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Tocar en simbólico abrazo femenino la encendida mejilla nocturna de Marisa, ver enorme durante un segundo el destello lacustre de su ojo, el rosa lila de la parte interior de sus labios contra los dientes de bordes traslúcidos, ingresar por un momento en el invisible campo magnético del cuerpo de una beldad y recibir en una misma impronta -el vaho del aliento y su rápido desvanecimiento en un cristal- fue una inmersión en otro modo de percepción. Lo más cerca que puede llegar una mujer a la transformación del mundo que el hombre busca en la belleza femenina. Marisa es negra; también próxima, entonces, a la manera blanca de utilizar la negritud como un camino para percibir una redención sensual, como hacen los románticos, o de percibir temores, como hacen los racistas. En casa de mi padre, lo uno era el anverso de lo otro, las dos caras de la falsa conciencia. Estoy en condiciones de sumar este dato a las notas de cualquiera. Pero incluso en esa casa la negritud era un medio de percepción sensual-redentor. A través de la negritud es revelado el trayecto que lleva al futuro. Los descendientes de Chaka, Digane, Hintsa, Sandile, Moshesh, Cetewayo, Msilekazi y Sekukuni son los únicos que pueden llevarnos allí; el espíritu de Makana está en Robben Island como intercesor ante Lenin. Sipho Mokoena, que hacía cometas para Tony y mostraba a los niños el desgarrón que había hecho una bala en la pernera de sus pantalones; Gana Makabeni, que fue padrino de la boda e Isaac Vulindlela, que dejó a su único hijo Baasie al cuidado de mis padres; Daniel, el camarero de mi tío Coen Nel; el vigilante que te lleva dinero para las apuestas… los arrugados pies negros de planta pálida desnudos en la piscina y asimismo los rostros negros de la mayoría en el último congreso clandestino al que pudo asistir mi padre: en la unión del Caín blanco y el negro Abel, una nueva hermandad de la carne es el rumbo hacia la fraternidad definitiva. La madura vendedora de cosméticos y los pocos compradores no demasiado ensimismados que levantaron la vista vieron que una negra besaba a una kaffirboetie. Eso es todo. No percibieron nada más. Esa casa estaba más cerca de lo que yo suponía de alcanzar su clase de realidad a través de tu clase de realidad. Tú y yo discutíamos en la casita. Sexo y muerte, dijiste. La única realidad. Tendría que haber sido capaz de explicar el elemento de sensualidad que habría cualificado las experiencias de esa casa para que tú las consideraras reales. Lo sentí en presencia de Marisa, después de tanto tiempo; el bienestar con Baasie en la misma cama cuando la oscuridad hacía que la casa crujiera cargada de amenazas.

Marisa estaba comprando crema facial; probaba distintas marcas en el dorso de la mano acomodada para que la vendedora la atendiera desde el otro lado del mostrador. La mano llevaba su insignia de sortijas y brillantes uñas largas, a la manera en que un general usa galones dorados y las cintas de sus campañas. ¿No opinaba yo que olía excesivamente a una tarta dulce?

– A mí me huele a fruta pasada.

– Violetas, señora -dijo seriamente la vendedora.

No, no, no le iba; pero Marisa no quiso llevar la otra marca que el rápido vaivén de un dedo blanco frotaba en su tez de ciruela oscura.

– ¿Sabes cuánto cuesta ésta, Rosa? Prefiero tener arrugas -la vendedora le mostró otra, un tubo, francés aunque no muy caro, se usa muy poco y cunde mucho, está aromatizada con hierbas. Marisa tenía el aire de quien nunca se muestra indecisa-. De acuerdo. Me llevo ésta. El esmalte de uñas, la crema y nada más. ¡Rosa, si estás trabajando en ese edificio, me tienes a la vuelta de la esquina! Estoy en el despacho de un abogado. Alguien que encontró Theo -río, compartiendo nuestro reconocimiento de que todos usábamos a Theo, de nuestra dependencia de él en los juicios de su marido, Joseph Kgosana, o mi padre, como mujeres que comparten la confianza en un buen médico-. Acabo de empezar, no hace ni siquiera una semana… entonces me dieron permiso para una visita. Acabo de volver de la Isla.

