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– Sí, soy Abraham -hablamos en afrikaans, en el tono que corresponde, el mío amable pero autoritario, el suyo vacilante, sin saber si debía esperar una petición, una reprimenda o una pregunta que no estaba dispuesto a estimular.

– Tu madre me lava la ropa. Te envía una carta.

– ¿Qué? Wat het die missus gesé? [Qué dice la señora?. (N. de la T.)] -me había oído muy bien pero quería asegurarse de que las palabras eran exactamente aquellas que le habían dicho que debía esperar. Las repetí y él las leyó en mis labios, como si mi voz pudiera engañarlo pero mi boca fuese digna de confianza. Se secó la mano húmeda en el mono y simultáneamente saqué con la mano derecha el abultado sobre de las canasta de paja que llevaba para guardar toda la parafernalia de un viaje en coche. El sobre pasó a él y bajo los pliegues del mono demasiado grande y sucio, el ropaje de una identidad anónimamente impuesta y despreocupadamente asumida que, como su cuerpo oculto, contenía otra, la propia. Se incorporó y se me adelantó para descolgar la manguera del surtidor y llenar el depósito de gasolina. Le di los diez céntimos acostumbrados además del coste del combustible y él hizo el acostumbrado floreo de un trapo sucio sobre el parabrisas.

Así se hace. De capa y espada, de espías. Siempre quisiste enterarte de este tipo de cosas. ¿Pero cómo podía, cómo puedo yo saber que tú no estabas allí para que yo hablara en base a un cálculo de mis necesidades? Si Lionel Burger no te reclutó, podían haberlo hecho los del otro lado. Quizá te había sido asignada, y tú a mí, por los hombre de la Rama Especial que me han visto crecer, como diría cualquiera de aquellos adultos a quienes los Nel nos hacían dar el título de Oom honorario.

Por muy despojada que estuviera y por mucho que me castañearan los dientes en terrible júbilo durante las noches en la casita, conservaba esa segunda naturaleza que ya se había convertido en primera. No podía desprenderme de mi instinto de supervivencia que hacía callar delante de ti estas cuestiones. A diferencia del desconocido Abraham no tenías antecedentes que te permitieran leer mis labios. En la aldea, aquel domingo, volví al hotel con una cerveza y un vaso boca abajo empañado por el frío que despedía la botella, para mi sueco. Tampoco se lo dije a él. Me engatusó para atraerme a la cama y las páginas escritas a máquina flotaron hasta el suelo a nuestro alrededor. Las Selena o las Elsie del hotel llamaron a la puerta y se alejaron: los sirvientes saben que no deben hacer preguntas. Así se hace. Me hizo el amor mientras la aspiradora funcionaba en el pasillo y no sabe que la esencia de cera amarga de mi oreja que tiene en la lengua, que las salmueras de la boca y la vagina no son mis secretos. Para mí ser libre consiste en no ser nunca libre de la astuta supervivencia del ocultamiento. No te dije lo que sé a pesar de que deseaba hacerlo. Atraparon a Isaac Vulindlela con una de esas libretas de pases. Así se hace. El biógrafo de mi padre, sonsacándome respetuosamente hasta llevarme al terreno firme del vocabulario oficial (palabras, nada más que palabras muertas, abstracciones: allí no está la realidad, me espetaste) -revolución democrática nacional, integración ideológica, imperativo revolucionario, dominio de la minoría, alianza para la liberación, unidad del pueblo, infiltración, incursión, agente de cambio viable, acción reformista, táctica armada, movilización política de las masas en una combinación de métodos legales, semilegales y clandestinos-, estos puntos de apoyo han vuelto últimamente a mi vocabulario repitiéndolos como un loro para él. Ignoro dónde está Baasie, pero a su padre lo encontraron muerto en una celda después de ocho meses de detención. La policía dice que él mismo se ahorcó con sus pantalones. Logré transmitirle la noticia a mi padre, en la cárcel. No me preguntes cómo. El no sabía y yo no pude decirle que la libreta de pases era una de las que había conseguido entregar tan fácilmente que nadie creería que así es como se hace. Me resulta muy difícil establecer la diferencia entre la verdad y los hechos, saber cuáles son los hechos. Si Abraham, el del garaje, había sido una trampa, las circunstancias de mi misión fallida sonarían tan ridículas como cualquiera de las que expuse ante la pobre Clare Terblanche. ¿Cual era la realidad de aquel fin de semana en una aldea del Transvaal occidental? ¿Un acto correspondiente a la tercera categoría de métodos (legal, semilegal y clandestino) para coordinar la lucha política y la actividad armada creando un clima de crisis total en el que se vuelve posible una solución política directa? ¿La trascendencia material del plazo de vida de un hombre registrando para la posteridad, en cine, los paisajes y el entorno que conformaron su conciencia? ¿La energía estática consumida en la cama del motel entre las once de la mañana, cuando tañían las campanas de la Iglesia Holandesa Reformada, y el mediodía, mientras sonaban las notas de xilofón del gong del almuerzo, una hora sin consecuencias excepto una mancha en la sábana de abajo… rígida placa conmemorativa que una Selena o una Elsie observarían sin que su vida se alterara en modo alguno, antes de que desapareciera con el lavado?

