Cogió la mano de una muchacha que había estado entrando y saliendo del dormitorio contiguo, para acomodarse la blusa atada debajo del pecho y apretar el sello de un labio pintado de morado contra el otro:
– ¿Sabes quién es ésta? La hija de Lionel Burger -pero la muchacha no supo reconocer mi identidad. Durante un segundo estrechó la mano de una chica blanca. No dijo nada-. Miss Burger, le presento a mi sobrina Tandi, probablemente habrá visto el anuncio de Fanta en el tablón publicitario que hay al girar hacia Soweto. Está allí.
La muchacha ya se había alejado, superior al elogio de una tía que se dejaba impresionar por los blancos. Se reunió con una amiga, las dos apoyadas en una pared desde la base de los zapatos con plataformas el doble de gruesas que los pies que sustentaban, las cabezas geométricamente diseñadas más que peinadas, con el pelo separado en pequeños cuadrados cada uno de éstos estrictamente orientado hacia su centro en una trenza de rollo de tabaco tirante para conectarse con el siguiente. Un bebé con el culito al aire entró gateando desde donde se olía a cocina, perseguido por una vieja pesada que lo dejó reír y patalear mientras, sonriendo con su boca vacía de dientes, hablaba con las dos muchachas. Margaret Fats seguía hablándome de su sobrina con el vocabulario inglés de los periódicos negros.
– Una modelo famosa y actriz de primera -balbució incómoda por la presencia del bebé desnudo, viéndolo con ojos que no eran los suyos y lo alzó, también riendo, con su cara bonita y sexualmente contenida bajo la peluca y su torpe cuerpo voluptuoso, por un instante al lado de la vieja, conjuro de lo que en otros tiempos fue la anciana y ésta claramente lo que llegaría a ser la joven-. ¿Sabe quién es…?
La abuela me trató a la antigua usanza. Su inglés era el que los blancos suelen imitar. Me sujetó por la muñeca:
– El Señor recompensará a tu papá. Sí, él tiene su recompensa con Dios. Sí, oye, te lo prometo. El pueblo africano damos gracias al Señor por lo que tu papá hacía por nosotros, sabemos que era también nuestro papá -Margaret no se turbó por ella. Paseaba la mirada desde la anciana hasta mi y sonreía mostrando su acuerdo.
Podría haberme conmovido. La tarde del aniversario de la muerte de Lioneclass="underline" pero yo era consciente de esas dos muchachas, una mascando chicle con la concentración de un trance, la otra (que me había sido presentada) una cabeza de foca en una misma línea que el cuello, dignamente egocéntrica. Pero no, sólo sentí afinidad con ellas, con su distanciamiento, aunque también estaban distanciadas de mí.
El lugar de Fats, dijo Marisa. Dije yo. Dijo Orde Greer. Los negros no hablan de «mi casa» o «en casa» y los blancos han adoptado de ellos el término. Un «lugar»; un sitio al que pertenecer, pero también algo que establece el propio destino y pone aparte mucho a lo que uno no pertenece. Hacía tanto que no estaba con negros en sus hogares que lo vi -Soweto, Orlando, esta casa en el distrito (un año después de la muerte de Lionel)- como algo aparte, aparte de mi vida cotidiana; algo del pasado. De niña entraba y salía de los distritos negros con mi madre, tan a menudo y naturalmente que fastidiaba a tía Velma y a tío Coen hablando de estas cosas cuando Tony y yo vivíamos con ellos. Hacía muchos meses que no cruzaba la línea divisoria que se abre cada vez que un negro se separa de un blanco y va a su «lugar»; la frontera física de calles limpias que se convierten en caminos llenos de baches y los centros urbanos que se convierten en basureros con metal retorcido y un perpetuo otoño de papeles flotantes; el vasto terreno baldío donde Orde Greer giró desde el camino principal que conducía de una ciudad blanca a otra ciudad blanca; y la otra línea divisoria, cientos de años de posesión y decisión que se extienden entre esa casa a la que Orde Greer nunca fue invitado, esa casa donde se organizaba la revolución, y el «lugar» de los millones que han sido desposeídos y para quienes los demás toman las decisiones. Desde el coche volví a ver lo que en otros tiempos había dejado de ver por