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– La muerte de papá y todo esto me han hecho ver las cosas con claridad. Toda la familia de mis padres murió en la guerra. No tengo más que a María y a Brent… Y a ti.

Paul la miró fijamente.

– Lo digo en serio. Eres mi familia, Paul. Hace tres años cometí un gran error. Me equivoqué.

Paul comprendió lo difícil que le estaba resultando decir aquellas palabras, pero necesitaba saber.

– ¿Y cómo es eso?

– El martes por la noche… La aventura en la abadía, colgar así del balcón, basta para hacer entrar en razón al más pintado. Viniste aquí porque creías que yo estaba en peligro y arriesgaste mucho por mí. Yo no debería ser tan difícil. No te lo mereces. Lo único que querías era un poco de paz, tranquilidad y consistencia. Y yo lo único que hacía era poner las cosas más difíciles.

Paul pensó en Christian Knoll. Aunque Rachel nunca lo había admitido, se sentía atraída por él. Podía sentirlo. Pero Knoll la había abandonado para que muriera. Quizá aquel acto hubiera servido para que su mente analítica recordara que no todo era lo que aparentaba. Su ex marido incluido. Qué demonios. La quería. Quería recuperarla. Era el momento de decidir o de callarse.

La besó.

Knoll observó cómo los Cutler se abrazaban, excitado por la visión de Rachel Cutler medio desnuda. Durante el viaje juntos desde Munich hasta Kehlheim, ya había llegado a la conclusión de que a ella todavía le preocupaba su ex marido. Probablemente aquel fuera el motivo de que lo rechazara en Warthberg. Sin duda se trataba de una mujer atractiva. Pecho muy abundante, cadera estrecha, entrepierna incitadora. Quiso poseerla en la mina y esa era su intención justo antes de que Danzer se inmiscuyera con la explosión. ¿Por qué no rectificar la situación aquella noche? ¿Tenía ya alguna importancia? Fellner y Monika estaban muertos. Él se había quedado sin trabajo. Ninguno de los demás miembros del club querría contratarlo después de lo que estaba a punto de hacer.

Una llamada a la puerta de la habitación captó su atención.

Observó a través de la mirilla.

– ¿Quién es? -preguntó Paul.

– McKoy.

Rachel dio un brinco, recogió sus ropas y se ocultó en el dormitorio. Paul se levantó y abrió la puerta. McKoy pasó, vestido con unos pantalones de pana verde y una camisa de rayas. En los grandes pies llevaba unos botines marrones.

– Un atuendo informal, McKoy -dijo.

– Tengo el esmoquin en la tintorería.

Paul cerró la puerta.

– ¿Qué estaba haciendo con Loring?

McKoy se encaró con él.

– Anímese, letrado, estaba intentado alterar un poco a ese viejo chocho.

– Entonces, ¿qué estaba haciendo?

– Sí, McKoy, ¿de qué iba todo eso? -preguntó Rachel mientras salía del baño. Iba vestida con unos vaqueros plisados y un jersey ajustado de cuello alto.

McKoy la miró de arriba abajo.

– Viste muy bien, su señoría.

– Vaya al grano -protestó ella.

– El grano era ver si el hombre soltaba prenda, cosa que hizo. Lo presioné para ver de qué está hecho. Venga, hombre. Si no tuviera nada que ver en el asunto, nos habría dicho: «sayonara, váyanse a tomar por saco». Tal como se le pusieron las cosas, perdió el culo para que nos quedáramos a pasar la noche.

– ¿No hablaba en serio? -preguntó Paul.

– Cutler, sé que ustedes dos me consideran una mierda de las ciénagas, pero tengo valores. Bueno, sí, la mayor parte del tiempo andan un poco sueltos, pero por ahí están. Ese Loring… o sabe algo o quiere saberlo. En cualquier caso, está lo bastante interesado como para hacernos pasar aquí la noche.

– ¿Cree que es parte de ese club del que hablaba Grumer? -preguntó Paul.

– Espero que no -respondió Rachel-. Eso podría significar que Knoll y esa mujer andan por aquí.

A McKoy no parecía preocuparle aquello.

– Es una posibilidad que habrá que aceptar. Tengo buenas vibraciones. Y también un montón de inversores esperándome en Alemania, así que necesito respuestas. Apuesto lo que sea a que ese viejo hijo de puta las tiene.