¡Qué espléndidamente lo hacía! En una oración ella y yo estuvimos solas; aunque la rubia madura -que se había puesto las gafas que colgaban de una cadena dorada para hacer la factura- comprendiera de qué isla se trataba, ni ella ni los clientes que andaban por los pasillos bajo luces y perfumes alcanzarían el nivel de inteligencia de la mirada con que Marisa me sostenía. Bastaba un cambio de tono entre nosotras. Para Marisa parece fácil. No necesita encontrar una expresión solemne, reconocer la distancia que hay entre la cárcel y el mostrador de cosméticos. Ella no se encierra, no se pone a cubierto, no se paraliza como yo. No tiene que recurrir a plantear las cosas delicadamente ni explicarse a sí misma por temor a que la interpreten o la juzguen mal. El desafío y la confianza no se lamentan; su belleza y la forma en que la asume son más fuertes que cualquier declaración.

¿Cómo estaba él? ¿Cómo están todos? Cuando hablamos de ello, de los presos que han sobrevivido a Lionel, el tono es deliberadamente banal, una afirmación de que no es posible aislarlos, de que siguen participando de la vida cotidiana por gruesos que sean los muros o encrespados los mares entre el destierro y el terruño.

– Está muy bien. Soy yo quien resistió mal la tormenta. Es verdad… ¡las inclemencias del tiempo, realmente! ¡Soplaba un vendaval en Ciudad del Cabo! No te imaginas lo que fue eso. El primer día el barco no pudo salir. Al siguiente, los policías de mi escolta no estaban muy entusiasmados pero yo les dije, miren, insistí, aquí está mi permiso, sólo tengo autorización para estar tres días fuera de mi distrito… de modo que embarcamos. Me sentí muy mal. ¡Cielos! ¿Alguna vez te has mareado en el mar? Pero me aguanté. Y noté que ellos estaban mucho peor que yo. Lo primero que me dijo Joe fue: ¡Marisa, mírate… algo anduvo mal y no me lo dijiste en tus cartas! Hizo que su carcelero me trajera café… sí, como lo oyes: mi mujer necesita tomar algo caliente. Así de sencillo. El otro obedeció como un corderito.

– ¿Fue una visita de contacto? -recuperé fácilmente la jerga de las visitas a la cárcel. Siempre vuelve a mí el lenguaje que aprendí de niña. Por capricho del jefe de carceleros veía a mi padre en una escueta habitación (los muebles eran los indispensables para un interrogatorio, dos sillas de respaldo recto y una mesa, con lo que siempre estaba presente el propósito de esas salas) o al otro lado de la reja metálica a través de la cual podía tocar la mano de mi prometido.

– Preguntó por ti y te envía recuerdos -la simetría de su encantador rostro sonriente tornó la mentira en ofrenda. Hacía tanto tiempo que no la veía y que él no tenía noticias mías por su intermedio que era improbable que hubiesen pronunciado mi nombre. La gente experimentada no malgasta el tiempo precioso de las visitas; todo lo que ha de ser dicho por ambos es elaborado y encajado por adelantado en el lapso asignado. Pero yo sí preguntaba por los otros con su nombre propio, Mandela, Sisulu, Kathrada, Mdeki, los negros con quienes mi padre trabajó en una intimidad cuya naturaleza no puede comprender ninguna persona ajena, nadie que observe cómo arrestan en la calle a gente que no ha robado nóminas ni pasado drogas. Marisa repitió las bromas de los prisioneros, me contó qué estaban estudiando, si habían perdido o ganado peso, derivó hacia el cotilleo acerca de los logros o problemas de sus familias… mientras verificaban sus compras, dudando entre agregar o no tal o cual artículo, contando el dinero en el buche de un enorme y elegante bolso, con sus largos dedos curvados en las puntas de las brillantes uñas, como las piernas de un insecto exótico que tantea a su presa-. No, no quiero un paquete, prefiero una bolsa de plástico… una de las que está por allí irá bien, sí, ésa -y mientras la mujer de atrás del mostrador se volvía para buscar el cambio-: Cuando una tiene prisa lo mejor es pagar en efectivo… Si una negra saca un talonario de cheques… yo sólo uso el mío cuando estoy dispuesta a perder el tiempo mientras se disculpan y se lo llevan a t-o-d-o-s sus gerentes -y en el mismo murmullo vivaz y distraído, hizo una sugerencia, con la mirada inquieta sobre la vendedora, la cabeza echada hacia atrás con impaciente gracia-. Mi niña ha ido a buscar unos libros para la escuela y tengo que ir a recogerla. Además, alguien me espera… ¿qué hora es? Dije que nos encontraríamos a las doce, qué pena, no puedo evitarlo… ¿Qué harás hoy, esta tarde, esta noche? -Marisa no recordaba qué día era aunque poco antes había hablado de Lionel (como éste solía decirle a Joe, si mantienes la presión y el peso bajo, nada logrará deprimirte)-. ¿Saldrás? ¿Recuerdas el lugar de mi primo Fats?