demasiado conocido. Esas calles accidentadas y desiguales donde fallan las definiciones… dependencias de los suburbios blancos, dos ventanas y una puerta multiplicadas en hileras institucionales; las casetas con cobertizos de latón que albergan viejos cochazos norteamericanos repletos de chismes; las elegantes rejas suburbanas contra ladrones en mezquinas ventanas de minúsculas cabañas; los críos vagabundos, perros glotones, burros maneados, gordos bebés desnudos, gallinas sueltas y borrachos haciendo eses, viejos con la mirada perdida, chillonas mujeres autoritarias, chicos harapientos, fulanas emperifolladas, olor a cocción de despojos, bien cuidados bancales de maíz entre patios que son tabernas ilegales y apestan a cerveza y orín, la basura de posesiones dos veces descartadas, primero tiradas por el hombre blanco y luego recogidas por el negro; ¿es éste un conglomerado urbano o rural? No hay electricidad en las casas, un teléfono es un lujo casi imposible: ¿es éste un suburbio o un extraño tipo de depósito de chatarra? El enorme patio trasero de toda la ciudad blanca, donde categorías y funciones pierden su ordenación y lógica, donde se amontonan el buey y el motor diesel, el cerdo que hocica en busca de basura humana y el matarife. ¿Son las fulanas relmente fulanas o simplemente obreras o sirvientas de la ciudad que ejecutan el milagro de resurgir engalanadas y perfumadas en una parodia de cualquier señora blanca, de esas chozas que no tienen cuarto de baño? ¿Son los chicos andrajosos sus hermanos? ¿Sus hijos, concebidos con amantes en el rincón de un cuartucho donde duermen hermanos y hermanas? ¿Cuáles son los gangsters, cuáles los que esnifan pegamento entre los jóvenes de las esquinas? ¿Quiénes son los viejos con pantalones apretados y corbata que beben cerveza y discuten en una hilera de sillas de formica en la franja de tierra entre una casa y la calle?
Yo sabía o creía saber. Baasie parecía uno de esos chicos porque eran negros como él. Provenía de calles como éstas y había desaparecido en ellas. Hoy es un hombre en algún lugar como éste.
La pequeña casa en que estábamos apiñados familia, parientes, amigos y muebles… la reconocí sin necesidad de pensarlo: el tipo más grande de casa standard de sus territorios, con tres habitaciones, dos dormitorios y una cocina, destinada a quienes están en condiciones de permitirse el lujo (recordé que Fats era promotor de boxeo) de sobornar a un funcionario. El «juego» de comedor, los taburetes de plástico, el equipo de alta fidelidad, la alfombra floreada, la barra, las banquetas cubiertas de felpa, eran las unidades del gusto establecidas por cualquier hipermercado del mueble en cualquier ciudad blanca. El abarrotamiento de un cuarto diminuto con un surtido de artículos de bajo precio cuya deseabilidad se basa en una idea de lujo de la clase consumista, sin la posibilidad del espacio y la privacidad de la clase media; el pródigo whisky en la mesa y la calle llena de baches el otro lado de la ventana; el entorno de parda monotonía impone la disciplina de un campamento militar que no se relaja en las reformas caseras de los melocotoneros y las cepas de pintura pastel, sino únicamente mediante el persistente hervidero de niños y borrachos que lo ensucian, tsotsis golfillos y gangsters que lo aterrorizan… el ámbito común a cualquier distrito negro me alcanzó como lo que es: un «lugar»; una situación que no ven aquellos que lo imponen y de la que resultará un propósito que no previeron. Los objetivos de los partidarios leales que parecen tan vitales para la investigación biográfica… los veo de una forma que la teoría no explica, de una forma a la que no presté oídos antes, esa misma tarde, cuando el biógrafo de mi padre me interrogaba. El debate que dividió a mis padres y sus compañeros en una pasión cuya realidad tú consideras una abstracción muy alejada de la realidad, se basaba en el hecho de que ellos sí veían. Siempre habían visto. Y creen -Dick e Ivy- conocer la solución y cuál será. Flora todavía cree; si Lionel viviera, si tuviera que salir de la cárcel para responder…