– ¿Cuánto tiempo podrá su gente contener la curiosidad de los socios? -preguntó Rachel.

– Un par de días. Como mucho. Mañana por la mañana empiezan a trabajar en el otro túnel, pero les dije que se lo tomaran con calma. Personalmente, creo que es una pérdida de tiempo.

– ¿Cómo debemos enfrentarnos a esta cena? -preguntó Rachel.

– Es muy sencillo: cómase lo que le pongan, bébase sus licores y encienda la aspiradora de información. Debemos obtener más de lo que demos, ¿entendido?

Rachel sonrió.

– Sí, entendido.

La cena resultó cordial. Loring dirigió una agradable conversación acerca de arte y política. Paul se sentía fascinado por el alcance de los conocimientos de aquel hombre. McKoy presentó su mejor humor. Aceptó la hospitalidad de Loring y le dedicó toda suerte de elogios a propósito de la comida. Paul lo observaba todo cuidadosamente y reparó en el intenso interés que Rachel sentía por McKoy. Parecía que estuviera esperando a que él cruzara la línea.

Tras el postre, Loring los guió por una visita a la amplia planta baja del castillo. La decoración parecía una mezcla de mobiliario holandés, relojes franceses y candelabros rusos. Paul se fijó en el énfasis en el clasicismo, junto con las imágenes claras y realistas de todas las tallas. En conjunto se trataba de una composición bien equilibrada y plásticamente perfecta. Los artesanos sin duda conocían su oficio.

Cada espacio tenía un nombre. La Cámara Walderdorff. La Habitación Molsberg. La Sala Verde. El Cuarto de las Brujas. Todas estaban decoradas con muebles antiguos (originales en su mayoría, les explicó Loring) y obras de arte, hasta tal punto que Paul tuvo problemas para abarcarlo todo, y deseó que hubiera allí dos encargados del museo para que le explicaran las cosas. En lo que Loring denominó Habitación de los Antepasados, el anciano se detuvo junto a un óleo de su padre.

– Mi padre descendía de un largo linaje. Sorprendentemente, siempre por el lado paterno. Por tanto, siempre ha habido varones Loring para heredar. Ese es uno de los motivos por los que hemos dominado este lugar durante quinientos años.

– ¿Y qué hay de la época comunista? -preguntó Rachel.

– Incluso entonces, querida. Mi familia aprendió a adaptarse. No había más opción. Adaptarse o morir.

– Es decir, que trabajaron ustedes para los comunistas -dijo McKoy.

– ¿Y qué otra cosa podíamos hacer, Pan McKoy?

McKoy no respondió y se limitó a devolver su atención al retrato de Josef Loring.

– ¿Estaba interesado su padre en la Habitación de Ámbar?

– Mucho.

– ¿Había visto la original en Leningrado antes de la guerra?

– De hecho, mi padre vio la sala antes de la Revolución Rusa. Era un gran amante del ámbar, como sin duda ustedes ya saben.

– ¿Por qué no nos dejamos de chorradas, Loring?

Paul se encogió ante la repentina intensidad de la voz de McKoy. ¿Era genuina, o se trataba de más juegos?

– Tengo un agujero en una montaña a ciento cincuenta kilómetros de aquí y cuya excavación me ha costado un millón de dólares. Lo único que he obtenido por mis desvelos han sido tres camiones y cinco esqueletos. Déjeme decirle lo que pienso.

Loring se sentó en una de las sillas de cuero.

– Por favor…

McKoy aceptó un vaso de clarete de un mayordomo con una bandeja.

– Dolinski me contó una historia acerca de un tren que abandonó la Rusia ocupada allá por el 1 de mayo de 1945. Se supone que a bordo viajaba la Habitación de Ámbar, embalada en cajas. Algunos testigos aseguraban que las cajas se descargaron en Checoslovaquia, desde donde supuestamente fueron transportadas en camión hacia el sur. Una versión dice que fueron almacenadas en un bunker subterráneo empleado por el mariscal de campo Von Schórner, comandante del ejército alemán. Otra asegura que se dirigieron hacia el oeste, hacia Alemania. Una tercera dice que hacia el este, hacia Polonia. ¿Cuál es la correcta?