– Giras después de Orlando High.
– Sí, sigues recto y al llegar a la pendiente la tercera calle a la derecha.
– ¿En la esquina hay una carbonería?
– Sí, la tienda de Vusili.
Entre nosotras -mientras el intercambio murmurado iba y venía como cualquier otro entusiasmo insincero entre amigas que tropiezan por casualidad- estaba la tácita pregunta-respuesta que los nuestros siguen por los intervalos en lo que se dice y las vacilaciones o la inmediatez de la contestación. Marisa está proscrita y se encuentra bajo arresto domiciliario. Yo estoy «nombrada». La ley nos prohibe reunimos o hablar, y mucho más abrazarnos; nos arriesgamos encontrándonos así, al pasar, en terreno neutral y anónimo. Tú me echabas en cara ser inhibida; pero nunca tuviste nada que valoraras lo suficiente y que estuviese lo bastante amenazado como para que necesitaras disimular. La reserva es una disciplina difícil de desaprender para los veteranos. La gente que sufre arresto domiciliario no puede recibir amigos en su casa ni salir por la noche o los fines de semana; si Marisa pudo venir al centro un sábado, debió de estar empleando un día «sobrante» de los concedidos para su visita a la Isla. Estaba corriendo un riesgo -otro- al salir de noche para ir a casa de alguien. No sabía si yo tenía prohibidas las reuniones además de ser «nombrada». De hecho, no tenía nada prohibido, aunque me negaron el pasaporte aun antes de que fuera «nombrada»… el primer año que lo solicité. Esa solicitud también fue un secreto; esta vez estrictamente personal, no asumido en común entre los que convivían en esa casa, no hablado con mis padres. Mi madre y Lionel nunca supieron que pedí un pasaporte a los dieciocho años, dispuesta a seguir a Noel de Witt a Europa cuando saliera de la cárcel. Tampoco él lo supo; pero -como prometida de De Witt e hija de Lionel Burger- el ministro me lo negó. En cualquier caso, no se permite a los blancos entrar en distritos negros sin permiso y si me descubrían no tolerarían la presencia del único miembro vivo de la familia Burger; si Marisa hacía caso omiso de estar corriendo un riesgo, en caso de seguir las orientaciones que me transmitió inofensivamente, yo también haría caso omiso de estarlo corriendo. Me apretó la mano y se alejó al mismo tiempo; nuestras manos permanecieron unidas hasta que se soltaron solas, como hacen los negros al separarse en las esquinas, gritándose por encima de los hombros cuando finalmente cada uno sigue su camino. Pero ella me olvidó instantáneamente. En el adelantamiento oscilante de su cabeza encrestada al tiempo que desaparecía y reaparecía entre los compradores sólo tenía conciencia de la admiración que despertaba, por su extravagante atuendo, del imaginario panafricanismo de triunfante esplendor y regia belleza que no está sujeto a fronteras de viejas aduanas o nuevas ideologías políticas en pugna en los países negros, ni a leyes que vuelven ruines y degradantes las vidas de los negros en éste. Si bien los blancos de la tienda sólo veían a recaderos y camareros y barrenderos en lugar de personas negras, ahora vieron a Marisa. La vendedora me habló con una sonrisa de blanca a blanca, ambas admiradoras de una turista extranjera.
– ¿De dónde es? ¿De una de esas islas francesas?
Seychelles o Mauricio; eso es lo que había entendido por «la Isla». Respondí:
– De Soweto.
– ¡Qué elegante! -estaba dispuesta a aprender algo, con sus cejas de luna nueva por encima de la montura dorada de sus gafas.
Sentías una curiosidad especial por Baasie. Me perseguías hablándome de éclass="underline"
– Así eres tú: eso es algo que será importante para ti el resto de tu vida, tanto si lo sabes como si no. Dices que no «piensas» en ese chico. Da igual que no «pienses» en él… A los cinco años temíais juntos a la oscuridad. Os metíais en la misma cama.
No respondí; desvié la mirada porque estaba pensando que eso era lo que hacía contigo, que eso era yo. Estaba recordando una tibieza singular que se propagó cuando Baasie se meó en la cama mientras dormíamos. Por la mañana las sábanas estaban frías y malolientes y le mentí a mi madre: Mira lo que ha hecho Baasie en su cama… pero por la noche no sabía si la tibieza que nos retrotrajo a los fluidos envolventes de un cuerpo hospitalario provenía de él o de mí. Tú querías saber qué le había ocurrido. Repetidas veces, en la casita, intentabas atraparme para que respondiera indirectamente, involuntariamente, aunque ya te había dicho que no lo sabía. No te dije lo que sí sabía. Su padre, Isaac Vulindlela, trabajó con Lionel hasta el día en que éste fue arrestado por última vez. Fue uno de los que abandonaron el país, al que regresaban con documentos falsos. Tuvo éxito dos veces, ayudado por la familia de su esposa, de la tribu tswana, en la frontera de Botswana, que (¿como tía Velma y tío Coen?) no querían enterarse de lo que hacía. La tercera vez, cuando mi padre ya estaba encarcelado, fui yo quien entregó la nueva libreta de pases en la aldea que distaba unos veinticinco kilómetros de la frontera. Fue uno de los fines de semana en que desaparecí… para mostrarle a un periodista escandinavo los paisajes de la infancia de Lionel, o para acostarme con mi amante sueco registrándome en un motel como su esposa. El sueco desconocía el tercer propósito del viaje; supongo que si lo supiera, incluso ahora, subiría de nivel, de categoría. Sería un regalo mejor que un cinturón de cuentas o la muñequera de un minero negro nómada. El sueco y yo no viajamos en mi coche sino en el que él alquiló, como precaución normal de anonimato a la que sin duda está acostumbrado en sus aventuras amorosas durante el curso de misiones que lo llevan de un país a otro; le dije que el neumático de repuesto estaba blando y que convenía que yo misma lo llevara a un taller ya que él no hablaba afrikaans y en el garaje de una aldea el inglés no le serviría de mucho. Se quedó en la cama, en una habitación apenas diferente a aquella donde yo seguía a Selena y Elsie mientras limpiaban después que se iban los viajantes, golpeteándose la cruz de vello rubio de su pecho y escribiendo un artículo para el «Dagens Nyheter» acerca de la complicidad de la industria internacional con la economía del apartheid.
En el garaje, los domingos por la mañana sólo había un encargado; un negro joven y regordete cuyo mono no tenía botones y estaba sujeto donde era absolutamente necesario por un enorme imperdible, en la bragueta. Calcetines a rayas y una gorra con visera publicitando una de las empresas que mi sueco criticaba desde una de las camas gemelas, debajo de un póster del Arco del Triunfo en primavera; el joven negro estaba reparando una cámara pinchada, sentado en una superficie alquitranada con manchas de aceite, con las piernas extendidas alrededor de una cuba de hojalata con agua. El meloso pegamento de goma negra se meneaba entre sus manos. Para cualquiera que pasara, yo era como cualquier señorita blanca.
– ¿Eres Abraham? -era el año del botón Smile él usaba uno muy grande que quizás había recogido después de que se lo olvidaran unos niños que bajaron en tropel de algún coche para sacar latas de coca-cola de la máquina. Pero no sonreía.