviamente, Grumer es el contacto de Danzer dentro de la excavación -dijo Monika.
– Estoy de acuerdo -respondió Fellner-. Y Grumer no estaría aquí de no poder sacar tajada. Esto podría ser más interesante de lo que parecía en un principio. Ernst se está tomando esto en serio. Esta mañana ha vuelto a llamar para curiosear. Parece que está preocupado por tu salud, Christian. Le he dicho que hace días que no sé nada de ti.
– Todo esto encaja a la perfección en el patrón -dijo Knoll.
– ¿Qué patrón? -preguntó Monika.
Fellner sonrió a su hija.
– Quizá sea hora, leibling, de que lo sepas todo. ¿Qué me dice usted, Christian?
Monika pareció desconcertada. Knoll disfrutó de su evidente confusión. A aquella perra le venía bien comprender que no lo sabía todo.
Fellner abrió uno de los cajones y extrajo una gruesa carpeta.
– Christian y yo llevamos años investigando esto. -Extendió sobre la mesa diversos recortes de periódico y artículos de revistas-. La primera muerte de la que tenemos constancia se produjo en 1957. Un periodista alemán de uno de mis periódicos de Hamburgo vino aquí para pedirme una entrevista. Le di gusto y resultó estar extraordinariamente bien informado. Una semana más tarde fue arrollado por un autobús en Berlín. Los testigos aseguran que lo empujaron.
»La siguiente se produjo dos años después. Otro reportero. Italiano. Un coche lo sacó de la carretera en una zona alpina. Otras dos muertes en 1960, una sobredosis de droga y un robo que acabó torciéndose. Desde 1960 hasta 1970 se produjeron otras doce por toda Europa. Periodistas. Investigadores de aseguradoras. Policías. Sus muertes iban desde los presuntos suicidios hasta los evidentes asesinatos.
»Cariño, todas estas personas buscaban la Habitación de Ámbar. Los predecesores de Christian, mis dos primeros adquisidores, revisaban cuidadosamente la prensa. Investigaban concienzudamente cuanto pudiera parecer relacionado. En los años setenta y ochenta el número de incidentes pareció disminuir. Solo seis muertes, que sepamos, en esos veinte años. El último fue un periodista polaco muerto en la explosión dentro de una mina, hace tres años. -Miró a Monika-. No estoy seguro del lugar exacto, pero fue cerca del lugar donde Christian tuvo su tropiezo.
– Yo apostaría a que se trata de la misma mina -opinó Knoll.
– Muy extraño, ¿no te parece? Christian encuentra un nombre en San Petersburgo, Karol Borya, y de repente, ese hombre y su antiguo colega aparecen muertos. Liebling, Christian y yo sospechamos desde hace mucho que Loring sabe mucho más acerca de la Habitación de Ámbar de lo que quiere admitir.
– A su padre le encantaba el ámbar -dijo Monika-. Y a él también.
– Josef era un hombre al que le gustaban mucho los secretos. Más que a Ernst. Era muy difícil saber lo que estaba pensando. Muchas veces hablamos acerca de la Habitación de Ámbar. Llegué una vez a ofrecerle compartir una búsqueda generalizada de los paneles, pero se negó. Dijo que se trataba de una pérdida de tiempo y de dinero. Pero algo en aquella negativa me preocupaba. De modo que empecé a llevar este archivo y a comprobar todas las cosas que podía. Descubrí que se producían demasiadas muertes, demasiadas coincidencias, como para tratarse de una casualidad. Ahora Suzanne intenta matar a Christian y paga un millón de euros por un simple dato acerca de una excavación. -Fellner negó con la cabeza-. Yo diría que el rastro que parecía helado ya está considerablemente caliente.
Monika señaló los recortes que había sobre la mesa.
– ¿Crees que todas esas personas fueron asesinadas?
– ¿Es que hay otra conclusión lógica?
Monika se acercó a escritorio y miró por encima los artículos.
– La pista de Borya era buena, ¿no?
– Yo diría que sí -respondió Knoll-. No sabría decir por qué. Pero bastó para que Suzanne matara a Chapaev e intentara eliminarme.
– Esa mina en la que están excavando podría ser importante -dijo Fellner-. Creo que ha llegado la hora de dejarse de juegos. Christian, tienes mi permiso para encargarte de la situación como estimes conveniente.
Monika se quedó mirando a su padre.
– Pensé que era yo quien iba a estar al mando.
Fellner sonrió.
– Debes conceder a este anciano una última misión. Christian y yo llevamos años trabajando en esto. Creo que ya estamos muy cerca. Te pido tu permiso, liebling, para inmiscuirme en tus dominios.
Monika logró mostrar una débil sonrisa, aunque era evidente que no se sentía complacida. ¿Pero qué podía decir?, pensó Knoll. Nunca había desafiado abiertamente a su padre, aunque en privado muchas veces había mostrado su exasperación ante su perpetua paciencia. Fellner había sido criado en la vieja escuela, donde los hombres gobernaban y las mujeres parían. Dirigía un imperio financiero que dominaba el mercado europeo de la comunicación. Políticos e industriales solicitaban su favor. Pero su esposa y su hijo habían muerto, y Monika era la única Fellner que quedaba. De modo que se había visto obligado a convertir a una mujer en la idea que él tenía de un hombre. Por fortuna, era dura. Y lista.
– Por supuesto, papá. Haz lo que desees.
Fellner se inclinó hacia delante y acarició la mano de su hija.
– Sé que no lo entiendes, pero te quiero por tu deferencia.
Knoll no pudo resistirse.
– Toda una novedad.
Monika lo perforó con la mirada.
Fellner rió entre dientes.
– Bien cierto es, Christian. La conoce bien. Forman todo un equipo.
Monika se recostó sobre su silla.
– Christian -dijo Fellner-, vuelva a Stod y descubra qué está pasando. Encárguese de Suzanne como desee. Quiero saber dónde está la Habitación de Ámbar antes de morir, sea lo sea. Si le entran dudas, recuerde la galería de esa mina y sus diez millones de euros.
Knoll se levantó.
– Se lo aseguro. No olvidaré ninguna de las dos cosas.
42
Stod
13:45
El gran salón del Garni estaba lleno. Paul se encontraba a un lado, junto a Rachel, y observaba cómo se desarrollaba el melodrama. Qué duda cabía de que, si el ambiente contaba, la decoración de la sala ayudaría claramente a Wayland McKoy. Unos coloridos mapas de la vieja Alemania enmarcados de forma recargada colgaban de las paredes forradas de roble. Una reluciente lámpara de bronce, sillas antiguas barnizadas y una alfombra oriental de exquisito diseño completaban la atmósfera.
Cincuenta y seis personas ocupaban las sillas, y sus rostros mostraban una mezcla de maravilla y agotamiento. Habían sido conducidos allí directamente en autobús desde Francfort, después de llegar cuatro horas atrás en avión. Su edad variaba desde los treinta y pocos hasta los sesenta y muchos. Las razas también eran diversas. La mayoría eran blancos, pero había dos parejas negras, ambas de edad avanzada, y una japonesa. Todos parecían inquietos y expectantes.
McKoy y Grumer se encontraban al frente de la estancia alargada, junto a cinco empleados de la excavación. Un televisor con un vídeo descansaba sobre un soporte metálico. Detrás había sentados dos hombres sombríos con sus cuadernos en la mano. Parecían ser periodistas. McKoy había querido excluirlos, pero los dos mostraron identificaciones de la zdf, la organización periodística alemana que había optado a la historia, e insistieron en quedarse.
– Por favor, vigile lo que diga -le había recomendado Paul.