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Pero no puedo devolverle el ser a Lionel por mí misma, no puedo oír respuestas que debería, con la evidencia de los datos biográficos, estar en condiciones de producir. Después de un año hay nuevos componentes, ahora que he separado las partes del todo. Nunca podré preguntarle a mi madre -que leía su libro en el coche y oía mis pisadas en la grava de la prisión-, a mi padre -que nos abría sus brazos a Baasie y a mí en el agua-, las cosas que les reto a responderme.

A mi alrededor hablaban de la selección de atletas negros que irían al exterior con equipos blancos. El tema prendió como un cohete entre los hombres. Aterrizó a mis pies; Fats, perdiendo el dominio de sus agudos, exigió una respuesta.

– Mi pupilo tiene la oportunidad de enfrentarse a los grandes de Alemania Occidental y Estados Unidos… ¿por qué tengo que negarme? -pero no quería saber, sólo deseaba mostrar su confianza en la mundanalidad, cuya calidad obtuvo el envidioso apoyo del director de escuela, los gorrones y otros dos o tres, y fue despreciada por sus atacantes.

Un hombre apuesto, a caballo entre el exceso de desarrollo muscular y la gordura, proclive a coquetear con las mujeres y ser condescendiente con los hombres, en mangas de camisa lucía los pectorales que se ablandaban en pechos, característicos de un ex boxeador. Apoyó un momento su brazo de promotor en mi hombro e inició la arenga.

– El boxeo no es un deporte de equipo, tío. No es cuestión de seleccionar, para impresionar a los demás, a un negro que no tiene la oportunidad de entrenarse como los tíos de los clubes blancos. No entra en juego el hecho de que los negros no tengan instalaciones como los blancos. No estoy hablando de fútbol, ni de golf, ni de cosas parecidas; esto es diferente. Un boxeador tiene su mánager, su entrenador, sus sparrings, todo. Lo mejor.

»Y si alguna vez consigue una pelea con un sudafricano blanco tiene que boxear como un forastero en su propio país, un extranjero; es un zulú o un msutú, no un sudafricano como el blanco.

Orde Greer tenía sus partidarios.

– ¿Cuándo conseguirá tu gran Tap-Tap Makatini una pelea por el título aquí, en Sudáfrica? Sí. ¿Puedes responderme cuándo, tío?

Fats respondió desde la seguridad que le daban fuentes que, quedaba implícito, no estaba dispuesto a revelar.

– Todo se andará, todo se andará. Pronto. Ya verás. Estamos negociando…

El joven en tejanos se balanceaba apoyado en los talones, con los músculos de las nalgas apretados.

– Tu chico puede negociar para ir a Alemania y a Estados Unidos y al quinto pino. Seguirá siendo un «chico» que tiene la libertad de un mono al que le han aflojado la cuerda.

Empezó a acalorarse, lo mismo que el hombre que adelantó la cara perlada de sudor de cerveza.

– ¿Adonde quieres llegar con eso? Vosotros sois héroes, no deportistas, y queréis decirnos lo que debemos hacer. ¡Puaj!

– Haréis lo que el hombre blanco os diga.

– Oye. Oye un minuto, tío… si mi chico gana una gran pelea en el extranjero…

– ¿Qué hay con eso? Tú ganarás un montón de dinero y él podrá mostrar su medalla junto con el pase al volver.

– Pero entonces aquí no habrá ningún campeón blanco de su peso que pueda negarse a pelear con él y seguir creyendo que retiene el título. ¿No es así? ¿No es verdad? ¿No te parece un verdadero progreso?

– Harás lo que el blanco quiera. Un progreso para conseguir que ellos vuelvan a ser aceptados en el deporte mundial. Eso es. Y cuando tus «negociaciones» para que un negro gane un título alcancen el éxito, estarás satisfecho. Y si el año siguiente o el otro los equipos de fútbol integran a unos negros y sus clubes aceptan socios negros, los jugadores de fútbol se desgañitarán gritando que ya no hay racismo en los deportes. Pero pase lo que pase en el fútbol, en este país un negro seguirá siendo un negro. Al margen de cualquier otra cosa que haga, tendrá trabajo de negro, educación de negro, casa de negro.