Quizá la forma en que me vio la gente de los grandes almacenes sea acertada. Aunque en esa casa era dogma de fe que es necesario ir más allá de la simplista ecuación racial -la visión reformista de la lucha de colores y no de clases-, mi madre y mi padre sólo lograron convertirme en una kaffirboetie. Mi hermano Baasie. Marisa vino a mí como una ráfaga de buen humor. La ternura endulzó y animó mi entorno mientras conducía rumbo a casa: los vendedores indios con sus rosas alambradas como candelabros y sus calas teñidas; cuando un semáforo en rojo me retuvo, el negrito de aspecto formal salió disparado haciendo sonar su estridente silbato entre los carriles para vender la primera edición del periódico de la tarde; la mujerona con la bolsa de la compra llena sobre la cabeza, un chico a remolque de su falda y la obi africana compuesta por el inevitable bebé a la espalda y la gruesa manta envuelta alrededor de la cintura, que se precipitó, se detuvo -me sonrió- y cruzó corriendo cuando tendría que haber estado esperando en el paso de peatones. El consuelo de los negros. La persistencia, el resurgimiento, la continuidad diaria. Si una no tiene miedo, ¿cómo puede no sentirse atraída? Se trata de lo uno o de lo otro. Marisa y Joe Kgosana tienen todo esto para inspirarse. Lionel e Ivy y Dick, mi madre y Aletta; detrás de los nuestros, que están confinados en los distritos de los suburbios blancos, hay gente que envía cartas groseras llamando monstruo a mi padre.

Supongo que tenía la intención de ir al territorio para permanecer un poco más en la órbita de Marisa, como la gente que toma la segunda copa para prolongar el efecto placentero de la primera antes de que se disipe. No sé, no lo había decidido. El hombre que escribía acerca de Lionel estaba conmigo en el piso a primera hora de la tarde cuando llegó alguien. Hasta la sorpresa es algo que no puedo dejar de ocultar. No se lo presenté al biógrafo. Orde Greer es un reportero gráfico que me conocía de vista, como tú, y a quien yo conocía como a ti antes de que tomáramos café en Pretoria aquel día, ambas cosas durante la época del juicio de Lionel, un rostro entre muchos en los que descifraba quién era yo. En los últimos años lo he visto una o dos veces en una fiesta, acariciando a una chica poco dispuesta a la manera indiscriminada de un hombre que al día siguiente no recordará nada. Estuvo en el homenaje póstumo a Lionel. Su nombre es conocido como una firma en el periódico; yo identificaba su persona con una cojera resultante de la polio, como él identificaba a la mía por mi relación con mi padre. Me saluda por la calle y yo respondo inclinando la cabeza.

Un hombre que usa veldskoen, calcetines rojos arrollados, pantalones cortos y, a pesar del calor estival, un jersey negro ceniciento de pescador… si no lo hubiera reconocido al instante por su condición de lisiado, habría creído que era un deportista en período de entrenamiento.