– ¿Qué es lo que tú quieres, entonces? Yo estoy hablando de deportes.

– Los negros sólo participarán de los deportes si hay un único organismo deportivo que controle todos los deportes y a todos los deportistas. Cuando eso ocurra podréis hablar con los blancos. Pero no antes. Si es que debéis hablar… si creéis que hacer deporte con los blancos es lo que queremos los negros.

La cabeza de patriarca de Orde Greer se bamboleaba de exaltación, mantenía la boca abierta esperando la oportunidad de intervenir.

– Es una cuestión de táctica contra el racismo en los deportes o los deportes como táctica contra el racismo.

Las clavículas del joven con camisa tejana abierta hasta la cintura se movieron bajo su piel negra con decidida energía.

– ¡Táctica! Dinero, dinero, dinero -hizo chasquear sus largos dedos bajo nuestras narices para que sintiéramos el olor.

– Los estamos desbaratando, hermanito -Fats reinvindicó la intimidad de la forma exclusiva (en el sentido básico del término) de «hermano», adoptada la jerga tsotst por los jóvenes militantes-. No tiene sentido rechazar las oportunidades, decir siempre que no… A mí eso no me va -parecía admirar la vehemencia con que era rechazado, inviolablemente tolerante y dueño de la situación-. No, no, no, seguid gritando, haciendo boicots, pronunciando discursos… nuestros muchachos de más allá de los mares, el Comité Olímpico No Racial Sudafricano y esa multitud, los políticos en el exilio, y vosotros aquí, vale. No creas que no tengo tiempo para vosotros, hermanitos… Pero entretanto somos nosotros quienes intentamos dar a nuestros deportistas un nivel internacional, quienes mostramos al mundo lo que somos capaces de hacer, ¿no? ¿Qué será de los blancos entonces? Las cosas son según como se miren. ¡Caramba, sólo se vive una vez!

El joven habló de Fats como si éste ya no estuviera delante de él.

– Esta gente siempre se dejará usar por los blancos. Ellos son nuestro mayor problema; tenemos que reeducarlos,

Fats rió en beneficio de los presentes.

– Terminé con Orlando Higs antes de que a ti te dieran el pecho. Fui miembro de la liga juvenil del CNA con Lembede a los quince años.

– Siempre la misma historia. Mandela, Sisulu, Kgosana en Robben Island, como los cristianos que te repiten que Cristo murió por ellos.

Marisa apareció repentinamente al invocarse el nombre de su marido. Probablemente no había oído el contexto en que lo habían incluido; el perfume y el impacto de su presencia, su voz baja y alegre, rodeada por la estela de admiradores que entraron en tropel, alteraron la composición de la estancia. Retuvo un instante al pequeñín de Fats y Margaret sobre su cadera; lo abrazó y le susurró, lo llevó a la órbita de Margaret y la abuela; cogió de la cintura a las muchachas que estaban junto a la pared, con la naturalidad de una compañera de escuela; me descubrió.

– ¡Qué bien… Rosa! Oye, Orde, quiero hablar contigo de algo que quizá puedas hacer por mí. No, Fats -sus manos adornadas tocaron a uno y a otro, distribuyendo la inconsciente gracia de su hermosura-, sólo algo frío. Cualquier cosa -y en su propio idioma-: ¿Es el amigo de Tandi, Duma Dhladhla? ¿Sí? ¿Estás en Turfloop? -se alejó del joven en téjanos con un ritmo de frías inclinaciones de cabeza y finalmente una orgullosa sonrisa que aún no había sido vista, resistiendo a su belleza con la propia, como contrincantes de igual fuerza que hacen un pulso para obligar a un puño a tocar la mesa-. Prometiste enviarme vuestros boletines -era tan alta como él, que no podía mirarla desde arriba.